Hace algo más de un año, Stephan Hessel, un
intelectual nonagenario francés con una larga y densa trayectoria de luchador
por la paz y la libertad, que fue incluso recluido en Buchenwald por los nazis
y participó como secretario en la redacción de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, publicó un panfleto de titulo imperativo ─¡Indignaos!─
que se convertiría en seguida en un fetiche para los jóvenes y no tan jóvenes protagonistas
de las manifestaciones y acampadas en las céntricas plazas de diversas
ciudades. Esas iniciativas sociales, serían luego bautizadas con los nombres de
"Primavera árabe", el "15-M" y, en general, el movimiento
mundial de "Los indignados".
Por más que no se tratara de una obra académica con peso específico ─o quizá
precisamente por ello─, tuvo una apoteósica acogida entre los participantes en
las protestas. Pronto se cumplirá un año del 15 de mayo de 2011 (15-M), fecha
fundacional del movimiento en España con el asentamiento de un campamento en la
madrileña Plaza del Sol. ¿Qué queda hoy de todo aquello?
Desde el punto de vista de la
filosofía social, el movimiento que en España llamamos 15-M es muy interesante.
Huelga decir que ha pasado aún poco tiempo para que la reflexión que pueda
hacerse sobre él esté libre del natural apasionamiento ideológico y mediático.
Los mismos protagonistas que llenaron las calles y acamparon en las plazas
verán las cosas de manera muy distinta cuando hayan transcurrido unos años. Los
periodistas cubrieron los acontecimientos en vivo sobre el terreno, con toda la
riqueza de matices, colorido, disensiones, entusiasmos y contradicciones que
eso supone. La riqueza propia del entusiasmo inicial suele ser atropellada y arruinada
por su misma vitalidad y variedad. La revolución devora a sus hijos. La
economía política, la sociología y la psicología social, en cambio, tardaron un
poco más en sacar conclusiones de los hechos que se iban desarrollando. Sin
embargo, al cabo de pocas semanas, fueron publicándose artículos de opinión que
iban más lejos de la simple consideración periodística de lo que ocurría e
intentaban explicarlo como uno de los efectos colaterales de los profundos
cambios sociales que la globalización, la eclosión de las redes sociales y la
crisis económica han causado en el mundo actual. Vayamos por partes y echemos
un vistazo a estos tres conceptos:
- Globalización: La globalización del mundo
no se inicia con la acuñación del término por Marshall McLuhan en los años
sesenta, con su feliz definición de los pueblos del planeta Tierra como
"la aldea global". De algún modo, la globalización ha existido
en diversas etapas de la historia y en lugares alejados geográficamente
desde la más remota antigüedad. Mesopotamia, Egipto, China, Persia, los
incas y los aztecas erigieron imperios que fagocitaron a los pueblos
limítrofes imponiéndoles su idioma como lengua franca, su legislación y
sus usos y costumbres. Quizá para la humanidad en general (pero, por si
acaso y para ser prudentes, digamos que al menos por lo que respecta a
Occidente), el Imperio romano represente el modelo de imperio por
antonomasia, siendo tal vez Alejandro Magno su precursor más insigne
aunque efímero. Cuando Alejandro emprendió sus conquistas en África y
Asia, recorriendo más de 23.000 km al frente de un abigarrado ejército en
tan sólo 11 años, lo hizo para construir un imperio macedonio con el
idioma y las características culturales griegas que Aristóteles le había
inoculado. De hecho, se conoce como periodo helenístico la etapa de la
historia de tres siglos de duración que empieza con la muerte de Alejandro
y recoge su herencia política hasta la eclosión del Imperio romano. Pero
fue Roma la que de manera más dilatada en el tiempo pudo realizar el sueño
del visionario Alejandro. Los romanos construyeron un estado,
jurídicamente modélico, que administraba unos vastísimos territorios
perfectamente comunicados entre sí y con la capital ("todos los
caminos llevan a Roma") y extendieron la romanización a todo el mundo
conocido... por ellos.
Los límites del Imperio eran los límites del mundo
civilizado. Más allá del limes, sólo había bárbaros. Tanto para los
macedonios como para los romanos, la globalización consistió en la extensión de
su civilización a los pueblos y reinos vecinos, incluso más allá de los
inmediatamente vecinos. Aun hoy sorprende el tamaño de los territorios
romanizados antes de la invención de las telecomunicaciones. La historia habría
de alumbrar todavía otros imperios, entre los que destacan el español de los
siglos XVI a XVIII y el británico, que llegó a su zénit en el victoriano siglo
XIX y perduró hasta las Guerras mundiales del XX. Sin embargo, lo que aquí me
interesa destacar es que la voluntad de globalización existe desde tiempos
inmemoriales y siempre ha consistido en la expansión geográfica y cultural de
una civilización allende sus fronteras. El progreso tecnológico, aplicado a los
medios de transporte y a las comunicaciones, la han facilitado y ampliado con
el tiempo hasta reducir el globo terráqueo a dimensiones domésticas. Las
telecomunicaciones, por fin, convirtieron el mundo en un microchip, superando
incluso lo que anticipara el genio visionario de McLuhan antes del advenimiento
de la era de Internet. Hoy, la hegemonía en el mundo no la tiene exactamente
ningún estado, a pesar de la preeminencia económica y militar de los EEUU, sino
ese conglomerado surgido de la sinergia entre Grecia, Roma y el cristianismo de
raíz judía ─y desarrollado en Europa durante más de dos milenios con toda
suerte de aderezos y adstratos─ que llamamos "Civilización occidental o europea".
- Redes sociales: Los más rutilantes y últimos
(por el momento) hijos de Internet son Facebook y Twitter. Han desbancado
al correo electrónico, a los chats de Messenger y a la mensajería
instantánea de BlackBerry en el vertiginoso altar de las preferencias
tecnológicas de los fieles. Con los móviles inteligentes de última generación
y las ultraligeras tabletas siempre a cuestas, la ubicua y ubérrima
conectividad vía satélite permite que todo el mundo desde cualquier lugar
pueda escribir algo que podrá ser leído inmediatamente por alguien en otro
lugar cualquiera. Los usuarios de estas tecnologías están perpetuamente
conectados en red. Pero, por mayor que sea el número de los usuarios de
las redes, no hay que perder de vista que no todo el mundo lo es. Los hay
que no quieren serlo, desde luego; tendrán sus motivos. Pero los hay que
no podrían serlo aunque quisieran por falta de medios. Cientos de millones
de personas en el mundo no tienen acceso todavía al agua corriente, a una
adecuada nutrición ni a la electricidad necesaria para alimentar los
aparatos tecnológicos que no pueden comprar y sus baterías.
La gente que no está en las redes también existe,
aunque pase desapercibida. Dicho esto, hay que reconocer que el impacto de las
redes sociales en estos primeros compases del tercer milenio ha sido
contundente. Han sido fundamentales en la expansión del descontento de grandes
masas sociales en el Magreb hasta resultar en la mencionada Primavera árabe.
Sin las redes, probablemente no se habrían podido coordinar las protestas ni
siquiera en una misma ciudad; mucho menos con el resto del país o entre
naciones alejadas entre sí. Pero el segundo paso debía darse en carne y hueso:
hacia falta salir a la calle, protestar, acampar, enfrentarse a las fuerzas de
seguridad del estado al servicio de los regímenes establecidos y persistir;
sobre todo persistir. Persistir en la actitud, eso es lo más difícil, porque
las necesidades vitales apremian, el dinero se acaba y sin él, como
lamentablemente sabemos muy bien, no hay posibilidad de subsistencia. La
Primavera árabe ha logrado parte de sus objetivos en algunos países como Libia,
Túnez y Egipto. No está tan claro que lo logre en Yemen y Siria, a pesar de la
presión internacional. Lo cual no significa que mañana se viva en los países
árabes que han logrado derrocar a sus tiranos como en Nueva Zelanda o España.
Eso ya no depende sólo de las redes sociales, sino de los complejos entramados
históricos, culturales y sociales que tiene cada nación y que la identifican
como tal. Además, igual que es falso que no se puedan poner puertas al campo,
por más difícil y costoso que sea (verbigracia, el compacto muro levantado por
Israel en Cisjordania o el más permeable de EEUU en la frontera con México),
también lo es que Internet sea el territorio de la libertad sin cortapisas.
Véase su situación en China o en Cuba, sin ir más allá de la letra 'c'. De
todos modos, el reino de la libertad absoluta no es de este mundo; ni siquiera
del universo virtual de Internet.
- Crisis económica: La crisis económica en que
estamos sumidos, aunque pueda llegar a convertirse en global, todavía
dista mucho de serlo. El desigual impacto de la crisis en el mundo ha
repercutido de manera diferente en cada continente y en cada nación. Por
ese motivo, las protestas de los indignados no han sido globales sino
particulares, por más que se hayan extendido a un gran número de ciudades,
las más cosmopolitas de cada estado. En los países emergentes, por
ejemplo, que ven cómo sus indicadores macroeconómicos se disparan, las
protestas han sido escasas o nulas. Y las que ha habido, se han debido
quizá más a las desigualdades internas en cada uno de esos países que al
toque a rebato en las redes. Todo el mundo aspira a vivir mejor de lo que
vive, y su modelo a imitar o intentar conseguir es lo cercano, lo
conocido. También, claro está, lo que se ve por televisión, en el cine o a
través de Internet; pero no en la misma medida.
Envidiamos mucho más el mercedes que se ha comprado
efectivamente nuestro vecino que poder desplazarnos por España en el tren bala
japonés o tener el nivel de visa noruego (y así, de paso, nos ahorramos los
impuestos que los escandinavos pagan religiosamente). ¿Entre qué grupo de
población tiene más eco la llamada? Entre los jóvenes, sin duda. ¿Por qué?
Porque sufren como ningún otro grupo demográfico sus efectos. El paro juvenil
alcanza cotas inauditas, lo cual prefigura la primera generación que vivirá peor
que la de sus padres desde al menos el final de la II Guerra Mundial. Y si eso
es cierto para Occidente en general, donde más se acusa es precisamente en
nuestro país, España, el paradigma universal de ineficiencia tanto para generar
como para mantener empleo. Las cifras españolas de desempleo son insostenibles;
de hecho, son incomprensibles si no se echa mano de la economía sumergida para
explicarlas. Pero vamos a dejar eso para los que entienden, que son los
economistas. Se los critica mucho porque no dan una a la hora de resolver los
acuciantes problemas que nos embargan; sin embargo, de entre sus filas han
salido los mejores análisis de la situación así como los mejores consejos para
resolverla. Otra cosa es que quien tiene el poder les haga caso. Y quien tiene
el poder son los políticos, excepto en algunos casos puntuales como el de Monti
en Italia. La crisis económica, pues, hermana a los hombres y mujeres de todos
aquellos lugares donde se sufre, y muy especialmente a los jóvenes.
Una vez analizados estos tres conceptos con un cierto
detenimiento, vamos a considerar en qué medida han repercutido en la mentalidad
y las acciones que han emprendido los indignados durante el tiempo que ha
durado su empuje. Las redes sociales coadyuvan a la globalización porque
permiten el intercambio directo de información entre personas que de otro modo
difícilmente tendría ningún tipo de relación. Pero mucho antes de su
existencia, la gente bebía Coca-Cola por doquier y se pirraba por fumar Winston
o Marlboro imitando hasta en la pose a sus ídolos cinematográficos. El
Rock-and-roll se bailó en todo el orbe poco después de que lo pusieran en
circulación Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Haley y Jerry Lee Lewis en los
EEUU. Progres de variopinto pelaje llevábamos camisas de cuello mao y remedos de guayabera emulando con largas
y descuidadas barbas a los revolucionarios de Sierra Maestra. Unos siglos
atrás, las cortesanas de Versalles dictaban la moda al resto de palaciegas
europeas y las patricias romanas marcaran la tendencia cada temporada a las
mujeres del imperio entero. Y, antes aún, los abalorios babilonios remontaban
la Península Ibérica siguiendo la Ruta de la Plata hasta las islas hoy llamadas
británicas, al igual que las telas chinas y otros muchos bienes de consumo
hacían escala en Samarcanda en su camino hacia los consumidores occidentales
por la Ruta de la Seda. Y con los bienes, también viajaban personas, palabras e
ideas. Dentro de las posibilidades y limitaciones que cada época histórica
establecía, la globalización de la economía ha sido desde siempre la norma o
por lo menos el desiderátum de las civilizaciones dominantes.
Entonces, ¿cuál ha sido la
flamante aportación de Internet? Pues nada menos que la inmediatez en el
tráfico de una información que, a diferencia de la de los medios de
comunicación tradicionales, es multifocal hasta el extremo. En los medios
clásicos de comunicación de masas, como la prensa escrita, la radio y la
televisión, hay un emisor (en realidad, varios; pero no muchos) que son las
empresas de difusión, agrupadas además en grandes grupos de comunicación que
están en manos de unos pocos magnates en todo el mundo. Hearts, Murdoch,
Berlusconi, De Polanco son algunos ejemplos de esos magnates de la comunicación
que controlan la difusión de la información en todo el planeta. Una ojeada a lo
que publican diversos de esos medios nos permite observar que los temas
tratados en ellos son sospechosamente homogéneos y sus puntos de vista también
son sospechosamente ajustados a los intereses de las corporaciones que los
emiten. La libertad de expresión se suele controlar a sí misma mejor de lo que
lo harían los censores del sistema político si los hubiera. En cambio, resulta
mucho más difícil controlar las redes sociales con sus mil y un polos de
emisión y recepción de información. Sólo se pueden interceptar cortando el
flujo, lo que en verdad resulta poco práctico además de dejar en evidencia al
poder. Y sólo las desacomplejadas dictaduras todavía existentes están
dispuestas a pagar ese precio. La información, pues, corre libremente por el
espacio radioeléctrico; y con ella, ideas brillantes, propuestas audaces, pasatiempos
divertidos y toneladas de megabytes empaquetando trivialidades; queda aún una
buena porción de espacio libre para transportar la difamación, el chismorreo y
la inmundicia. La vida digital imita a la real, ¿qué podíamos esperar? Sólo que
los efectos, tanto de lo bueno como de lo malo, son elevados a la enésima
potencia por la velocidad en la transmisión de datos y la amplitud de su
difusión.
Utilizando profusamente esos
medios, los indignados se han hecho oír a lo largo y ancho del planeta. La
razón los asiste, qué duda cabe: el mundo que entre todos hemos construido es
injusto, la riqueza fluye pero solo recala en algunas manos, hay comida
suficiente para alimentar todas las bocas pero, sin embargo, siguen existiendo
hambrunas periódicas en muchos lugares de la Tierra. Un vistazo a los grandes
números que nos suministran los organismos oficiales de las Naciones Unidas o
las ONG nos pone ante la evidencia de que la desigualdad en el reparto de los
bienes es flagrante, siendo como es, para más inri, soluble. Incluso en el
interior de los países más ricos hay tremendas desigualdades, como la que
afecta a los jóvenes españoles sobradamente preparados (y pre parados)
que buscan infructuosamente su primer empleo en medio del erial laboral que ha
dejado la crisis. Tienen razón, así es. Pero, ¿qué harían ellos si lograran
incorporarse al sistema que tan duramente critican? ¿Intentarían transformarlo
para hacerlo más justo? ¿O más bien verían metamorfosear su inconformismo en
resignación y docilidad, como ya hicieron sus mayores generaciones atrás (la
del Mayo del 68, por ejemplo)? Es propio de la condición humana adaptarse a las
circunstancias con una rapidez que nunca deja de sorprender. Cuando las
circunstancias cambian, lo hace también la mentalidad. Arriba se torna abajo y
abajo, arriba con una facilidad asombrosa; y donde dije digo, digo Diego, que
errar es humano y corregir a tiempo, propio de sabios. Me temo que si muchos de
los que han estado o están indignados lograran acceder al engranaje del empleo
y se ubicaran en la parte del tejido social que les corresponde según su
filiación socioeconómica, dejarían de estarlo. Nadie soporta la indignación,
que es un estado de ánimo muy intenso y pasajero por definición, más tiempo del
estrictamente imprescindible.
Lo dijo estos días pasados el
filósofo francés Edgar
Morin en Madrid: "los indignados denuncian porque no pueden enunciar".
Después del pataleo contra lo que hay, queda lo más difícil: se tiene que
proponer una alternativa, lo que debería haber. Pero eso exige salirse del
paradigma social en el que todos estamos metidos y en el que tomamos parte más
o menos gustosamente, cosa desde luego harto difícil y terriblemente arriesgada.
Yo añadiría al juego de palabras de Morin, si el eminente pensador galo me lo permite,
que así como no pueden enunciar, los indignados tampoco pueden (ni
quieren) renunciar a lo que creen tener derecho, que es nada menos que al
nivel de vida que ha disfrutado la generación de sus padres. Una vida burguesa
o pequeño burguesa basada en una buena formación (eso, lo tiene la generación
de los hijos incluso mejorado), un buen empleo y estable (¡ay!, parece que esta
especie ha sido declarada en vías de extinción), una familia tipo (allá cada
uno con lo que entienda por 'familia'; y por 'tipo'), propiedades (en este
punto no parece que haya controversias: la idea de propiedad privada la
llevamos marcada en el pellejo con un hierro candente) y, por fin, tiempo y
dinero para el ocio. ¿O no consiste en eso precisamente una buena vida? ¿Y no
es la buena vida sinónimo de felicidad? El problema que ha puesto en evidencia la airada protesta de los indignados radica
más bien ─creo yo─ en la toma de conciencia de no tener nosotros cabida en las balsas, y no tanto en denunciar la
injusticia de un sistema que no permite construir balsas para todos. Sólo nos
hemos indignado cuando finalmente también nosotros nos hemos convertido
en náufragos; pero no lo hicimos cuando los damnificados eran otros muchos
seres humanos, incluso en abrumadoras cifras de siete dígitos. ¿Tiene esto
solución? ¡Ojalá sea así! Pensemos. Y, después de haber pensado lo suficiente,
actuemos sin dilación.
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