Hace unos días y con motivo de un receso en las reuniones
familiares de las fiestas navideñas, nuestros amables vecinos nos invitaron a
una opípara cena en su casa. Los elaborados y deliciosos manjares regados con
buen vino amenizaron la conversación que cambiaba de un tema a otro, como suele
ocurrir en estas ocasiones.
En un momento de la velada surgió el tema de las habilidades
de los niños para jugar con los dispositivos electrónicos a su alcance, ya sean
teléfonos móviles, consolas, tabletas u ordenadores. Como decía acertadamente nuestra
anfitriona, ‘los niños de hoy han echado los dientes’ con estos cacharros y les
son por tanto tan naturales como a nuestra generación andar en bicicleta, saltar
a la comba, perseguir todo tipo de balones, vestir muñecas o ejercitar la
puntería a pedradas. Hubo un punto en el que la conversación se atascó, y fue además
por mi culpa. Ocurrió que me empeciné en un aspecto secundario de la cuestión
en el que, por cierto, no quería fijarme y ahí quedé atrancado. Sin duda, el
grado etílico que había ido alcanzando paulatinamente tuvo algo que ver, puesto
que a mí el alcohol me suelta tanto la lengua como me enerva el raciocinio. La
cosa no tuvo mayor importancia, ya que mis comensales eran gente civilizada y
se pasó a otro tema sin más.
En ese capítulo de la cena, yo no defendía (como quizá pudiera haber parecido) que fuera
malo para los niños entretenerse con los aparatos electrónicos. En esto, como
en casi todo, el secreto está en la dosis. Lo que yo pretendía decir era lo siguiente: aunque a algunos progenitores o abuelos les parezca que sus retoños son niños-prodigio
por la soltura con la que utilizan esos dispositivos, lo cierto es que la
normalidad con la que la inmensa mayoría de ellos se maneja con los aparatos
digitales deja claro que son habilidades al alcance del común de la gente. Los
habrá más dotados y más torpes, exactamente igual como ha ocurrido siempre en
cualquiera de los juegos tradicionales. En cuanto a la utilidad de ese tipo de
juegos para la formación de los niños y jóvenes ─aceptando sin reservas que
saber utilizar los dispositivos electrónicos es de todo punto imprescindible en
el mundo actual y la evolución tecnológica un proceso irreversible (salvo que
sobrevenga una catástrofe universal que nadie cuerdo desea)─ sus beneficios son
menos puros de lo que se suele dar por supuesto.
Está claro que esa tecnología permite jugar, adiestrarse
en ciertas habilidades y potenciar otras, entretenerse (los jóvenes y los no
tan jóvenes), confinarse cada miembro de la familia en su reducto privado
durante horas (lo que puede redundar en una mayor tranquilidad en el hogar y hasta en la calle);
puede facilitar además la teleconexión con familiares y amigos, permitir el
establecimiento de nuevas relaciones a distancia, acceder a un sinfín de información
y no sé cuántas cosas más.
Algunas de las virtudes mencionadas tienen su
reverso, como la de que quién puede ser conocido a través de las
redes sociales sea un indeseable agazapado tras la seguridad del anonimato. Como también es cierto que la utilización
excesiva de los dispositivos electrónicos provoca aislamiento, estrés, problemas
de visión, alteraciones nerviosas, impaciencia y adicción. Esta última se está
diagnosticando clínicamente ahora entre los jóvenes surcoreanos pero es evidente que no
les afecta sólo a ellos, como cualquiera habrá comprobado cuando observa a jóvenes (o adultos) de cualquier lugar o procedencia permanentemente enganchados a sus móviles
con los que whatsappean o twittean sin parar. Cada vez parece más difícil que
nadie se concentre en una actividad que requiera sosiego y reflexión, como la
lectura. Todo tiene que ser inmediato, instantáneo, rápido, fugaz. No es sólo que los
cachorros digitales no estén dispuestos a realizar el esfuerzo que supone leer
a Platón o a Joyce (no pierdo de vista que entre los de mi generación tampoco abunda
ese tipo de lector); es que la mayoría ni siquiera lograría concentrarse en La isla del tesoro o en el periódico… suponiendo
que alguna vez se lo propusiera.
Lo he dicho antes: para bien y para mal, esta
realidad es irreversible. Sólo el tiempo nos permitirá ir conociendo el balance resultante de los pros y los contras de la digitalización de la sociedad. Cada
uno debe aprovechar las ventajas y evitar los inconvenientes de la nueva era
digital según su recto entendimiento y sin perder de vista el viejo método de
aprendizaje conocido en psicología como de ensayo-error. Pero eso sí, hagámoslo
bien pertrechados de sentido común, sin fundamentalismos dogmáticos ni
papanatismos.
Y a nuestros encantadores vecinos y a mi sufrida mujer: ¡gracias por tan
deliciosa velada y por la paciencia que mostrasteis conmigo!
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada
Els teus comentaris seran benvinguts. Expressa't lliurement i argumenta les teves opinions servant les necessàries normes de cortesia en el diàleg.