Ha levantado gran polvareda la manifestación de la popular presentadora de Las
mañanas de TVE, Mariló Montero, sobre el riesgo que entraña la utilización de los
órganos del cadáver de un asesino en una operación de trasplante, puesto que su
personalidad podría invadir el nuevo cuerpo y decantarlo a cometer crímenes parecidos
a los que efectuó con el anterior organismo. Lo argumenta con un contundente
aserto: “No está científicamente demostrado
que el alma no se transmita en un trasplante de órganos”
Esta afirmación fue rápidamente amplificada en los medios y en las redes.
Unos para celebrarla y los otros ─los
más, parece ser─ para denostarla. Al cabo de pocos días, Mariló Montero fue apartada del programa. Ignoro si se debió exclusivamente a su opinión sobre los
trasplantes o hubo algún otro motivo, pero el caso es que, con respecto a los
órganos y el alma, no dijo ningún disparate. En lo esencial, la señora Montero
tiene razón: no está comprobado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos (para ser rigurosos, es preferible sustituir el término ‘demostrado’ por ‘comprobado’; sólo las afirmaciones de la lógica y las matemáticas, ciencias puramente formales, son demostrables). Aclaro que reconociendo que tiene razón no pretendo validar los conocimientos
científicos ni la sagacidad filosófica de Mariló Montero. Quizá sea lo que
parece y no sepa de qué habla; o quizá sí. Puesto que yo no sé nada de ella, me
abstendré de juzgarla. Sólo voy a ceñirme al contenido de la afirmación,
que en sí misma es verdadera.
La noción de alma es tan antigua como el pensamiento humano, es decir, tan
vieja como la humanidad. Desde siempre se ha querido explicar la vida como el
resultado de un principio vital que anima el cuerpo. A este principio vital se
lo ha asociado al aire, al fuego, a la energía cósmica o a la divinidad. Los
nombres que la tradición occidental ha acuñado provienen obviamente de Roma y
de la Hélade: alma, del latín animus;
psique, del griego psyché. No hay en
la antigüedad nadie que haya tratado la cuestión de la existencia del alma y su
misterioso acoplamiento con el cuerpo como Platón. Algunos de sus más célebres
mitos literarios, como el mito del carro
alado y el de la caverna, se refieren a ella. El pensamiento platónico es riquísimo y arroja luz
sobre el problema del alma, pero en ningún modo lo resuelve ni acaba con
nuestras dudas al respecto. Las reflexiones de Descartes en la época moderna,
aunque sean expresadas en otro lenguaje desprovisto ya de la mitología
antigua, siguen apoyándose en parte en la religión, solo que ahora en
la de confesión cristiana. El gran pensador galo no encuentra la manera de poder argumentar tan
clara y distintamente en el asunto del alma como en las deducciones
matemáticas, en la que es un reconocido maestro. Desde Descartes, los filósofos han preferido el término ‘mente’ al de ‘alma’. Con ello,
pretenden liberar sus reflexiones de la carga religiosa que la palabra ‘alma’
arrastra.
Tanto Platón como Descartes constituyen paradigmas más que meros ejemplos
de filósofos dualistas. Ambos son racionalistas, pero eso no significa que
todos los dualistas lo sean. También hay dualistas empiristas o
racioempiristas, pero estos no pretenden fundar en el entendimiento la prueba
de la existencia del alma sino que la consideran sólo como el motor de los
comportamientos observables. Sin embargo, tomada como un principio o sustancia
independiente del organismo, consideran el alma como algo inexistente o abiertamente
fuera del rango del conocimiento. Es decir, que el alma se expresa en las
intenciones y en las acciones del individuo, de las que sólo estas últimas son
observables. Mentir, ayudar, plagiar, estar triste o alegre, tener envidia o admirar,
así como pasar frío o calor, hambre o sed son rasgos del alma (o mente). Eso es
todo lo que podemos conocer de ella.
La noción de alma a menudo ha sido asociada a la de divinidad. El alma como
principio vital sería el soporte de nuestra conexión espiritual con dios o los
dioses. Será por eso que las más distintas religiones han pretendido tener la exclusividad
en su tratamiento, aunque ninguna lo haya logrado por completo. Puesto que cada
uno de nosotros pasa más tiempo que nadie a solas con su alma, sea lo que sea
el alma y signifique lo que signifique aquí ‘suya’, a nadie concierne tanto la
cuestión del alma como a uno mismo (a cada uno-mismo
la suya propia, claro). Incluso los desalmados
tienen que vivir con ella en su interior.
La ubicación que tiene el alma en el cuerpo o el lugar donde uno y otro
principio, cuerpo y espíritu, se unen ha sido un misterio durante milenios.
Pero finalmente se asentó ─probablemente en la Grecia clásica de manera
definitiva─ la idea de que el alma reside en el cerebro. Si cambiamos la
palabra ‘alma’ por ‘mente’, hoy no existen dudas razonables de que la mente es
el resultado de la actividad cerebral. Sólo si nos aferramos a una concepción
mística del universo podemos pretender que el alma se reparte por el conjunto
del cuerpo, en cada uno de sus órganos y fluidos, y que el espíritu se funde
con el mundo material por doquier. Existen propugnadores de esta teoría en la
actualidad como ya existieron en la antigüedad. Y aunque estén fuera del
paradigma científico dominante, lo cierto es que no sabemos si sus creencias
son acertadas o no. Bien, si el alma (o mente) es el resultado del funcionamiento
del cerebro, entonces el único órgano que supondría un traslado de la
personalidad en un trasplante sería el cerebro. En el momento presente, la neurocirugía
no permite una operación tan compleja. Si algún día la tecnología lo
posibilitara, habría que legislar al respecto, lo que no se me antoja menos
complejo que la mismísima operación quirúrgica.
El Dr. Frankenstein, surgido de la formidable imaginación de Mary Shelley,
ya lo logró en el s. XIX con su desgraciada criatura. Los filósofos de la mente contemporáneos, por otra parte, juegan magistralmente con la idea analizando teóricamente sus consecuencias. Pero, aquí y
ahora, quizá nos resulte más útil Karl Popper y su teoría de la falsación para comprobar
la veracidad del postulado de la señora Montero. ‘Falsación’ (falsation) es el neologismo que acuñó Popper
para referirse a un criterio que permitiera dilucidar si un enunciado (o
proposición) es o no científico. Haría falta aquí sin duda una introducción más
completa a la terminología usual en filosofía de la ciencia, pero me voy a
limitar a aclarar someramente algunos conceptos. Un enunciado (o proposición)
es una frase que expresa una afirmación de algo sobre algo, es decir, expresa la
atribución de un predicado a un sujeto. Formalmente se expresa así: ‘A es B’,
donde ‘A’ representa al sujeto y ‘B’ al predicado. ‘Juan es alto’ es un ejemplo
de enunciado o proposición. Una proposición negativa sería, ciertamente, la
negación de un atributo a un sujeto: ‘Yo no soy rico’, sin ir más lejos.
La ciencia, el conocimiento científico, se expresa en proposiciones.
Expresiones como ‘Plutón no es un planeta del Sistema solar’ o ‘La actual
crisis económica comenzó en los EUA en 2007’ son atribuciones de predicados a
sujetos. Ahora bien, la oración ‘¿Qué hora es?’ no es una
proposición, puesto que en ella no se dice nada sobre nada, sino que sólo se
inquiere por algo, a saber, la hora actual, que desconocemos. La ciencia opera
intentando verificar un tipo particular de proposiciones que sirven como punto
de partida para llegar al conocimiento: las hipótesis. Una hipótesis es una suposición explicativa para un hecho observado. Si
somos capaces de verificarla suficientemente, entonces se convierte en ley o
principio general válido. O, por lo menos, será ley mientras ulteriores
investigaciones no la abroguen. Esto no debe escandalizar ni decepcionar a nadie, puesto que la
ciencia se construye a menudo sobre las ruinas de lo que fueran verdades científicas
anteriormente. ¿O no era Plutón el noveno planeta del Sistema solar en nuestros antiguos
y ya obsoletos libros de texto de la no menos periclitada EGB?
La verificación no siempre resulta fácil para la ciencia, bien sea por
problemas técnicos o por la imprecisión del aparataje conceptual. Para la pregunta ‘¿Hay
otras formas de vida en el universo que las que conocemos en la Tierra?’ o,
para expresarla de otra forma, ‘¿Hay vida alienígena?’ no parece fácil determinar
si la respuesta correcta es ‘sí’ o ‘no’, una vez se ha comprobado fehacientemente que en
los lugares más próximos ─sólo relativamente conocidos─ de nuestro Sistema
solar no la hay. Aquí el problema es doble: existe una dificultad conceptual (¿son
posibles formas de vida que no se basen en la
química del carbono?) y muchas de carácter técnico (¿cómo podemos explorar con
la tecnología aeroespacial actual planetas situados en sistemas estelares que
distan años luz de La Tierra?). En consecuencia, no podemos verificar las
respuestas a esa pregunta, ciertamente. Pero ¿la convierte su no
verificabilidad en un enunciado no-científico? No lo parece, aunque tengamos
que reconocer que aparentemente no hay verificación posible en el actual
paradigma científico. Sin embargo, el método de Karl Popper permite considerar
el enunciado ‘Hay vida alienígena’ o su contraria ‘No hay vida alienígena’ como
proposiciones científicas, puesto que aunque no las hayamos contestado sí
sabríamos que tipo de experimentos diseñar para poder falsarlas.
La teoría de la falsación establece que un enunciado es científico si y sólo si se puede
establecer un método experimental para probar que es falso lo que afirma. Un
ejemplo clásico del mismo Popper es el siguiente: para saber si es científica
la proposición ‘Todos los limones (maduros) son amarillos’ lo que hay que
buscar es un limón que no lo sea. Si lo encontráramos, la afirmación se convertiría en falsa, sí; pero,
mientras no lo encontremos, la afirmación sigue
siendo verdadera. Este de momento
quizá parezca desesperanzador al profano, pero como se ha dicho más arriba y es
desde hace un siglo uno de los postulados fundamentales de nuestro paradigma científico, las ciencias experimentales
sólo prometen que las cosas parecen ser
así por ahora. El criterio de la falsación científica es eminentemente
empirista: la posibilidad de una experimentación sensible es la única piedra de
toque válida para las hipótesis de las ciencias empíricas.
Ahora bien, ¿qué ocurre con afirmaciones como ‘Dios es trino’ o ‘El alma es
inmortal’? ¿Podemos verificarlas? No. ¿Podríamos falsarlas? ¿Cómo, si ‘dios’ y
‘alma’ son, por definición, entidades inobservables? No existe la posibilidad
de diseñar experimentos para verificar la existencia de dioses y almas ni
tampoco para falsarla. Por eso decimos que se trata de instancias metafísicas y
se encuentran fuera del alcance de la ciencia. No hay ninguna posibilidad razonable
de conocerlas científicamente. Cualquier propiedad de un alma entendida como
algo diferente al resultado del funcionamiento del cerebro no es afirmable ni
negable científicamente. Por lo tanto, su migración ya sea entera o por partes
de un cuerpo a otro, tampoco. Tiene razón la Sra. Montero; sin embargo, cabría añadir a su frase que no sólo no hay pruebas científicas de la
trasmigración de las almas, sino que ni siquiera puede haberlas porque no puede llevarse a cabo un experimento científico que pueda determinarla.
Como sea que el comentario de Mariló Montero fue originado por el potencial trasplante de órganos del doble homicida de El Salobral (Albacete), se puede fácilmente relacionar con el célebre caso de Gary Gilmore. Cuando estaba empezando a escribir este artículo, el 26 de octubre a las 19.20, pude oír en un programa
musical de Radio 3 la historia de este asesino de Utah condenado a muerte en
1977 por sus crímenes y cuyos ojos fueron trasplantados a un receptor después de
la ejecución de la sentencia. El grupo punk británico The Adverts compuso una canción titulada ‘Gary Gilmore’s Eyes’ en 1979, que me apresté a escuchar con vivo interés deleitándome en los azares que nos depara el destino. Puestos
a imaginar, ¿qué vería el nuevo usuario de los ojos de Gary Gilmore? Pues esperemos que nada más
y nada menos que la luz, como todos los seres dotados de ojos.