diumenge, 9 de juny del 2013

La implacable extinción de la Filosofía en secundaria

La filósofa Amelia Valcárcel publicó el viernes 7 de junio un bello, sentido y razonado artículo en el diario El País titulado Descartes: poner el mundo en pie. Se trata de un sin duda loable intento de llamar la atención, una vez más, de las autoridades educativas de uno u otro signo político sobre la importancia de la presencia de la Filosofía en las enseñanzas medias. A mí me parece que, por desgracia, y aunque los primeros espadas de la filosofía en la universidad rompan lanzas en favor de la pervivencia de las materias del área de Filosofía en los currículos de la ESO y el bachillerato, se trata de una batalla perdida de antemano. Hace ya muchos años que existe la idea, entre nuestra clase dirigente, que la filosofía no es más que un inane adorno cultural quizá útil para el deleite de unos pocos, pero perfectamente irrelevante en la vida económica y social. Los saberes filosóficos no son necesarios para nada y hay que dejar cuantas más horas disponibles, mejor, para aquellos conocimientos que sí van a ser útiles en la vida adulta de los estudiantes. No voy a discutir ahora esa idea, bastante lo he hecho ya tanto en las aulas como en mis escritos.
Lo cierto es que si las vacas sagradas de nuestra filosofía patria no logran hacerse escuchar por los poderosos, ¿qué se puede esperar de los miembros del gremio de los enseñantes en secundaria y formadores?; o de los nuevos opinadores online, los blogueros, tan tenaces, disciplinados y regulares  como escasamente influyentes con sus reflexiones y desvaríos ─salvo unos pocos, aunque a menudo por razones que poco o nada tienen que ver con la calidad y riqueza de sus aportaciones.
Desde que entró en vigor la LOGSE, he visto decrecer sin pausa la presencia en horas y la influencia en términos absolutos de la Filosofía en el plan de estudios de bachillerato. Nada ni nadie ha conseguido revertir la regresión. La Ley Wert es una piedra más sobre la tumba de la que un día fuera la madre de todos los saberes racionales. Sin embargo, es cierto que su sangre fluye por las venas de sus hijos, las ciencias. O los genes de la madre, si así se prefiere, informan las células de sus vástagos. Y no sólo eso sino que, como bien nos recuerda Valcárcel, la estructura de nuestra ideología o cosmovisión está armada con los pensamientos de los grandes filósofos, desde Platón hasta Rawls ─aunque pocos sean conscientes de ello.
La cuestión de fondo no es tanto si habrá en el futuro próximo un espacio para la materia Filosofía en los horarios, sino si puede practicarse debidamente la reflexión filosófica ante cualquier objeto (ya sea la física, la economía, la historia, la genética, la matemática...) sin contar con los especialistas en la materia. A tenor de mi experiencia, estoy persuadido de que no. Sin embargo, no hay cuidado: la Tierra seguirá su danza giróvaga por el espacio sideral y España su rumbo incierto entre el (des)concierto de las naciones.
Para este viaje, que nos permitió asomarnos por un tiempo al espejismo del club de los países más ricos y cultos que el nuestro, ¿hacían falta alforjas? Sea como fuere, lean el artículo de Amelia Valcárcel. Vale la pena.