Revista Paradigma, nº 20
UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
https://riuma.uma.es/xmlui/bitstream/handle/10630/12977/Gil%20Vernet.pdf?sequence=3
UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
https://riuma.uma.es/xmlui/bitstream/handle/10630/12977/Gil%20Vernet.pdf?sequence=3
En
este año 2016 se celebra, para mayor gloria de las letras inglesas y
castellanas, el cuarto centenario de la muerte de dos de los más grandes genios
de la literatura universal. No van a ser glosadas aquí sus personalidades ni su
obra; que otros con mejores fundamentos se ocupen de ello. Sólo me referiré a William
Shakespeare (1564-1616) y a Miguel de Cervantes (1547-1616) como exponentes especialmente
ilustres de una época que alumbró, entre otros hitos de suma importancia para
la historia de la cultura, aquel momento del pensamiento que hemos etiquetado
con el nombre de ‘Filosofía moderna’.
Al
igual que todos los puntos de inflexión en el devenir de los acontecimientos
humanos, éste contó también con sus antecedentes y precursores. No obstante y a
pesar de la deuda contraída con Platón y Aristóteles, la Escolástica, Erasmo de
Rotterdam, Tomás Moro, Michael de Montaigne, Francis Bacon, Isaac Beeckman, William
Harvey y Galileo Galilei —amén de los matemáticos del colegio jesuita de La Flèche
donde se educó—, los historiadores no vacilan en señalar a René Descartes
(1596-1650) como el genuino fundador del nuevo periodo de la filosofía que se
extenderá hasta finales del s. XIX. Según Ortega y Gasset, esto no se debe tanto
a que Descartes innovara absolutamente en filosofía como a que instaurase un
nuevo nivel en el filosofar. La filosofía cartesiana (y con ella, la filosofía moderna)
se caracteriza por la búsqueda de un método universal para el avance de las
ciencias, método en el que el sujeto tiene la primacía sobre el objeto de
conocimiento.
Una
simple ojeada a los años que acotan la vida de los tres personajes evidencia que
Descartes no pudo haber sido conocido por Shakespeare y Cervantes, ya que cuando
estos murieron —con una llamativa cercanía de fechas que ha hecho las delicias
de los astrólogos y calendaristas durante siglos[1]—
Descartes acababa de cumplir 20 años y no había publicado nada aún. Por otra
parte, parece probado que Cervantes nunca supo de la existencia del Bardo
inglés, mientras que hay indicios razonables de que éste pudo haber leído al
menos la primera parte del Quijote. Aun así, las influencias directas entre unos
y otros son prácticamente inexistentes. Lo que sí comparten nuestras tres eminencias
es, sin ningún género de dudas, el espíritu de la época.
El
tránsito del Renacimiento al Barroco se distingue por los grandes cambios acaecidos
en el canon de las artes (música, pintura, escultura, arquitectura, la literatura
en todas sus facetas: poesía, teatro, novela, ensayo…) y en la aparición de la
Nueva Ciencia (iniciada con la revolución copernicana en astronomía y fundamentada
por Galileo con la introducción de la física-matemática). Todos estos cambios
reflejan las transformaciones sobrevenidas en una Europa desangrada por las
guerras religiosas y el inestable equilibrio del poder político. Se asienta el
estado-nación moderno en España, Francia e Inglaterra, con un monarca
autoritario netamente hegemónico sobre la nobleza. Los territorios de ultramar
ensanchan las fronteras de los países hasta límites tan insospechados que en
sus territorios ya nunca se pone el sol, surgiendo de este modo la novedosa
conciencia de habitar un planeta en rampante inflación geográfica. Por otra
parte, la Reforma luterana triunfa y se consolida en el centro y norte del
continente europeo, provocando una Contrarreforma ultraconservadora en los países
católicos de la periferia que habría de lastrar durante siglos su pleno
desarrollo científico, social y económico. Entre las causas de las guerras entre
las naciones se cuentan las razones de economía política, los intereses
dinásticos y los desencuentros religiosos. Hasta nuestro hombre, Renatus
Cartesius, luchó como voluntario en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648),
el mejor ejemplo de los conflictos bélicos que asolaron el viejo continente en el
periodo histórico que nos ocupa.
Fue
precisamente durante uno de los asuetos invernales de esta larga guerra cuando un
joven Descartes de 23 años, enrolado entonces con las tropas de Maximiliano I, Duque
de Baviera, tuvo en un refugio bien caldeado a orillas del Danubio bávaro —una
‘estufa’, según su propia expresión— una concatenación de sueños que él
recordaría después como una revelación. A juzgar por la escasa importancia —por
no decir nula— que se da a dicho episodio en la mayor parte de las historias de
la filosofía al uso, parece como si algunos no se sintieran demasiado cómodos
con el hecho de que el padre del racionalismo moderno hallase inspiración para
el desarrollo del método en las
imágenes oníricas sugeridas por Morfeo. Otros, arrimando el ascua a su sardina,
han querido ver en ello un arrebato equiparable a los éxtasis de Santa Teresa y
San Juan de la Cruz, una puerta trasera que conecta el edificio de la razón con
el submundo de la irracionalidad mística.
Estos
nexos se antojan quizá osados en exceso; sin embargo, es cierto que el recurso
a los sueños es algo muy frecuente en la literatura y mucho más aún en la época
que nos ocupa. Ya Parménides de Elea, en el s. V a.C., lo había explotado en su
poema Sobre la naturaleza para narrar
la visión de la verdad que experimenta el alma separada del cuerpo durmiente,
en el que sea probablemente el primer viaje astral de la historia de la
literatura. Un siglo más tarde, en el Libro VII de la República, el propio Platón representará la vida humana como una
ensoñación sufrida en las penumbras de la caverna que representa el mundo
sensible.
Los sueños de Descartes
Conocemos
los hechos de la noche de marras porque el mismo protagonista los relató en sus
notas personales —recuperadas por Leibniz— y en sus
diarios de viaje, a los que tuvo acceso su biógrafo Baillet[2].
Al inicio de la segunda parte del Discurso
del método[3], Descartes cuenta:
Me encontraba entonces en Alemania, país al que
había sido atraído con ocasión de las guerras que aún no han finalizado. Cuando
retornaba hacia la armada, después de haber presenciado la coronación del
emperador, el inicio del invierno me obligó a detenerme en un cuartel en el
que, no encontrando conversación alguna que distrajera mi atención y, por otra parte,
no teniendo afortunadamente preocupaciones o pasiones que me inquietasen, permanecía
durante todo el día en una cálida habitación donde disfrutaba analizando mis
reflexiones.
Fernando II de Habsburgo había sido coronado emperador del Sacro
Imperio Romano Germánico en Frankfurt am Main entre agosto y septiembre. Según sostiene
Miguel Ángel Granada,
Descartes no fue con
el resto de los soldados a los ‘cuarteles de invierno’ (como creen tantos
editores) temiendo la ociosidad [y
—añado— la vida libertina de la soldadesca]. El ‘cuartel’ en el que
encontró la soledad para dedicarse a sus ‘pensamientos’ es un lugar retirado
(en Neuburg, junto al Danubio); y la ‘estufa’ en la que pasó el invierno era
una habitación con cocina, en la que se mantenía la calefacción sin molestar al
anfitrión, que también evitaba el humo.”[4]
En esa caldeada
estancia, tuvo el filósofo tres sueños o ensoñaciones
en la noche del 10 al 11 de noviembre
de 1619:
Cuando retomaba la unificación de la aritmética y
de la geometría entrevista ya desde marzo, entusiasmado al presentir en ella el
punto de partida de un método que se extendía a la explicación de la
naturaleza, tuvo varios sueños en los que se puede ver la tentación de poseer
el mundo (globo simbolizado por la promesa de un melón).
(…) En el último sueño, aparecía, desaparecía y
reaparecía incompleta una ‘enciclopedia’ (saber total), el descubrimiento de
que al hombre le queda mucho por avanzar en el camino de la verdad. Una
antología poética abierta al azar le ofrece el verso de Ausonio: “¿Qué camino
seguiré en la vida?”; de ahí la ‘resolución’… de emplear todas las fuerzas de su ingenio en seleccionar los caminos
que debía seguir.[5]
Abundando en la idea mencionada más arriba, Strathern
llama la atención sobre la ironía de que Descartes, el gran racionalista,
encontrara su inspiración en visiones místicas y sueños irracionales. Él mismo enumera
algunos intentos de justificación racional aportados desde entonces: el cerebro
de Descartes se habría calentado demasiado debido a la estufa, una probable indigestión,
el exceso de reflexión o la falta de sueño, una crisis mística e incluso el
hecho de su adherencia reciente al movimiento Rosacruz[6]. Parece que el asunto del melón fue motivo de gran
regocijo entre los lectores de la biografía del padre Baillet. El mismísimo
Sigmund Freud fue invitado a dar su versión del asunto en 1929. En opinión del
maestro del psicoanálisis, la mejor interpretación en este caso sería la del propio
protagonista de los sueños, puesto que se trata de lo que él llama ‘sueños de
arriba’ (Träume von oven), es decir,
ensoñaciones producidas en un estado muy cercano a la vigilia.[7]
Así pues, merece ser respetada la convicción de Descartes de que sus extraños
sueños le animaban a seguir buscando un método seguro para el desarrollo de las
ciencias, un método cuya clave se hallaba en las matemáticas. La revelación le
sirvió también para confirmar la unidad de la razón —una razón parmenídea, es
decir: homogénea, universal y eterna. Contraviniendo por una vez el lema del
magnífico grabado de Goya, el sueño de la razón no siempre produce monstruos;
aunque sólo sea porque los sueños pudieron servir de inspiración al campeón del
racionalismo moderno.
Los sueños de Próspero y Alonso Quijano
Los dos autores homenajeados en este número
recurrieron igualmente a los sueños para dar sentido a la vida de sus personajes o para meramente
referirse a la fatua condición humana. Así ocurre en el archiconocido pasaje de
Shakespeare[8] donde Próspero,
duque legítimo de Milán a quien su hermano Antonio ha usurpado el ducado, dice
a Fernando, príncipe de
Nápoles, y a su propia hija Miranda:
Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits, and
Are melted into air, into thin air:
And like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd tow'rs, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on; and our little life
Cervantes hace lo propio en el episodio de la manchega cueva
de Montesinos[10], en cuya sima hace
descender a su maltrecho hidalgo cual si de un avezado espeleólogo y no de un verdadero
caballero andante se tratara. Tras largar Sancho
Panza cien brazas de cuerda y recuperarlas preocupado al cabo de media hora, emergió
al fin don Quijote de las profundidades telúricas con evidentes síntomas de
estar dormido. Al verlo, le espetó Sancho:
—Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío,
que ya pensábamos que se quedaba allá para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote; y
sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar
dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y, con todo esto, no
despertaba; pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que
al cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún
grave y profundo sueño despertara; y mirando a una y otra parte, como
espantado, dijo:
—Dios os lo perdone, amigos, que me habéis
quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto
ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida
pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado
Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso
Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas
las que lloraron vuestros hermosos ojos!
Es la misma idea, a la postre tan barroca, con la
que cierra Segismundo su monólogo en el primer acto del drama que Calderón[11]
estrenó dos años después de la condena papal contra Galileo[12],
otro espíritu que no se dejó encadenar con el cuerpo.
Yo
sueño que estoy aquí
destas
prisiones cargado,
y
soñé que en otro estado
más
lisonjero me vi.
¿Qué
es la vida? Un frenesí.
¿Qué
es la vida? Una ilusión,
una
sombra, una ficción,
y
el mayor bien es pequeño:
que
toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Hoy, cuando quizá los
tres anden sumidos en el sueño eterno que Sócrates conjeturó en la escena final
del Fedón platónico, nosotros
seguimos disfrutando de las páginas que ellos nos legaron, bien sea riéndonos y
compadeciéndonos a la vez de la simpar pareja cervantina, meditando y
discutiendo los textos cartesianos o asombrándonos ante el crudo retrato de
nuestra desnuda humanidad que contienen los dramas atribuidos a Shakespeare. Estos
versos declamados por su creación más universal, el príncipe danés Hamlet, ensalzan
bellamente la transcendencia del sueño:[13]
…To die,
to sleep
—to sleep—
perchance to dream: ay, there's the rub,
for in
that sleep of death what dreams may come
when we
have shuffled off this mortal coil,
must give
us pause. There's the respect
Para terminar esta somera reflexión sobre la importancia
filosófica del sueño y los sueños que el sueño alberga, creo que merece la pena
recordar, aunque me haya quedado ya sin espacio para desarrollar la cuestión aquí,
que Descartes utilizó el trance hipnagógico experimentado a orillas del Danubio
como un potente argumento para poner en duda la existencia de una realidad
exterior a la mente. Se trata del segundo escalón de la ‘duda metódica’, el
proceso de deconstrucción de las inciertas certezas que nos arrogamos sobre el
mundo que concluirá, como es bien sabido, con el hallazgo de la única certeza
absoluta: cogito, ergo sum; ‘pienso,
por tanto existo’.
[1]
Hoy parece establecido definitivamente que la
muerte de Cervantes debió ocurrir el 22 de abril de 1616 y la de Shakespeare,
el 3 de mayo, según el calendario gregoriano que entonces ya se utilizaba en España.
La confusión con las fechas se explica, además de por la escasez de documentos disponibles
de la época, porque en Inglaterra todavía se contaba entonces el tiempo con el
calendario juliano.
[3] DESCARTES,
René (1995),
Discurso del método; GRANADA, Miguel Ángel y LLEDÓ, Emilio (editores),
Círculo de Lectores, Barcelona.
[4]
Ibíd. (1995)
[5] Ibíd. (1995)
[7] En la psicología actual, se
conoce esta fase del sueño como hipnagógica.
[8] SHAKESPEARE, William (1611), La tempestad, Acto 4, Escena 1
[9]
Ahora, nuestro juego ha
terminado. Estos actores, / como os dije, eran sólo espíritus y / se han
fundido en el aire, en la levedad del aire: / y, al igual que la ilusoria
visión que representaban, / las torres que coronan las nubes, los lujosos
palacios, / los solemnes templos, el gran globo mismo, / sí, con todo lo que
contiene, se disolverán, / y, como estos desvaídos espectáculos insustanciales,
/ no dejarán rastro. Estamos hechos de la misma materia / de los sueños y
nuestra breve vida / cierra su círculo con otro sueño.
[10] CERVANTES, Miguel de (1615), El ingenioso hidalgo Don Quijote de la
Mancha, 2ª parte, Cap. XXII
[11]
CALDERÓN DE LA BARCA, Pedro
(1635), La vida es sueño
[12] En 1633, tras un juicio
instigado por el Tribunal del Santo Oficio —o Inquisición— en Roma, el Papa
Urbano VIII condenó a Galileo Galilei a cadena perpetua. Ésta le fue conmutada
por la de arresto domiciliario vitalicio cuando el padre de la ciencia moderna
se retractó postrado de las afirmaciones contenidas en su Diálogo sobre los
dos máximos sistemas del mundo,
publicado el año anterior. Eppur
si muove…
[13] SHAKESPEARE, William (1599), Hamlet, Acto III, Escena 1
[14] “Morir, dormir: dormir / y quizá
soñar; ahí está la dificultad, / porque en ese sueño de la muerte, pueden venir
los sueños / —una vez nos hayamos despojado de las vicisitudes de esta vida
mortal— / que nos hacen meditar. Es este respeto / el que convierte tan larga
vida en una calamidad.”