diumenge, 30 de desembre del 2012

¿A qué juegan los niños de hoy?


Hace unos días y con motivo de un receso en las reuniones familiares de las fiestas navideñas, nuestros amables vecinos nos invitaron a una opípara cena en su casa. Los elaborados y deliciosos manjares regados con buen vino amenizaron la conversación que cambiaba de un tema a otro, como suele ocurrir en estas ocasiones.
En un momento de la velada surgió el tema de las habilidades de los niños para jugar con los dispositivos electrónicos a su alcance, ya sean teléfonos móviles, consolas, tabletas u ordenadores. Como decía acertadamente nuestra anfitriona, ‘los niños de hoy han echado los dientes’ con estos cacharros y les son por tanto tan naturales como a nuestra generación andar en bicicleta, saltar a la comba, perseguir todo tipo de balones, vestir muñecas o ejercitar la puntería a pedradas. Hubo un punto en el que la conversación se atascó, y fue además por mi culpa. Ocurrió que me empeciné en un aspecto secundario de la cuestión en el que, por cierto, no quería fijarme y ahí quedé atrancado. Sin duda, el grado etílico que había ido alcanzando paulatinamente tuvo algo que ver, puesto que a mí el alcohol me suelta tanto la lengua como me enerva el raciocinio. La cosa no tuvo mayor importancia, ya que mis comensales eran gente civilizada y se pasó a otro tema sin más.
En ese capítulo de la cena, yo no defendía (como quizá pudiera haber parecido) que fuera malo para los niños entretenerse con los aparatos electrónicos. En esto, como en casi todo, el secreto está en la dosis. Lo que yo pretendía decir era lo siguiente: aunque a algunos progenitores o abuelos les parezca que sus retoños son niños-prodigio por la soltura con la que utilizan esos dispositivos, lo cierto es que la normalidad con la que la inmensa mayoría de ellos se maneja con los aparatos digitales deja claro que son habilidades al alcance del común de la gente. Los habrá más dotados y más torpes, exactamente igual como ha ocurrido siempre en cualquiera de los juegos tradicionales. En cuanto a la utilidad de ese tipo de juegos para la formación de los niños y jóvenes ─aceptando sin reservas que saber utilizar los dispositivos electrónicos es de todo punto imprescindible en el mundo actual y la evolución tecnológica un proceso irreversible (salvo que sobrevenga una catástrofe universal que nadie cuerdo desea)─ sus beneficios son menos puros de lo que se suele dar por supuesto.
Está claro que esa tecnología permite jugar, adiestrarse en ciertas habilidades y potenciar otras, entretenerse (los jóvenes y los no tan jóvenes), confinarse cada miembro de la familia en su reducto privado durante horas (lo que puede redundar en una mayor tranquilidad en el hogar y hasta en la calle); puede facilitar además la teleconexión con familiares y amigos, permitir el establecimiento de nuevas relaciones a distancia, acceder a un sinfín de información y no sé cuántas cosas más.
Algunas de las virtudes mencionadas tienen su reverso, como la de que quién puede ser conocido a través de las redes sociales sea un indeseable agazapado tras la seguridad del anonimato. Como también es cierto que la utilización excesiva de los dispositivos electrónicos provoca aislamiento, estrés, problemas de visión, alteraciones nerviosas, impaciencia y adicción. Esta última se está diagnosticando clínicamente ahora entre los jóvenes surcoreanos pero es evidente que no les afecta sólo a ellos, como cualquiera habrá comprobado cuando observa a jóvenes (o adultos) de cualquier lugar o procedencia permanentemente enganchados a sus móviles con los que whatsappean o twittean sin parar. Cada vez parece más difícil que nadie se concentre en una actividad que requiera sosiego y reflexión, como la lectura. Todo tiene que ser inmediato, instantáneo, rápido, fugaz. No es sólo que los cachorros digitales no estén dispuestos a realizar el esfuerzo que supone leer a Platón o a Joyce (no pierdo de vista que entre los de mi generación tampoco abunda ese tipo de lector); es que la mayoría ni siquiera lograría concentrarse en La isla del tesoro o en el periódico… suponiendo que alguna vez se lo propusiera.
Lo he dicho antes: para bien y para mal, esta realidad es irreversible. Sólo el tiempo nos permitirá ir conociendo el balance resultante de los pros y los contras de la digitalización de la sociedad. Cada uno debe aprovechar las ventajas y evitar los inconvenientes de la nueva era digital según su recto entendimiento y sin perder de vista el viejo método de aprendizaje conocido en psicología como de ensayo-error. Pero eso sí, hagámoslo bien pertrechados de sentido común, sin fundamentalismos dogmáticos ni papanatismos.
Y a nuestros encantadores vecinos y a mi sufrida mujer: ¡gracias por tan deliciosa velada y por la paciencia que mostrasteis conmigo!

dimarts, 30 d’octubre del 2012

¿Dónde reside el alma?


Ha levantado gran polvareda la manifestación de la popular presentadora de Las mañanas de TVE, Mariló Montero, sobre el riesgo que entraña la utilización de los órganos del cadáver de un asesino en una operación de trasplante, puesto que su personalidad podría invadir el nuevo cuerpo y decantarlo a cometer crímenes parecidos a los que efectuó con el anterior organismo. Lo argumenta con un contundente aserto: “No está científicamente demostrado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos”
Esta afirmación fue rápidamente amplificada en los medios y en las redes. Unos  para celebrarla y los otros ─los más, parece ser─ para denostarla. Al cabo de pocos días, Mariló Montero fue apartada del programa. Ignoro si se debió exclusivamente a su opinión sobre los trasplantes o hubo algún otro motivo, pero el caso es que, con respecto a los órganos y el alma, no dijo ningún disparate. En lo esencial, la señora Montero tiene razón: no está comprobado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos (para ser rigurosos, es preferible sustituir el término ‘demostrado’ por ‘comprobado’; sólo las afirmaciones de la lógica y las matemáticas, ciencias puramente formales, son demostrables). Aclaro que reconociendo que tiene razón no pretendo validar los conocimientos científicos ni la sagacidad filosófica de Mariló Montero. Quizá sea lo que parece y no sepa de qué habla; o quizá sí. Puesto que yo no sé nada de ella, me abstendré de juzgarla. Sólo voy a ceñirme al contenido de la afirmación, que en sí misma es verdadera.
La noción de alma es tan antigua como el pensamiento humano, es decir, tan vieja como la humanidad. Desde siempre se ha querido explicar la vida como el resultado de un principio vital que anima el cuerpo. A este principio vital se lo ha asociado al aire, al fuego, a la energía cósmica o a la divinidad. Los nombres que la tradición occidental ha acuñado provienen obviamente de Roma y de la Hélade: alma, del latín animus; psique, del griego psyché. No hay en la antigüedad nadie que haya tratado la cuestión de la existencia del alma y su misterioso acoplamiento con el cuerpo como Platón. Algunos de sus más célebres mitos literarios, como el mito del carro alado y el de la caverna, se refieren a ella. El pensamiento platónico es riquísimo y arroja luz sobre el problema del alma, pero en ningún modo lo resuelve ni acaba con nuestras dudas al respecto. Las reflexiones de Descartes en la época moderna, aunque sean expresadas en otro lenguaje desprovisto ya de la mitología antigua, siguen apoyándose en parte en la religión, solo que ahora en la de confesión cristiana. El gran pensador galo no encuentra la manera de poder argumentar tan clara y distintamente en el asunto del alma como en las deducciones matemáticas, en la que es un reconocido maestro. Desde Descartes, los filósofos han preferido el término ‘mente’ al de ‘alma’. Con ello, pretenden liberar sus reflexiones de la carga religiosa que la palabra ‘alma’ arrastra.
Tanto Platón como Descartes constituyen paradigmas más que meros ejemplos de filósofos dualistas. Ambos son racionalistas, pero eso no significa que todos los dualistas lo sean. También hay dualistas empiristas o racioempiristas, pero estos no pretenden fundar en el entendimiento la prueba de la existencia del alma sino que la consideran sólo como el motor de los comportamientos observables. Sin embargo, tomada como un principio o sustancia independiente del organismo, consideran el alma como algo inexistente o abiertamente fuera del rango del conocimiento. Es decir, que el alma se expresa en las intenciones y en las acciones del individuo, de las que sólo estas últimas son observables. Mentir, ayudar, plagiar, estar triste o alegre, tener envidia o admirar, así como pasar frío o calor, hambre o sed son rasgos del alma (o mente). Eso es todo lo que podemos conocer de ella.
La noción de alma a menudo ha sido asociada a la de divinidad. El alma como principio vital sería el soporte de nuestra conexión espiritual con dios o los dioses. Será por eso que las más distintas religiones han pretendido tener la exclusividad en su tratamiento, aunque ninguna lo haya logrado por completo. Puesto que cada uno de nosotros pasa más tiempo que nadie a solas con su alma, sea lo que sea el alma y signifique lo que signifique aquí ‘suya’, a nadie concierne tanto la cuestión del alma como a uno mismo (a cada uno-mismo la suya propia, claro). Incluso los desalmados tienen que vivir con ella en su interior.
La ubicación que tiene el alma en el cuerpo o el lugar donde uno y otro principio, cuerpo y espíritu, se unen ha sido un misterio durante milenios. Pero finalmente se asentó ─probablemente en la Grecia clásica de manera definitiva─ la idea de que el alma reside en el cerebro. Si cambiamos la palabra ‘alma’ por ‘mente’, hoy no existen dudas razonables de que la mente es el resultado de la actividad cerebral. Sólo si nos aferramos a una concepción mística del universo podemos pretender que el alma se reparte por el conjunto del cuerpo, en cada uno de sus órganos y fluidos, y que el espíritu se funde con el mundo material por doquier. Existen propugnadores de esta teoría en la actualidad como ya existieron en la antigüedad. Y aunque estén fuera del paradigma científico dominante, lo cierto es que no sabemos si sus creencias son acertadas o no. Bien, si el alma (o mente) es el resultado del funcionamiento del cerebro, entonces el único órgano que supondría un traslado de la personalidad en un trasplante sería el cerebro. En el momento presente, la neurocirugía no permite una operación tan compleja. Si algún día la tecnología lo posibilitara, habría que legislar al respecto, lo que no se me antoja menos complejo que la mismísima operación quirúrgica.
El Dr. Frankenstein, surgido de la formidable imaginación de Mary Shelley, ya lo logró en el s. XIX con su desgraciada criatura. Los filósofos de la mente contemporáneos, por otra parte, juegan magistralmente con la idea analizando teóricamente sus consecuencias. Pero, aquí y ahora, quizá nos resulte más útil Karl Popper y su teoría de la falsación para comprobar la veracidad del postulado de la señora Montero. ‘Falsación’ (falsation) es el neologismo que acuñó Popper para referirse a un criterio que permitiera dilucidar si un enunciado (o proposición) es o no científico. Haría falta aquí sin duda una introducción más completa a la terminología usual en filosofía de la ciencia, pero me voy a limitar a aclarar someramente algunos conceptos. Un enunciado (o proposición) es una frase que expresa una afirmación de algo sobre algo, es decir, expresa la atribución de un predicado a un sujeto. Formalmente se expresa así: ‘A es B’, donde ‘A’ representa al sujeto y ‘B’ al predicado. ‘Juan es alto’ es un ejemplo de enunciado o proposición. Una proposición negativa sería, ciertamente, la negación de un atributo a un sujeto: ‘Yo no soy rico’, sin ir más lejos.
La ciencia, el conocimiento científico, se expresa en proposiciones. Expresiones como ‘Plutón no es un planeta del Sistema solar’ o ‘La actual crisis económica comenzó en los EUA en 2007’ son atribuciones de predicados a sujetos. Ahora bien, la oración ‘¿Qué hora es?’ no es una proposición, puesto que en ella no se dice nada sobre nada, sino que sólo se inquiere por algo, a saber, la hora actual, que desconocemos. La ciencia opera intentando verificar un tipo particular de proposiciones que sirven como punto de partida para llegar al conocimiento: las hipótesis. Una hipótesis es una suposición explicativa para un hecho observado. Si somos capaces de verificarla suficientemente, entonces se convierte en ley o principio general válido. O, por lo menos, será ley mientras ulteriores investigaciones no la abroguen. Esto no debe escandalizar ni decepcionar a nadie, puesto que la ciencia se construye a menudo sobre las ruinas de lo que fueran verdades científicas anteriormente. ¿O no era Plutón el noveno planeta del Sistema solar en nuestros antiguos y ya obsoletos libros de texto de la no menos periclitada EGB?
La verificación no siempre resulta fácil para la ciencia, bien sea por problemas técnicos o por la imprecisión del aparataje conceptual. Para la pregunta ‘¿Hay otras formas de vida en el universo que las que conocemos en la Tierra?’ o, para expresarla de otra forma, ‘¿Hay vida alienígena?’ no parece fácil determinar si la respuesta correcta es ‘sí’ o ‘no’, una vez se ha comprobado fehacientemente que en los lugares más próximos ─sólo relativamente conocidos─ de nuestro Sistema solar no la hay. Aquí el problema es doble: existe una dificultad conceptual (¿son posibles formas de vida que no se basen en la química del carbono?) y muchas de carácter técnico (¿cómo podemos explorar con la tecnología aeroespacial actual planetas situados en sistemas estelares que distan años luz de La Tierra?). En consecuencia, no podemos verificar las respuestas a esa pregunta, ciertamente. Pero ¿la convierte su no verificabilidad en un enunciado no-científico? No lo parece, aunque tengamos que reconocer que aparentemente no hay verificación posible en el actual paradigma científico. Sin embargo, el método de Karl Popper permite considerar el enunciado ‘Hay vida alienígena’ o su contraria ‘No hay vida alienígena’ como proposiciones científicas, puesto que aunque no las hayamos contestado sí sabríamos que tipo de experimentos diseñar para poder falsarlas.
La teoría de la falsación establece que un enunciado es científico si y sólo si se puede establecer un método experimental para probar que es falso lo que afirma. Un ejemplo clásico del mismo Popper es el siguiente: para saber si es científica la proposición ‘Todos los limones (maduros) son amarillos’ lo que hay que buscar es un limón que no lo sea. Si lo encontráramos, la afirmación se convertiría en falsa, sí; pero, mientras no lo encontremos, la afirmación sigue siendo verdadera. Este de momento quizá parezca desesperanzador al profano, pero como se ha dicho más arriba y es desde hace un siglo uno de los postulados fundamentales de nuestro paradigma científico, las ciencias experimentales sólo prometen que las cosas parecen ser así por ahora. El criterio de la falsación científica es eminentemente empirista: la posibilidad de una experimentación sensible es la única piedra de toque válida para las hipótesis de las ciencias empíricas.
Ahora bien, ¿qué ocurre con afirmaciones como ‘Dios es trino’ o ‘El alma es inmortal’? ¿Podemos verificarlas? No. ¿Podríamos falsarlas? ¿Cómo, si ‘dios’ y ‘alma’ son, por definición, entidades inobservables? No existe la posibilidad de diseñar experimentos para verificar la existencia de dioses y almas ni tampoco para falsarla. Por eso decimos que se trata de instancias metafísicas y se encuentran fuera del alcance de la ciencia. No hay ninguna posibilidad razonable de conocerlas científicamente. Cualquier propiedad de un alma entendida como algo diferente al resultado del funcionamiento del cerebro no es afirmable ni negable científicamente. Por lo tanto, su migración ya sea entera o por partes de un cuerpo a otro, tampoco. Tiene razón la Sra. Montero; sin embargo, cabría añadir a su frase que no sólo no hay pruebas científicas de la trasmigración de las almas, sino que ni siquiera puede haberlas porque no puede llevarse a cabo un experimento científico que pueda determinarla.
Como sea que el comentario de Mariló Montero fue originado por el potencial trasplante de órganos del doble homicida de El Salobral (Albacete), se puede fácilmente relacionar con el célebre caso de Gary Gilmore. Cuando estaba empezando a escribir este artículo, el 26 de octubre a las 19.20, pude oír en un programa musical de Radio 3 la historia de este asesino de Utah condenado a muerte en 1977 por sus crímenes y cuyos ojos fueron trasplantados a un receptor después de la ejecución de la sentencia. El grupo punk británico The Adverts compuso una canción titulada ‘Gary Gilmore’s Eyes’ en 1979, que me apresté a escuchar con vivo interés deleitándome en los azares que nos depara el destino. Puestos a imaginar, ¿qué vería el nuevo usuario de los ojos de Gary Gilmore? Pues esperemos que nada más y nada menos que la luz, como todos los seres dotados de ojos.

dimecres, 23 de maig del 2012

Les llengües i la comunicació


El principal entrebanc per viatjar és ─la manca de diners a banda─ l'idioma. La distància, un cop feta la separació entre quilòmetres i cost econòmic, pot ser un impediment per a mandrosos i sedentaris irreductibles; però la llunyania avui ja no és un obstacle seriós per aquells que volen conèixer in situ altres nacions situades en latituds o longituds diferents de les del nostre petit país. Anar a l'Argentina sempre serà més fàcil per a qui tingui el castellà com a llengua pròpia que visitar el Regne Unit, per més que les distàncies que ens separen d'ambdós destins siguin incomparables. Per a qui tingui l'anglès com a llengua pròpia, viatjar a qualsevol país de la Commonwealth és, en algun sentit, com no sortir de casa. I això encara que l'anglès de Nova Zelanda i el dels EUA siguin tan diferents del de Birmingham com el castellà del Perú o Xile ho són del de Zamora. Parlar una llengua estrangera facilita els moviments pels països que la tenen com a pròpia en relació directa al domini que en tingui el viatger. Tenir poca fluïdesa amb el francès, per exemple, barra la integració entre els habitants de Rouen. ¿Com li preguntes a un vianant qualsevol pels costums alimentaris de la vil·la? Igual que uns recursos limitats en l'ús de l'anglès poden entorpir la interacció amb els ciutadans de Minneapolis o Londres. Si es vol sortir dels tòpics de la guia turística (eficaços però limitats), cal poder mantenir una conversa amb la gent del país. Quan un ciutadà alemany estiueja a la Costa Brava, no participarà en la vida social de Palafrugell si no parla una mica de català o castellà, encara que només sigui per demanar consell a un nadiu sobre un restaurant òptim o una platja tranquil·la; o per parlar del temps, la conversa més universal que hi ha. Per regla general, si un no és capaç de comunicar-se en les llengües pròpies de cada país no passarà de la superficialitat més epidèrmica en les relacions socials que estableixi ─si és que gosa establir-les.

Hom pot pensar que per això existeixen les llengües franques, és a dir, aquelles que per les circumstàncies històriques, polítiques, econòmiques i culturals de cada àrea geogràfica s'han convertit en vehicles de comunicació compartits per parlants de diverses nacionalitats. L'alemany és utilitzat com a segona llengua per gent de molts països de l’Europa central i, juntament amb el francès, el portuguès i el castellà (en aquest cas ben anomenat espanyol), és la segona llengua ─o, en ocasions, la llengua culta─ de les excolònies que les potències europees van haver de deixar escampades pel planeta a conseqüència de llurs emancipacions en cadena. No obstant, la llengua franca per excel·lència avui és l'anglès, tant per l’hegemomia dels EUA al món actual com per l'herència que l’Imperi britànic va deixar en els cinc continents. No és la llengua que té més parlants naturals ─aquest lloc correspon al xinès mandarí, com és sabut─, però sí és la llengua que utilitza més gent al món per comunicar-se amb parlants d'altres idiomes. És clar que en molts casos es tracta d'un anglès empobrit i reduït, una mena de farmaciola de recursos lingüístics bàsics per sortir del pas. S'ha trivialitzat molt la paraula 'saber' per a tot, en particular pel que fa als idiomes. Es diu “sé anglès” amb molta facilitat, encara que a vegades el saber del qual es disposa no passi d'un “How do yo do?”, un “Good morning”, un “Thank you”, un “Bye bye” i quatre coses més, molt útils per no quedar-se fent l’estàtua o gesticulant com un mim però que disten molt de saber parlar una llengua com Déu mana. Dominar una llengua estrangera és una altra cosa, que no té tant a veure amb l'accent com amb un coneixement suficient de la gramàtica, el lèxic, els girs dels argots populars (que muten ràpidament), una mica de la història i un molt dels costums locals. Sense tenir un cert domini d’aquests requisits, mai es podrà connectar amb els nadius, encara que la gent amb qui es tingui tracte no sigui especialment cultivada.

A les persones formades que dominen prou o molt bé la llengua pròpia però desconeixen la llengua del país visitat, els sol resultar xocant el fet d'anar de viatge a un indret on els seus rics recursos lingüístics es tornen inútils. No poder parlar normalment, tal i com estan acostumades a fer, se senten reduïdes a la infantesa (la paraula 'infant' significa etimològicament 'el que no parla'), es queden paralitzades. Es veuen a si mateixes parlant com els indis de les pel·lícules: utilitzant monosíl·labs i verbs en infinitiu (quina imatge tan irreal de les llengües dels aborígens d'Amèrica!). Es veuen despullades del seu ser, despersonalitzades. Per això se solen aïllar. Si viatgem a Iran ─és un suposar─ ja es dóna per descomptat que no ens entendrem i no ens importa ni poc ni gens. “Ningú té l'obligació de saber parsi”, pensem. O una altra insensatesa similar: "Amb l'anglès que porto al sarró, ja n'hi haurà prou, perquè tothom sap anglès”. Ni és cert que ningú tingui l’obligació de conèixer el parsi ni que tothom la tingui de parlar l'anglès. Si la meva empresa prospectora m’envia a treballar a Ispahan, serà molt convenient que aprengui parsi per més que a l’entorn laboral s’utilitzi l’anglès. No és exactament una obligació, sinó més aviat una conveniència. Els col·legues nadius agrairan el fet que em dirigeixi a ells en parsi (o que ho intenti, almenys) i segur que m’ho faran notar. Els estats amb cultures sense complex d’inferioritat, com l’alemany o el francès, valoren i fomenten l’ús dels seus idiomes entre els treballadors estrangers que contracten les seves empreses, així com exigeixen als organismes internacionals dels quals formen part que les utilitzin en el seu funcionament intern. La cultura espanyola, molt potent però terriblement acomplexada des de la decadència d'Espanya a la política internacional en els segles XVIII i XIX (en el XX, senzillament ja no comptava al món), no ho fa. Ni en els organismes públics ni en les institucions privades. Això explica que tractant-se de la tercera llengua mundial en nombre de parlants i molt a prop de la segona, el castellà no tingui el mateix estatus com a llengua franca que sí té l'anglès, que ocupa el segon lloc. No es tracta de xovinisme, sinó de fer notar una obvietat. La llengua que ens permet expressar tota la riquesa de la nostra vida mental ─en la mesura que aquesta riquesa existeixi i comptem amb els recursos lingüístics per expressar-la─ és la llengua materna (en els casos que existeixi una llengua madrastra, aquesta s’hi pot acostar molt; tant, que si ha estat més ben conreada que la materna la pot suplantar en alguns usos: com a vehicle d’expressió escrita, sense anar més lluny). Un exemple de llengua madrastra pot ser el castellà per als catalans que tinguin la llengua catalana com a vernacla. La generació dels meus pares ─per parlar d’una generació ben propera─, tret de casos molt excepcionals, no llegeix el català amb facilitat i, quan s’atreveix a escriure’l, ho fa amb grans dificultats i mancances. Independentment del grau de formació que hagin assolit, tenen molta més soltesa i solvència per llegir i escriure en castellà. Amb la llengua oral, els passa tot just el contrari: només cal sentir-los parlar. El motiu és que, per raons polítiques, no van rebre formació acadèmica en la seva llengua materna (el català), sinó en la madrastra (el castellà); en canvi, quan parlen, ho fan usualment en català. Per això el seu català oral és molt més fluid que el castellà. Aquest fenomen lingüístic és anomenat pels especialistes diglòssia.

Conèixer llengües diferents de la materna és enriquidor. A més, pot ser un indicador entre d’altres del grau de cultura que ha assolit un individu. Dominar una llengua estrangera obre moltes portes, laborals i socials. És comprensible tenir reticències a intentar-ho perquè d’ordinari ja ens arreglem amb la nostra o perquè no volem esforçar-nos moltíssim per no passar de ser en tota la vida uns aprenents. No és una obligació, queda dit. Però és altament recomanable si hom té inquietuds intel·lectuals, culturals i laborals que van més enllà del proper, de l’immediat. No caldria haver de repetir que les llengües estrangeres no es redueixen a l’anglès, l'actual llengua franca (però la idea s'ha afermat tant en l'imaginari col·lectiu que no és en absolut ociós); ni que l’anglès no es redueix al patuès que molts dels seus perpretadors utilitzen. A aquells que confien que la tecnologia i els ginys electrònics els resolguin el problema, els diria que no esperin massa, de moment, dels traductors automàtics que incorporen algunes aplicacions per a tauleta o telèfon mòbil. He tingut ocasió de provar-ne un recentment i no passa de ser una curiositat d’utilitat limitada. Una conversa fluida no és equiparable a una mera traducció de paraules o frases soltes. Si algun dia els programes automàtics d’interpretació aconsegueixen emular converses entre parlants d’idiomes diversos, llavors sí que podrem parlar tots amb tots com abans del càstig que Déu ens infligí a Babel. Mentrestant, si veritablement volem comunicar-nos i poder entendre’ns bé, haurem de seguir estudiant llengües de valent. I n'hi ha per donar i per vendre: més de cinc mil!

dissabte, 14 d’abril del 2012

Joan Manuel del Pozo, un article

El professor de Filosofia de la UdG i Exconseller d'Educació i Universitats Joan Manuel del Pozo va publicar el 12 d'abril un article a El Periódico on explica la seva visió de l'estat de l'ensenyament de la Filosofia a secundària, nivell educatiu en el qual va exercir anys enrere.
Us en recomano la lectura.

dijous, 12 d’abril del 2012

Quan els arbres no deixen veure el bosc

Cada dia, des de fa dècades, milers i milers de científics treballen en els més variats camps d’investigació per fer avançar una mica més el coneixement que els humans tenim del món. Mai abans dels segles XX i XXI s’havia dedicat tanta energia col·lectiva al desenvolupament de la ciència, amb tants caps ben preparats i uns envejables mitjans materials al seu abast. No cal patir, la disminució de la ja raquítica partida dedicada a Investigació i Desenvolupament (I+D) en els Pressupostos generals, que acaba de fer públics el Govern d’Espanya, no farà descendir de manera sensible la velocitat de creuer del progrés cientificotecnològic mundial. De tant en tant, el resultat d’algun dels múltiples programes de recerca que es fan al món travessa la gruixuda capa que manté prou ben aïllada la tasca científica general de la curiositat o la indiferència de les masses socials. Recentment, ha passat almenys tres cops.

El setembre de l’any passat, a Itàlia, es va dur a terme l’experiment Opera, consistent a mesurar la velocitat de partícules subatòmiques des del detector instal·lat al Gran Sasso. Amb gran enrenou, es va fer públic que s’havien mesurat velocitats superlumíniques en els feixos de neutrins provinents del laboratori ubicat al CERN de Ginebra, Suïssa. Aquella notícia podria haver estat la bomba... si no fos per la precipitació de l’equip científic a publicar uns resultats no prou ben contrastats. En efecte, el responsable de l’experiment s’ha vist forçat a dimitir. Però, segurament, no tant pels errors tècnics comesos en el disseny de l’experiment i el calibratge dels aparells i, consegüentment, en les mesures obtingudes, sinó pel rebombori que va generar la seva imprudència en comunicar unes conclusions que contradeien el marc teòric de la mecànica relativista. Ho sap ─o ho hauria de saber─ qualsevol bon estudiant de secundària: no es pot atacar tota una teoria amb el resultat d’un sol experiment. Per això va ser imprudent Antonio Ereditato, la qualificació tècnica del qual no puc posar en dubte. Podem suposar que la vanitat, l’ànsia de notorietat o les necessitats de finançament devien influir en la precipitació.

El segon cas, en el qual ara no m’estendré, és el desemmascarament d’un psicòleg social holandès, Diederik Stapel, qui falsejava sistemàticament les dades i els resultats dels articles que publicava a revistes científiques de prestigi. Va aconseguir enganyar fins i tot els responsables de Science, la publicació de referència dins de l’univers de les ciències naturals i meta de qualsevol investigador amb aspiracions de reconeixement i ─per què no dir-ho─ celebritat. Les males pràctiques són aquí molt més greus. Sobre el tercer, la concessió del Premi Nobel de Medicina, hi ha punts foscos en les informacions que he pogut conèixer que m’aconsellen ser prudent.

Faig aquesta prevenció per no mostrar-nos excessivament il·lusos amb la darrera notícia científica que ha traspassat la membrana de la inòpia. Van J. Wedeen és un radiòleg investigador de l'Hospital General de Massachusetts (Mass General), centre adscrit a la Facultat de Medicina (Medical School) de la famosíssima Universitat de Harvard situada a Cambridge, EEUU. L’esmentat científic dirigeix un equip que acaba de publicar un article a la prestigiosa revista Science, en el qual es descriu com s’estructuren les neurites que formen la substància blanca del cervell. Han utilitzant sofisticades tècniques radiològiques per tal d’obtenir imatges per ressonància magnètica (IRM). La imatge resultant és, com altres generades per sistemes informàtics, d’una gran bellesa plàstica. A mi, em recorda la reconstrucció per computadora de les fotografies obtingudes pels telescopis enfocats cap a l’espai exterior a La Terra. Precioses, il·lustratives, netes... però falses. No es veurien així les formacions estel·lars a ull nu, encara que tinguéssim l’abast de visió necessari, ni es veurien així d’acolorides i netament traçades les fibres nervioses al microscopi. Tanmateix, les imatges artificialment sintetitzades fan la seva funció perquè ens permeten imaginar com s’estructura i com funciona la natura. Però no és de l’embelliment de la realitat, del que vull tractar.

No tinc res a dir sobre l’experiment realitzat per l’equip de Wedeen ─no tinc els coneixements tècnics necessaris per dir res─. Els experts en radiologia i en ressonància magnètica computeritzada analitzaran com s’ha fet i decidiran si en validen els resultats o no. A mi, a diferència de les d’altres experiments recents molt sonats (mediàtics, es diu ara), com el dels neutrins a Itàlia, les conclusions em semblen plausibles. Són congruents amb la idea que m’he pogut fer del cervell a partir de lectures sobre fisiologia neuronal i del funcionament dels organismes dels éssers vius en general. Per això no entenc la sorpresa que manifesta Wedeen quan diu que no s’esperaven trobar una estructura cerebral tan simple, amb manats de fibres disposats ortogonalment en tres dimensions en el que s’assembla, per la seva racionalitat, a un dels cablejats que nosaltres instal·lem industrialment a les màquines i aparells electrònics. Què esperaven trobar? Nusos i embolics d’àxons desordenats escanyant-se entre si? Un cabdell de nervis capritxosament amuntegats en n dimensions? (on n≠3). Això sí que hauria estat sorprenent. No sé de cap sistema orgànic ni de cap estructura natural ─llevat d’algunes accions de l’inefable ésser humà!─ que malbarati recursos. Així ho afirma l’arxiconegut principi d’economia, atribuït al nominalista anglès Guillem d’Ockham (1280-1349) ─encara que jo l’associaré sempre a Leibniz, perquè en vaig descobrir la formulació llegint els seus escrits─. Es pot parafrasejar dient que la natura tendeix a la simplicitat i al mínim dispendi energètic. Si no s’aconsegueix en l’esbós o en el primer disseny d’una estructura, s’anirà millorant fins arribar-hi. La disposició dels astres al cosmos, l’estructura dels cristalls minerals, els òrgans dels éssers vius i els cursos d’aigua que corren per la superfície del planeta així ho confirmen. Els rius no moren a la mar perquè ho diu el poeta (o potser sí, vés a saber!), sinó perquè l’aigua retorna al sistema de la naturalesa l’energia potencial que ha guanyat en ser elevada als núvols per l’energia tèrmica del Sol. Així comença i acaba el cicle de l’aigua: es trenca un equilibri i es retorna a l’equilibri. Si el Sol deixés d’irradiar calor, s’acabaria el cicle de l’aigua (i el de la vida que coneixem, també).

La sorpresa de Wedeen és un símptoma d’ignorància molt pròpia de la superespecialització actual. Però no es tracta solament de desconèixer el principi filosòfic referit, sinó els postulats i les pautes de treball que serveixen de fonament al mètode científic que se suposa que ell utilitza. No són pocs els articles elaborats per científics de primer ordre en totes les branques de les ciències naturals que fan referència al principi d’economia: circulació atmosfèrica, construcció de les cel·les als ruscos per les abelles, trajectòria balística, vol dels ocells, estructura de les molècules, reaccions químiques espontànies, caiguda dels greus.... Les excepcions al principi d’economia, que n’hi ha, es donen en els éssers vius i sembla que són més aviat degudes al fet de trobar-se els organismes en estadis intermedis de la continua evolució de les espècies. Si esperem alguns centenars de milers d’anys, probablement desapareguin les excepcions que coneixem... però n’apareixeran de noves. Els queixals del seny, l’apèndix vermiforme o els dits petits dels peus en els humans actuals son mostres d’òrgans que, aparentment, no tenen cap funció específica i tendeixen a degenerar i a desaparèixer com a tals, seguint el principi d’economia. (Sobre l’aprofitament del cervell, en parlaré un altre dia.)

En els afers que depenen de la voluntat i les decisions humanes, el principi d’economia s’extravia amb freqüència. I això que, com la closca del caragol logarítmicament construïda, formem part de la natura. Una part ben curiosa de la natura, tot sigui dit.

dissabte, 17 de març del 2012

Y DESPUÉS DE LA INDIGNACIÓN, ¿QUÉ?


Hace algo más de un año, Stephan Hessel, un intelectual nonagenario francés con una larga y densa trayectoria de luchador por la paz y la libertad, que fue incluso recluido en Buchenwald por los nazis y participó como secretario en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publicó un panfleto de titulo imperativo ─¡Indignaos!─ que se convertiría en seguida en un fetiche para los jóvenes y no tan jóvenes protagonistas de las manifestaciones y acampadas en las céntricas plazas de diversas ciudades. Esas iniciativas sociales, serían luego bautizadas con los nombres de "Primavera árabe", el "15-M" y, en general, el movimiento mundial de "Los indignados". Por más que no se tratara de una obra académica con peso específico ─o quizá precisamente por ello─, tuvo una apoteósica acogida entre los participantes en las protestas. Pronto se cumplirá un año del 15 de mayo de 2011 (15-M), fecha fundacional del movimiento en España con el asentamiento de un campamento en la madrileña Plaza del Sol. ¿Qué queda hoy de todo aquello?
Desde el punto de vista de la filosofía social, el movimiento que en España llamamos 15-M es muy interesante. Huelga decir que ha pasado aún poco tiempo para que la reflexión que pueda hacerse sobre él esté libre del natural apasionamiento ideológico y mediático. Los mismos protagonistas que llenaron las calles y acamparon en las plazas verán las cosas de manera muy distinta cuando hayan transcurrido unos años. Los periodistas cubrieron los acontecimientos en vivo sobre el terreno, con toda la riqueza de matices, colorido, disensiones, entusiasmos y contradicciones que eso supone. La riqueza propia del entusiasmo inicial suele ser atropellada y arruinada por su misma vitalidad y variedad. La revolución devora a sus hijos. La economía política, la sociología y la psicología social, en cambio, tardaron un poco más en sacar conclusiones de los hechos que se iban desarrollando. Sin embargo, al cabo de pocas semanas, fueron publicándose artículos de opinión que iban más lejos de la simple consideración periodística de lo que ocurría e intentaban explicarlo como uno de los efectos colaterales de los profundos cambios sociales que la globalización, la eclosión de las redes sociales y la crisis económica han causado en el mundo actual. Vayamos por partes y echemos un vistazo a estos tres conceptos:
  1. Globalización: La globalización del mundo no se inicia con la acuñación del término por Marshall McLuhan en los años sesenta, con su feliz definición de los pueblos del planeta Tierra como "la aldea global". De algún modo, la globalización ha existido en diversas etapas de la historia y en lugares alejados geográficamente desde la más remota antigüedad. Mesopotamia, Egipto, China, Persia, los incas y los aztecas erigieron imperios que fagocitaron a los pueblos limítrofes imponiéndoles su idioma como lengua franca, su legislación y sus usos y costumbres. Quizá para la humanidad en general (pero, por si acaso y para ser prudentes, digamos que al menos por lo que respecta a Occidente), el Imperio romano represente el modelo de imperio por antonomasia, siendo tal vez Alejandro Magno su precursor más insigne aunque efímero. Cuando Alejandro emprendió sus conquistas en África y Asia, recorriendo más de 23.000 km al frente de un abigarrado ejército en tan sólo 11 años, lo hizo para construir un imperio macedonio con el idioma y las características culturales griegas que Aristóteles le había inoculado. De hecho, se conoce como periodo helenístico la etapa de la historia de tres siglos de duración que empieza con la muerte de Alejandro y recoge su herencia política hasta la eclosión del Imperio romano. Pero fue Roma la que de manera más dilatada en el tiempo pudo realizar el sueño del visionario Alejandro. Los romanos construyeron un estado, jurídicamente modélico, que administraba unos vastísimos territorios perfectamente comunicados entre sí y con la capital ("todos los caminos llevan a Roma") y extendieron la romanización a todo el mundo conocido... por ellos.
Los límites del Imperio eran los límites del mundo civilizado. Más allá del limes, sólo había bárbaros. Tanto para los macedonios como para los romanos, la globalización consistió en la extensión de su civilización a los pueblos y reinos vecinos, incluso más allá de los inmediatamente vecinos. Aun hoy sorprende el tamaño de los territorios romanizados antes de la invención de las telecomunicaciones. La historia habría de alumbrar todavía otros imperios, entre los que destacan el español de los siglos XVI a XVIII y el británico, que llegó a su zénit en el victoriano siglo XIX y perduró hasta las Guerras mundiales del XX. Sin embargo, lo que aquí me interesa destacar es que la voluntad de globalización existe desde tiempos inmemoriales y siempre ha consistido en la expansión geográfica y cultural de una civilización allende sus fronteras. El progreso tecnológico, aplicado a los medios de transporte y a las comunicaciones, la han facilitado y ampliado con el tiempo hasta reducir el globo terráqueo a dimensiones domésticas. Las telecomunicaciones, por fin, convirtieron el mundo en un microchip, superando incluso lo que anticipara el genio visionario de McLuhan antes del advenimiento de la era de Internet. Hoy, la hegemonía en el mundo no la tiene exactamente ningún estado, a pesar de la preeminencia económica y militar de los EEUU, sino ese conglomerado surgido de la sinergia entre Grecia, Roma y el cristianismo de raíz judía ─y desarrollado en Europa durante más de dos milenios con toda suerte de aderezos y adstratos─ que llamamos "Civilización occidental o europea".
  1. Redes sociales: Los más rutilantes y últimos (por el momento) hijos de Internet son Facebook y Twitter. Han desbancado al correo electrónico, a los chats de Messenger y a la mensajería instantánea de BlackBerry en el vertiginoso altar de las preferencias tecnológicas de los fieles. Con los móviles inteligentes de última generación y las ultraligeras tabletas siempre a cuestas, la ubicua y ubérrima conectividad vía satélite permite que todo el mundo desde cualquier lugar pueda escribir algo que podrá ser leído inmediatamente por alguien en otro lugar cualquiera. Los usuarios de estas tecnologías están perpetuamente conectados en red. Pero, por mayor que sea el número de los usuarios de las redes, no hay que perder de vista que no todo el mundo lo es. Los hay que no quieren serlo, desde luego; tendrán sus motivos. Pero los hay que no podrían serlo aunque quisieran por falta de medios. Cientos de millones de personas en el mundo no tienen acceso todavía al agua corriente, a una adecuada nutrición ni a la electricidad necesaria para alimentar los aparatos tecnológicos que no pueden comprar y sus baterías.
La gente que no está en las redes también existe, aunque pase desapercibida. Dicho esto, hay que reconocer que el impacto de las redes sociales en estos primeros compases del tercer milenio ha sido contundente. Han sido fundamentales en la expansión del descontento de grandes masas sociales en el Magreb hasta resultar en la mencionada Primavera árabe. Sin las redes, probablemente no se habrían podido coordinar las protestas ni siquiera en una misma ciudad; mucho menos con el resto del país o entre naciones alejadas entre sí. Pero el segundo paso debía darse en carne y hueso: hacia falta salir a la calle, protestar, acampar, enfrentarse a las fuerzas de seguridad del estado al servicio de los regímenes establecidos y persistir; sobre todo persistir. Persistir en la actitud, eso es lo más difícil, porque las necesidades vitales apremian, el dinero se acaba y sin él, como lamentablemente sabemos muy bien, no hay posibilidad de subsistencia. La Primavera árabe ha logrado parte de sus objetivos en algunos países como Libia, Túnez y Egipto. No está tan claro que lo logre en Yemen y Siria, a pesar de la presión internacional. Lo cual no significa que mañana se viva en los países árabes que han logrado derrocar a sus tiranos como en Nueva Zelanda o España. Eso ya no depende sólo de las redes sociales, sino de los complejos entramados históricos, culturales y sociales que tiene cada nación y que la identifican como tal. Además, igual que es falso que no se puedan poner puertas al campo, por más difícil y costoso que sea (verbigracia, el compacto muro levantado por Israel en Cisjordania o el más permeable de EEUU en la frontera con México), también lo es que Internet sea el territorio de la libertad sin cortapisas. Véase su situación en China o en Cuba, sin ir más allá de la letra 'c'. De todos modos, el reino de la libertad absoluta no es de este mundo; ni siquiera del universo virtual de Internet.
  1. Crisis económica: La crisis económica en que estamos sumidos, aunque pueda llegar a convertirse en global, todavía dista mucho de serlo. El desigual impacto de la crisis en el mundo ha repercutido de manera diferente en cada continente y en cada nación. Por ese motivo, las protestas de los indignados no han sido globales sino particulares, por más que se hayan extendido a un gran número de ciudades, las más cosmopolitas de cada estado. En los países emergentes, por ejemplo, que ven cómo sus indicadores macroeconómicos se disparan, las protestas han sido escasas o nulas. Y las que ha habido, se han debido quizá más a las desigualdades internas en cada uno de esos países que al toque a rebato en las redes. Todo el mundo aspira a vivir mejor de lo que vive, y su modelo a imitar o intentar conseguir es lo cercano, lo conocido. También, claro está, lo que se ve por televisión, en el cine o a través de Internet; pero no en la misma medida.
Envidiamos mucho más el mercedes que se ha comprado efectivamente nuestro vecino que poder desplazarnos por España en el tren bala japonés o tener el nivel de visa noruego (y así, de paso, nos ahorramos los impuestos que los escandinavos pagan religiosamente). ¿Entre qué grupo de población tiene más eco la llamada? Entre los jóvenes, sin duda. ¿Por qué? Porque sufren como ningún otro grupo demográfico sus efectos. El paro juvenil alcanza cotas inauditas, lo cual prefigura la primera generación que vivirá peor que la de sus padres desde al menos el final de la II Guerra Mundial. Y si eso es cierto para Occidente en general, donde más se acusa es precisamente en nuestro país, España, el paradigma universal de ineficiencia tanto para generar como para mantener empleo. Las cifras españolas de desempleo son insostenibles; de hecho, son incomprensibles si no se echa mano de la economía sumergida para explicarlas. Pero vamos a dejar eso para los que entienden, que son los economistas. Se los critica mucho porque no dan una a la hora de resolver los acuciantes problemas que nos embargan; sin embargo, de entre sus filas han salido los mejores análisis de la situación así como los mejores consejos para resolverla. Otra cosa es que quien tiene el poder les haga caso. Y quien tiene el poder son los políticos, excepto en algunos casos puntuales como el de Monti en Italia. La crisis económica, pues, hermana a los hombres y mujeres de todos aquellos lugares donde se sufre, y muy especialmente a los jóvenes.
Una vez analizados estos tres conceptos con un cierto detenimiento, vamos a considerar en qué medida han repercutido en la mentalidad y las acciones que han emprendido los indignados durante el tiempo que ha durado su empuje. Las redes sociales coadyuvan a la globalización porque permiten el intercambio directo de información entre personas que de otro modo difícilmente tendría ningún tipo de relación. Pero mucho antes de su existencia, la gente bebía Coca-Cola por doquier y se pirraba por fumar Winston o Marlboro imitando hasta en la pose a sus ídolos cinematográficos. El Rock-and-roll se bailó en todo el orbe poco después de que lo pusieran en circulación Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Haley y Jerry Lee Lewis en los EEUU. Progres de variopinto pelaje llevábamos camisas de cuello mao y remedos de guayabera emulando con largas y descuidadas barbas a los revolucionarios de Sierra Maestra. Unos siglos atrás, las cortesanas de Versalles dictaban la moda al resto de palaciegas europeas y las patricias romanas marcaran la tendencia cada temporada a las mujeres del imperio entero. Y, antes aún, los abalorios babilonios remontaban la Península Ibérica siguiendo la Ruta de la Plata hasta las islas hoy llamadas británicas, al igual que las telas chinas y otros muchos bienes de consumo hacían escala en Samarcanda en su camino hacia los consumidores occidentales por la Ruta de la Seda. Y con los bienes, también viajaban personas, palabras e ideas. Dentro de las posibilidades y limitaciones que cada época histórica establecía, la globalización de la economía ha sido desde siempre la norma o por lo menos el desiderátum de las civilizaciones dominantes.
Entonces, ¿cuál ha sido la flamante aportación de Internet? Pues nada menos que la inmediatez en el tráfico de una información que, a diferencia de la de los medios de comunicación tradicionales, es multifocal hasta el extremo. En los medios clásicos de comunicación de masas, como la prensa escrita, la radio y la televisión, hay un emisor (en realidad, varios; pero no muchos) que son las empresas de difusión, agrupadas además en grandes grupos de comunicación que están en manos de unos pocos magnates en todo el mundo. Hearts, Murdoch, Berlusconi, De Polanco son algunos ejemplos de esos magnates de la comunicación que controlan la difusión de la información en todo el planeta. Una ojeada a lo que publican diversos de esos medios nos permite observar que los temas tratados en ellos son sospechosamente homogéneos y sus puntos de vista también son sospechosamente ajustados a los intereses de las corporaciones que los emiten. La libertad de expresión se suele controlar a sí misma mejor de lo que lo harían los censores del sistema político si los hubiera. En cambio, resulta mucho más difícil controlar las redes sociales con sus mil y un polos de emisión y recepción de información. Sólo se pueden interceptar cortando el flujo, lo que en verdad resulta poco práctico además de dejar en evidencia al poder. Y sólo las desacomplejadas dictaduras todavía existentes están dispuestas a pagar ese precio. La información, pues, corre libremente por el espacio radioeléctrico; y con ella, ideas brillantes, propuestas audaces, pasatiempos divertidos y toneladas de megabytes empaquetando trivialidades; queda aún una buena porción de espacio libre para transportar la difamación, el chismorreo y la inmundicia. La vida digital imita a la real, ¿qué podíamos esperar? Sólo que los efectos, tanto de lo bueno como de lo malo, son elevados a la enésima potencia por la velocidad en la transmisión de datos y la amplitud de su difusión.
Utilizando profusamente esos medios, los indignados se han hecho oír a lo largo y ancho del planeta. La razón los asiste, qué duda cabe: el mundo que entre todos hemos construido es injusto, la riqueza fluye pero solo recala en algunas manos, hay comida suficiente para alimentar todas las bocas pero, sin embargo, siguen existiendo hambrunas periódicas en muchos lugares de la Tierra. Un vistazo a los grandes números que nos suministran los organismos oficiales de las Naciones Unidas o las ONG nos pone ante la evidencia de que la desigualdad en el reparto de los bienes es flagrante, siendo como es, para más inri, soluble. Incluso en el interior de los países más ricos hay tremendas desigualdades, como la que afecta a los jóvenes españoles sobradamente preparados (y pre parados) que buscan infructuosamente su primer empleo en medio del erial laboral que ha dejado la crisis. Tienen razón, así es. Pero, ¿qué harían ellos si lograran incorporarse al sistema que tan duramente critican? ¿Intentarían transformarlo para hacerlo más justo? ¿O más bien verían metamorfosear su inconformismo en resignación y docilidad, como ya hicieron sus mayores generaciones atrás (la del Mayo del 68, por ejemplo)? Es propio de la condición humana adaptarse a las circunstancias con una rapidez que nunca deja de sorprender. Cuando las circunstancias cambian, lo hace también la mentalidad. Arriba se torna abajo y abajo, arriba con una facilidad asombrosa; y donde dije digo, digo Diego, que errar es humano y corregir a tiempo, propio de sabios. Me temo que si muchos de los que han estado o están indignados lograran acceder al engranaje del empleo y se ubicaran en la parte del tejido social que les corresponde según su filiación socioeconómica, dejarían de estarlo. Nadie soporta la indignación, que es un estado de ánimo muy intenso y pasajero por definición, más tiempo del estrictamente imprescindible.
Lo dijo estos días pasados el filósofo francés Edgar Morin en Madrid: "los indignados denuncian porque no pueden enunciar". Después del pataleo contra lo que hay, queda lo más difícil: se tiene que proponer una alternativa, lo que debería haber. Pero eso exige salirse del paradigma social en el que todos estamos metidos y en el que tomamos parte más o menos gustosamente, cosa desde luego harto difícil y terriblemente arriesgada. Yo añadiría al juego de palabras de Morin, si el eminente pensador galo me lo permite, que así como no pueden enunciar, los indignados tampoco pueden (ni quieren) renunciar a lo que creen tener derecho, que es nada menos que al nivel de vida que ha disfrutado la generación de sus padres. Una vida burguesa o pequeño burguesa basada en una buena formación (eso, lo tiene la generación de los hijos incluso mejorado), un buen empleo y estable (¡ay!, parece que esta especie ha sido declarada en vías de extinción), una familia tipo (allá cada uno con lo que entienda por 'familia'; y por 'tipo'), propiedades (en este punto no parece que haya controversias: la idea de propiedad privada la llevamos marcada en el pellejo con un hierro candente) y, por fin, tiempo y dinero para el ocio. ¿O no consiste en eso precisamente una buena vida? ¿Y no es la buena vida sinónimo de felicidad? El problema que ha puesto en evidencia la airada protesta de los indignados radica más bien ─creo yo─ en la toma de conciencia de no tener nosotros cabida en las balsas, y no tanto en denunciar la injusticia de un sistema que no permite construir balsas para todos. Sólo nos hemos indignado cuando finalmente también nosotros nos hemos convertido en náufragos; pero no lo hicimos cuando los damnificados eran otros muchos seres humanos, incluso en abrumadoras cifras de siete dígitos. ¿Tiene esto solución? ¡Ojalá sea así! Pensemos. Y, después de haber pensado lo suficiente, actuemos sin dilación.



dijous, 15 de març del 2012

Indicación sobre el uso del blog en cuanto al idioma



Queridos lectores,

Como ya anuncié en el momento de su creación, mis blogs son bilingües en cuanto a su ejecución, es decir, que voy a escribir mis artículos y comentarios utilizando indistintamene el catalán y el castellano. Asimismo, os invito a redactar vuestros comentarios en la lengua que prefiráis. Al margen de las adscripciones, competencias y preferencias idiomáticas que pueda tener cada uno, es un hecho cierto y comprobable que todos los lectores catalanes entienden ambas lenguas (a pesar de lo que difundan algunos medios de comunicación poco amigos del rigor informativo); sin embargo, no todos los lectores en lengua castellana se atreven con el catalán o son capaces de llegar a entenderlo sin dedicarle un esfuerzo excesivo. El autor no quiere tener que versionar todo lo que escriba en la otra lengua. Sería fatigoso y dudosamente útil. Ni siquiera la misma persona escribe igual cuando cambia de idioma, por lo que redacto los textos en la lengua en que la que espontáneamente los he concebido. 

No obstante, la tecnología suministrada por Google permite traducir de una manera bastante aceptable un texto escrito en cualquiera de las dos lenguas a la otra (y entre otras muchas, por supuesto). Ahora bien, que lo haga de manera aceptable no significa que no se cuelen defectos de traducción (en palabras homónimas y tiempos verbales, por ejemplo) o de tipografía. Al fin y al cabo, quien traduce es  una máquina y las máquinas también yerran. Espero que el lector avisado no me los atribuya. A veces, al detectar la configuración del navegador en una u otra lengua, el sitio actúa por defecto. Pero si no lo hiciera automáticamente, sólo hay que clicar el botón derecho del ratón sobre el texto y luego sobre la opción "traducir al español" del menú desplegable. En una fracción de segundo, la herramienta habrá traducido el artículo o el blog entero. Si no lo habéis hecho ya, probadlo.

Por otra parte, si alguno de vosotros quiere hacerse seguidor para tener puntual noticia de lo que en cada blog se publique, sólo tiene que clicar en la ventana "Seguidores" que hay a la derecha del escritorio, justo encima del "Archivo del blog" donde se despliega el calendario de publicaciones, y seguir las instrucciones.

Un saludo afectuoso y agradecido