La
filósofa Amelia Valcárcel publicó el viernes 7 de junio un bello, sentido y
razonado artículo en el diario El País titulado Descartes:
poner el mundo en pie. Se trata de un sin duda loable intento de llamar la
atención, una vez más, de las autoridades educativas de uno u otro signo
político sobre la importancia de la presencia de la Filosofía en las enseñanzas
medias. A mí me parece que, por desgracia, y aunque los primeros espadas de la
filosofía en la universidad rompan lanzas en favor de la pervivencia de las
materias del área de Filosofía en los currículos de la ESO y el bachillerato,
se trata de una batalla perdida de antemano. Hace ya muchos años que existe la
idea, entre nuestra clase dirigente, que la filosofía no es más que un inane
adorno cultural quizá útil para el deleite de unos pocos, pero
perfectamente irrelevante en la vida económica y social. Los saberes
filosóficos no son necesarios para nada y hay que dejar cuantas más horas
disponibles, mejor, para aquellos conocimientos que sí van a ser útiles en la
vida adulta de los estudiantes. No voy a discutir ahora esa idea, bastante lo
he hecho ya tanto en las aulas como en mis escritos.
Lo cierto
es que si las vacas sagradas de nuestra filosofía patria no logran hacerse
escuchar por los poderosos, ¿qué se puede esperar de los miembros del gremio de
los enseñantes en secundaria y formadores?; o de los nuevos opinadores online,
los blogueros, tan tenaces, disciplinados y regulares como escasamente
influyentes con sus reflexiones y desvaríos ─salvo unos pocos, aunque a menudo por razones que
poco o nada tienen que ver con la calidad y riqueza de sus aportaciones.
Desde que
entró en vigor la LOGSE, he visto decrecer sin pausa la presencia en horas y la
influencia en términos absolutos de la Filosofía en el plan de estudios de
bachillerato. Nada ni nadie ha conseguido revertir la regresión. La Ley Wert es una piedra más sobre la
tumba de la que un día fuera la madre de todos los saberes racionales. Sin
embargo, es cierto que su sangre fluye por las venas de sus hijos, las
ciencias. O los genes de la madre, si así se prefiere, informan las células de
sus vástagos. Y no sólo eso sino que, como bien nos recuerda Valcárcel, la
estructura de nuestra ideología o cosmovisión está armada con los pensamientos
de los grandes filósofos, desde Platón hasta Rawls ─aunque pocos sean
conscientes de ello.
La
cuestión de fondo no es tanto si habrá en el futuro próximo un espacio para la
materia Filosofía en los horarios, sino si puede practicarse debidamente la
reflexión filosófica ante cualquier objeto (ya sea la física, la economía, la
historia, la genética, la matemática...) sin contar con los especialistas en la
materia. A tenor de mi experiencia, estoy persuadido de que no. Sin embargo, no
hay cuidado: la Tierra seguirá su danza giróvaga por el espacio sideral y España su rumbo incierto
entre el (des)concierto de las naciones.
Para este
viaje, que nos permitió asomarnos por un tiempo al espejismo del club de los
países más ricos y cultos que el nuestro, ¿hacían falta alforjas? Sea como
fuere, lean el artículo de Amelia Valcárcel. Vale la pena.