Título: Hannah
Arendt
Directora: Margarethe
von Trotta
Nacionalidad de la producción:
Alemana
Año: 2012
Duración: 113 min
He visto con placer la película biográfica filmada por
Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt (1906-1975), una de las intelectuales
más destacadas del siglo XX. Su condición de judía alemana y la época que le
tocó vivir hicieron que experimentase en primera persona los turbulentos
acontecimientos desencadenados por el nazismo en los años treinta. Fue
discípula y amante del eximio filósofo Martin Heidegger, una intensa relación
que marcó su pensamiento en teoría política ─nunca renegó de su maestro, a
pesar de que Heidegger tuvo algo más que un coqueteo con el nazismo y jamás se
retractó públicamente de ello─ y su vida sentimental ─aunque luego se casara
dos veces y tuviera un feliz segundo matrimonio con Heinrich Blücher. Tras el
triunfo electoral del Partido Nacionalsocialista y el encono del antisemitismo
rampante, huyó a Francia desde donde viajó, ya en plena II Guerra Mundial, a
los EEUU. Allí se naturalizó y enseñó en varias prestigiosas universidades
hasta su muerte.
Escribió obras de filosofía política de gran
trascendencia. Hay que destacar en especial Los
orígenes del totalitarismo (1951), donde sitúa en el mismo plano dos
modelos de estado totalitario que muchos consideraban en ese momento
contrapuestos: el nazismo y el comunismo; también La condición humana (1958), un profundo análisis de la esencia
social de la humanidad. Publicó asimismo Eichmann
en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal (1963), desarrollada a
partir de los materiales obtenidos de su cobertura del juicio al nazi Adolf
Eichmann en Jerusalén.
El biopic de Magarethe von Trotta, protagonizado por una
excelsa Barbara Sukowa en el papel de Hannah Arendt, trata precisamente de ese
crucial episodio en la vida de nuestra intelectual. Eichmann se había refugiado
en Argentina tras huir de la Alemania derrotada (muchos oficiales nazis
hallaron plácido retiro y refugio cómplice en diversos países de América), pero
había sido capturado y trasladado a Israel por agentes del Mosad en 1960. Al
año siguiente, cuando se supo que el criminal de guerra iba a ser juzgado por
un tribunal en Jerusalén, Arendt se ofreció al periódico The New Yorker para cubrir el acontecimiento como periodista. Que
una eminente y reputada filósofa se postulara para ejercer de corresponsal no
era una ocasión que un periódico que se preciara pudiera desaprovechar y, en
buena lógica, fue contratada.
Una vez en Jerusalén, Hannah Arendt se reencuentra con
viejos amigos de su juventud en Alemania y asiste a las sesiones del juicio.
Cuando escucha hablar a Eichmann y a algunos testigos de cargo judíos que
sobrevivieron al holocausto, Arendt tiene dos revelaciones que habrían de
focalizar su informe: la banalidad del mal y la colaboración necesaria de las
organizaciones judías europeas para que la ‘solución final’ fuese tan efectiva.
En efecto, del discurso burocrático del probo empleado Eichmann ─un sujeto
gris, de carácter anodino y vulgar en su servilismo─, quien se encargaba de
organizar eficazmente los transportes de judíos de buena parte de Europa a los
campos de la muerte, infiere Arendt lo que debió ser el distintivo de tantos y
tantos mamporreros del nazismo. Eran funcionarios del régimen que ejecutaban
las más bárbaras órdenes de sus superiores con obediencia y diligencia, esto
es: sin pensar. Sin pensar en si lo que estaban haciendo estaba bien o estaba
mal, si era cruel o hasta inhumano; si les hacía, en fin, responsables o no de
la suerte de aquellos a los que conscientemente enviaban a los campos de
exterminio. Eran piezas esenciales para el funcionamiento de la monstruosa
maquinaria nazi, aunque luego pretendieran escudarse en la cadena de mando para
eximirse de cualquier responsabilidad.
¿Cuántos miles de disciplinados Adolf Eichmann hicieron
falta, en cargos de mayor o menor responsabilidad, para llevar a cabo la
localización, detención, transporte y exterminio de seis millones de personas
como si de un eficiente procedimiento industrial se tratara? ¿Cuántas decenas
de miles de cómplices ─no exclusivamente alemanes─ hubo de tener la operación
de delación y liquidación de los judíos a escala europea? ¿No tuvo algo o mucho
que ver con esa macabra eficacia la entrega de los listados que contenían los
nombres de los miembros de las comunidades a las autoridades nazis por parte de
los propios responsables de las sinagogas y las congregaciones judías? ¿Qué
esperaban obtener a cambio los colaboracionistas judíos? ¿Quizá salvar sus
propias vidas?
Estos punzantes interrogantes se clavan en la mente de
Hannah Arendt mientras presencia el proceso contra Eichmann (creo que fue un
acierto de la directora haber insertado imágenes reales del juicio durante el
montaje de la película). La responsabilidad en las atroces matanzas no fue sólo
de los máximos líderes e ideólogos nazis como Hitler, Goebbels y Himmler;
también los fríos ejecutores que estaban al mando de la organización de los
transportes y de los campos de concentración y exterminio tuvieron gran
importancia en el éxito de la operación de aniquilación conocida por el
significativo nombre de ‘solución final’. Sólo que, a diferencia de sus jefes,
estas meras ruedas dentadas de la vil maquinaria asesina creían firmemente
estar sólo cumpliendo órdenes. Con esmero, por supuesto, porque ellos eran
eficaces y abnegados profesionales.
Ahora bien, que Eichmann actuara sin pensar no lo
convierte en irresponsable a los ojos de Arendt, y aún menos en inocente.
Contra lo que entendieron muchos al leer su informe, Eichmann es para Hannah
Arendt un criminal sin ningún género de dudas. La filósofa metida a reportera
sólo pretende llamar la atención sobre el hecho de que el mal suele ser a
menudo el simple producto de la colaboración entusiasta, del silencio cómplice
o de la inacción ante la injusticia cometida que la consecuencia de malas ideas
bien meditadas o de una mala voluntad. A menudo, los motores del mal son
factores tan humanos como el miedo a perder algo preciado ─la vida, quizá─, la
esperanza de sacar tajada de la desgracia de otros o el cosquilleo de sentir
que se forma parte de un poder que se ejerce contra otros. El instinto de
supervivencia a toda costa, la envidia malsana y la ambición desmedida pueden
causar grandes males. Por eso dice Arendt que el mal es banal. ‘La banalidad
del mal’ es la fórmula que expresa cómo el mal no surge tanto de grandes
construcciones teóricas como de los deseos y pasiones más ordinarios de la
condición humana. Los mismos motivos patéticamente egoístas que exhibió
Eichmann en los interrogatorios fueron los que impulsaron a algunos líderes de
las comunidades judías askenazíes a colaborar con los jerarcas nazis. Eso es lo
que salió a la luz en el juicio de Eichmann en Jerusalén, para desolación de
muchos de los supervivientes.
Arendt ató cabos, interpretó filosóficamente la cuestión
y elaboró un brillante informe que fue publicado por entregas en The New Yorker. Las reacciones no se
hicieron esperar. Las primeras, provenientes de los propios judíos
norteamericanos, fueron furibundas. Se consideraban traicionados por la
filósofa judía ─al fin y al cabo, una de los suyos─ a quien reprochaban
disculpar a Eichmann al tiempo que acusaba a los líderes judíos europeos de
haber contribuido al holocausto. Por más que Arendt intentó aclarar
racionalmente su posición, algunos antiguos buenos amigos le retiraron la
palabra y su bien labrado prestigio académico se vio mancillado. No importaba
que sus argumentos fueran sólidos, que se atuviera a los hechos probados en el
juicio y a las declaraciones habidas ante el tribunal; tampoco importaba que la
honestidad intelectual de Arendt estuviera fuera de toda duda. Cuando se tocan
los sentimientos, la razón encoge.
Lo cierto es que Arendt actuó como una auténtica filósofa.
Ella persiguió la verdad como un detective persigue al criminal. Y persiguiendo
la verdad se topó con algunas sorpresas, como que el mal es a menudo banal (por
eso cualquiera puede obrarlo: su vecino, su hijo, usted misma. ¿Hace falta
rememorar lo que ocurre en cualquier guerra civil?); y también que algunas
víctimas se prestan a colaborar con los victimarios a la espera de obtener
algún beneficio a cambio (es bien sabido quién se ocupaba de mantener el orden
en los barracones de los campos de concentración).
La tarea del intelectual es ser honesto con la verdad ─o,
por lo menos, con lo que cree honestamente que es la verdad─ y construir
sólidos argumentos que sostengan su punto de vista. Es frecuente que eso
disguste a alguien y, si ese alguien es poderoso, puede que tome represalias
contra el causante del disgusto. Así se pierden amigos, empleos, estatus social
y, en casos extremos o situaciones históricas propicias, puede que incluso la
vida. En este sentido, un intelectual honrado es a menudo un héroe; y Hannah
Arendt era sin duda una intelectual honrada.