dimecres, 17 de juliol del 2013

'HANNAH ARENDT', un biopic

Título: Hannah Arendt
Directora: Margarethe von Trotta
Nacionalidad de la producción: Alemana
Año: 2012
Duración: 113 min

He visto con placer la película biográfica filmada por Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt (1906-1975), una de las intelectuales más destacadas del siglo XX. Su condición de judía alemana y la época que le tocó vivir hicieron que experimentase en primera persona los turbulentos acontecimientos desencadenados por el nazismo en los años treinta. Fue discípula y amante del eximio filósofo Martin Heidegger, una intensa relación que marcó su pensamiento en teoría política ─nunca renegó de su maestro, a pesar de que Heidegger tuvo algo más que un coqueteo con el nazismo y jamás se retractó públicamente de ello─ y su vida sentimental ─aunque luego se casara dos veces y tuviera un feliz segundo matrimonio con Heinrich Blücher. Tras el triunfo electoral del Partido Nacionalsocialista y el encono del antisemitismo rampante, huyó a Francia desde donde viajó, ya en plena II Guerra Mundial, a los EEUU. Allí se naturalizó y enseñó en varias prestigiosas universidades hasta su muerte.
Escribió obras de filosofía política de gran trascendencia. Hay que destacar en especial Los orígenes del totalitarismo (1951), donde sitúa en el mismo plano dos modelos de estado totalitario que muchos consideraban en ese momento contrapuestos: el nazismo y el comunismo; también La condición humana (1958), un profundo análisis de la esencia social de la humanidad. Publicó asimismo Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal (1963), desarrollada a partir de los materiales obtenidos de su cobertura del juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén.
El biopic de Magarethe von Trotta, protagonizado por una excelsa Barbara Sukowa en el papel de Hannah Arendt, trata precisamente de ese crucial episodio en la vida de nuestra intelectual. Eichmann se había refugiado en Argentina tras huir de la Alemania derrotada (muchos oficiales nazis hallaron plácido retiro y refugio cómplice en diversos países de América), pero había sido capturado y trasladado a Israel por agentes del Mosad en 1960. Al año siguiente, cuando se supo que el criminal de guerra iba a ser juzgado por un tribunal en Jerusalén, Arendt se ofreció al periódico The New Yorker para cubrir el acontecimiento como periodista. Que una eminente y reputada filósofa se postulara para ejercer de corresponsal no era una ocasión que un periódico que se preciara pudiera desaprovechar y, en buena lógica, fue contratada.
Una vez en Jerusalén, Hannah Arendt se reencuentra con viejos amigos de su juventud en Alemania y asiste a las sesiones del juicio. Cuando escucha hablar a Eichmann y a algunos testigos de cargo judíos que sobrevivieron al holocausto, Arendt tiene dos revelaciones que habrían de focalizar su informe: la banalidad del mal y la colaboración necesaria de las organizaciones judías europeas para que la ‘solución final’ fuese tan efectiva. En efecto, del discurso burocrático del probo empleado Eichmann ─un sujeto gris, de carácter anodino y vulgar en su servilismo─, quien se encargaba de organizar eficazmente los transportes de judíos de buena parte de Europa a los campos de la muerte, infiere Arendt lo que debió ser el distintivo de tantos y tantos mamporreros del nazismo. Eran funcionarios del régimen que ejecutaban las más bárbaras órdenes de sus superiores con obediencia y diligencia, esto es: sin pensar. Sin pensar en si lo que estaban haciendo estaba bien o estaba mal, si era cruel o hasta inhumano; si les hacía, en fin, responsables o no de la suerte de aquellos a los que conscientemente enviaban a los campos de exterminio. Eran piezas esenciales para el funcionamiento de la monstruosa maquinaria nazi, aunque luego pretendieran escudarse en la cadena de mando para eximirse de cualquier responsabilidad.
¿Cuántos miles de disciplinados Adolf Eichmann hicieron falta, en cargos de mayor o menor responsabilidad, para llevar a cabo la localización, detención, transporte y exterminio de seis millones de personas como si de un eficiente procedimiento industrial se tratara? ¿Cuántas decenas de miles de cómplices ─no exclusivamente alemanes─ hubo de tener la operación de delación y liquidación de los judíos a escala europea? ¿No tuvo algo o mucho que ver con esa macabra eficacia la entrega de los listados que contenían los nombres de los miembros de las comunidades a las autoridades nazis por parte de los propios responsables de las sinagogas y las congregaciones judías? ¿Qué esperaban obtener a cambio los colaboracionistas judíos? ¿Quizá salvar sus propias vidas?
Estos punzantes interrogantes se clavan en la mente de Hannah Arendt mientras presencia el proceso contra Eichmann (creo que fue un acierto de la directora haber insertado imágenes reales del juicio durante el montaje de la película). La responsabilidad en las atroces matanzas no fue sólo de los máximos líderes e ideólogos nazis como Hitler, Goebbels y Himmler; también los fríos ejecutores que estaban al mando de la organización de los transportes y de los campos de concentración y exterminio tuvieron gran importancia en el éxito de la operación de aniquilación conocida por el significativo nombre de ‘solución final’. Sólo que, a diferencia de sus jefes, estas meras ruedas dentadas de la vil maquinaria asesina creían firmemente estar sólo cumpliendo órdenes. Con esmero, por supuesto, porque ellos eran eficaces y abnegados profesionales.
Ahora bien, que Eichmann actuara sin pensar no lo convierte en irresponsable a los ojos de Arendt, y aún menos en inocente. Contra lo que entendieron muchos al leer su informe, Eichmann es para Hannah Arendt un criminal sin ningún género de dudas. La filósofa metida a reportera sólo pretende llamar la atención sobre el hecho de que el mal suele ser a menudo el simple producto de la colaboración entusiasta, del silencio cómplice o de la inacción ante la injusticia cometida que la consecuencia de malas ideas bien meditadas o de una mala voluntad. A menudo, los motores del mal son factores tan humanos como el miedo a perder algo preciado ─la vida, quizá─, la esperanza de sacar tajada de la desgracia de otros o el cosquilleo de sentir que se forma parte de un poder que se ejerce contra otros. El instinto de supervivencia a toda costa, la envidia malsana y la ambición desmedida pueden causar grandes males. Por eso dice Arendt que el mal es banal. ‘La banalidad del mal’ es la fórmula que expresa cómo el mal no surge tanto de grandes construcciones teóricas como de los deseos y pasiones más ordinarios de la condición humana. Los mismos motivos patéticamente egoístas que exhibió Eichmann en los interrogatorios fueron los que impulsaron a algunos líderes de las comunidades judías askenazíes a colaborar con los jerarcas nazis. Eso es lo que salió a la luz en el juicio de Eichmann en Jerusalén, para desolación de muchos de los supervivientes.
Arendt ató cabos, interpretó filosóficamente la cuestión y elaboró un brillante informe que fue publicado por entregas en The New Yorker. Las reacciones no se hicieron esperar. Las primeras, provenientes de los propios judíos norteamericanos, fueron furibundas. Se consideraban traicionados por la filósofa judía ─al fin y al cabo, una de los suyos─ a quien reprochaban disculpar a Eichmann al tiempo que acusaba a los líderes judíos europeos de haber contribuido al holocausto. Por más que Arendt intentó aclarar racionalmente su posición, algunos antiguos buenos amigos le retiraron la palabra y su bien labrado prestigio académico se vio mancillado. No importaba que sus argumentos fueran sólidos, que se atuviera a los hechos probados en el juicio y a las declaraciones habidas ante el tribunal; tampoco importaba que la honestidad intelectual de Arendt estuviera fuera de toda duda. Cuando se tocan los sentimientos, la razón encoge.
Lo cierto es que Arendt actuó como una auténtica filósofa. Ella persiguió la verdad como un detective persigue al criminal. Y persiguiendo la verdad se topó con algunas sorpresas, como que el mal es a menudo banal (por eso cualquiera puede obrarlo: su vecino, su hijo, usted misma. ¿Hace falta rememorar lo que ocurre en cualquier guerra civil?); y también que algunas víctimas se prestan a colaborar con los victimarios a la espera de obtener algún beneficio a cambio (es bien sabido quién se ocupaba de mantener el orden en los barracones de los campos de concentración).

La tarea del intelectual es ser honesto con la verdad ─o, por lo menos, con lo que cree honestamente que es la verdad─ y construir sólidos argumentos que sostengan su punto de vista. Es frecuente que eso disguste a alguien y, si ese alguien es poderoso, puede que tome represalias contra el causante del disgusto. Así se pierden amigos, empleos, estatus social y, en casos extremos o situaciones históricas propicias, puede que incluso la vida. En este sentido, un intelectual honrado es a menudo un héroe; y Hannah Arendt era sin duda una intelectual honrada.

diumenge, 9 de juny del 2013

La implacable extinción de la Filosofía en secundaria

La filósofa Amelia Valcárcel publicó el viernes 7 de junio un bello, sentido y razonado artículo en el diario El País titulado Descartes: poner el mundo en pie. Se trata de un sin duda loable intento de llamar la atención, una vez más, de las autoridades educativas de uno u otro signo político sobre la importancia de la presencia de la Filosofía en las enseñanzas medias. A mí me parece que, por desgracia, y aunque los primeros espadas de la filosofía en la universidad rompan lanzas en favor de la pervivencia de las materias del área de Filosofía en los currículos de la ESO y el bachillerato, se trata de una batalla perdida de antemano. Hace ya muchos años que existe la idea, entre nuestra clase dirigente, que la filosofía no es más que un inane adorno cultural quizá útil para el deleite de unos pocos, pero perfectamente irrelevante en la vida económica y social. Los saberes filosóficos no son necesarios para nada y hay que dejar cuantas más horas disponibles, mejor, para aquellos conocimientos que sí van a ser útiles en la vida adulta de los estudiantes. No voy a discutir ahora esa idea, bastante lo he hecho ya tanto en las aulas como en mis escritos.
Lo cierto es que si las vacas sagradas de nuestra filosofía patria no logran hacerse escuchar por los poderosos, ¿qué se puede esperar de los miembros del gremio de los enseñantes en secundaria y formadores?; o de los nuevos opinadores online, los blogueros, tan tenaces, disciplinados y regulares  como escasamente influyentes con sus reflexiones y desvaríos ─salvo unos pocos, aunque a menudo por razones que poco o nada tienen que ver con la calidad y riqueza de sus aportaciones.
Desde que entró en vigor la LOGSE, he visto decrecer sin pausa la presencia en horas y la influencia en términos absolutos de la Filosofía en el plan de estudios de bachillerato. Nada ni nadie ha conseguido revertir la regresión. La Ley Wert es una piedra más sobre la tumba de la que un día fuera la madre de todos los saberes racionales. Sin embargo, es cierto que su sangre fluye por las venas de sus hijos, las ciencias. O los genes de la madre, si así se prefiere, informan las células de sus vástagos. Y no sólo eso sino que, como bien nos recuerda Valcárcel, la estructura de nuestra ideología o cosmovisión está armada con los pensamientos de los grandes filósofos, desde Platón hasta Rawls ─aunque pocos sean conscientes de ello.
La cuestión de fondo no es tanto si habrá en el futuro próximo un espacio para la materia Filosofía en los horarios, sino si puede practicarse debidamente la reflexión filosófica ante cualquier objeto (ya sea la física, la economía, la historia, la genética, la matemática...) sin contar con los especialistas en la materia. A tenor de mi experiencia, estoy persuadido de que no. Sin embargo, no hay cuidado: la Tierra seguirá su danza giróvaga por el espacio sideral y España su rumbo incierto entre el (des)concierto de las naciones.
Para este viaje, que nos permitió asomarnos por un tiempo al espejismo del club de los países más ricos y cultos que el nuestro, ¿hacían falta alforjas? Sea como fuere, lean el artículo de Amelia Valcárcel. Vale la pena.