dissabte, 17 de març del 2012

Y DESPUÉS DE LA INDIGNACIÓN, ¿QUÉ?


Hace algo más de un año, Stephan Hessel, un intelectual nonagenario francés con una larga y densa trayectoria de luchador por la paz y la libertad, que fue incluso recluido en Buchenwald por los nazis y participó como secretario en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, publicó un panfleto de titulo imperativo ─¡Indignaos!─ que se convertiría en seguida en un fetiche para los jóvenes y no tan jóvenes protagonistas de las manifestaciones y acampadas en las céntricas plazas de diversas ciudades. Esas iniciativas sociales, serían luego bautizadas con los nombres de "Primavera árabe", el "15-M" y, en general, el movimiento mundial de "Los indignados". Por más que no se tratara de una obra académica con peso específico ─o quizá precisamente por ello─, tuvo una apoteósica acogida entre los participantes en las protestas. Pronto se cumplirá un año del 15 de mayo de 2011 (15-M), fecha fundacional del movimiento en España con el asentamiento de un campamento en la madrileña Plaza del Sol. ¿Qué queda hoy de todo aquello?
Desde el punto de vista de la filosofía social, el movimiento que en España llamamos 15-M es muy interesante. Huelga decir que ha pasado aún poco tiempo para que la reflexión que pueda hacerse sobre él esté libre del natural apasionamiento ideológico y mediático. Los mismos protagonistas que llenaron las calles y acamparon en las plazas verán las cosas de manera muy distinta cuando hayan transcurrido unos años. Los periodistas cubrieron los acontecimientos en vivo sobre el terreno, con toda la riqueza de matices, colorido, disensiones, entusiasmos y contradicciones que eso supone. La riqueza propia del entusiasmo inicial suele ser atropellada y arruinada por su misma vitalidad y variedad. La revolución devora a sus hijos. La economía política, la sociología y la psicología social, en cambio, tardaron un poco más en sacar conclusiones de los hechos que se iban desarrollando. Sin embargo, al cabo de pocas semanas, fueron publicándose artículos de opinión que iban más lejos de la simple consideración periodística de lo que ocurría e intentaban explicarlo como uno de los efectos colaterales de los profundos cambios sociales que la globalización, la eclosión de las redes sociales y la crisis económica han causado en el mundo actual. Vayamos por partes y echemos un vistazo a estos tres conceptos:
  1. Globalización: La globalización del mundo no se inicia con la acuñación del término por Marshall McLuhan en los años sesenta, con su feliz definición de los pueblos del planeta Tierra como "la aldea global". De algún modo, la globalización ha existido en diversas etapas de la historia y en lugares alejados geográficamente desde la más remota antigüedad. Mesopotamia, Egipto, China, Persia, los incas y los aztecas erigieron imperios que fagocitaron a los pueblos limítrofes imponiéndoles su idioma como lengua franca, su legislación y sus usos y costumbres. Quizá para la humanidad en general (pero, por si acaso y para ser prudentes, digamos que al menos por lo que respecta a Occidente), el Imperio romano represente el modelo de imperio por antonomasia, siendo tal vez Alejandro Magno su precursor más insigne aunque efímero. Cuando Alejandro emprendió sus conquistas en África y Asia, recorriendo más de 23.000 km al frente de un abigarrado ejército en tan sólo 11 años, lo hizo para construir un imperio macedonio con el idioma y las características culturales griegas que Aristóteles le había inoculado. De hecho, se conoce como periodo helenístico la etapa de la historia de tres siglos de duración que empieza con la muerte de Alejandro y recoge su herencia política hasta la eclosión del Imperio romano. Pero fue Roma la que de manera más dilatada en el tiempo pudo realizar el sueño del visionario Alejandro. Los romanos construyeron un estado, jurídicamente modélico, que administraba unos vastísimos territorios perfectamente comunicados entre sí y con la capital ("todos los caminos llevan a Roma") y extendieron la romanización a todo el mundo conocido... por ellos.
Los límites del Imperio eran los límites del mundo civilizado. Más allá del limes, sólo había bárbaros. Tanto para los macedonios como para los romanos, la globalización consistió en la extensión de su civilización a los pueblos y reinos vecinos, incluso más allá de los inmediatamente vecinos. Aun hoy sorprende el tamaño de los territorios romanizados antes de la invención de las telecomunicaciones. La historia habría de alumbrar todavía otros imperios, entre los que destacan el español de los siglos XVI a XVIII y el británico, que llegó a su zénit en el victoriano siglo XIX y perduró hasta las Guerras mundiales del XX. Sin embargo, lo que aquí me interesa destacar es que la voluntad de globalización existe desde tiempos inmemoriales y siempre ha consistido en la expansión geográfica y cultural de una civilización allende sus fronteras. El progreso tecnológico, aplicado a los medios de transporte y a las comunicaciones, la han facilitado y ampliado con el tiempo hasta reducir el globo terráqueo a dimensiones domésticas. Las telecomunicaciones, por fin, convirtieron el mundo en un microchip, superando incluso lo que anticipara el genio visionario de McLuhan antes del advenimiento de la era de Internet. Hoy, la hegemonía en el mundo no la tiene exactamente ningún estado, a pesar de la preeminencia económica y militar de los EEUU, sino ese conglomerado surgido de la sinergia entre Grecia, Roma y el cristianismo de raíz judía ─y desarrollado en Europa durante más de dos milenios con toda suerte de aderezos y adstratos─ que llamamos "Civilización occidental o europea".
  1. Redes sociales: Los más rutilantes y últimos (por el momento) hijos de Internet son Facebook y Twitter. Han desbancado al correo electrónico, a los chats de Messenger y a la mensajería instantánea de BlackBerry en el vertiginoso altar de las preferencias tecnológicas de los fieles. Con los móviles inteligentes de última generación y las ultraligeras tabletas siempre a cuestas, la ubicua y ubérrima conectividad vía satélite permite que todo el mundo desde cualquier lugar pueda escribir algo que podrá ser leído inmediatamente por alguien en otro lugar cualquiera. Los usuarios de estas tecnologías están perpetuamente conectados en red. Pero, por mayor que sea el número de los usuarios de las redes, no hay que perder de vista que no todo el mundo lo es. Los hay que no quieren serlo, desde luego; tendrán sus motivos. Pero los hay que no podrían serlo aunque quisieran por falta de medios. Cientos de millones de personas en el mundo no tienen acceso todavía al agua corriente, a una adecuada nutrición ni a la electricidad necesaria para alimentar los aparatos tecnológicos que no pueden comprar y sus baterías.
La gente que no está en las redes también existe, aunque pase desapercibida. Dicho esto, hay que reconocer que el impacto de las redes sociales en estos primeros compases del tercer milenio ha sido contundente. Han sido fundamentales en la expansión del descontento de grandes masas sociales en el Magreb hasta resultar en la mencionada Primavera árabe. Sin las redes, probablemente no se habrían podido coordinar las protestas ni siquiera en una misma ciudad; mucho menos con el resto del país o entre naciones alejadas entre sí. Pero el segundo paso debía darse en carne y hueso: hacia falta salir a la calle, protestar, acampar, enfrentarse a las fuerzas de seguridad del estado al servicio de los regímenes establecidos y persistir; sobre todo persistir. Persistir en la actitud, eso es lo más difícil, porque las necesidades vitales apremian, el dinero se acaba y sin él, como lamentablemente sabemos muy bien, no hay posibilidad de subsistencia. La Primavera árabe ha logrado parte de sus objetivos en algunos países como Libia, Túnez y Egipto. No está tan claro que lo logre en Yemen y Siria, a pesar de la presión internacional. Lo cual no significa que mañana se viva en los países árabes que han logrado derrocar a sus tiranos como en Nueva Zelanda o España. Eso ya no depende sólo de las redes sociales, sino de los complejos entramados históricos, culturales y sociales que tiene cada nación y que la identifican como tal. Además, igual que es falso que no se puedan poner puertas al campo, por más difícil y costoso que sea (verbigracia, el compacto muro levantado por Israel en Cisjordania o el más permeable de EEUU en la frontera con México), también lo es que Internet sea el territorio de la libertad sin cortapisas. Véase su situación en China o en Cuba, sin ir más allá de la letra 'c'. De todos modos, el reino de la libertad absoluta no es de este mundo; ni siquiera del universo virtual de Internet.
  1. Crisis económica: La crisis económica en que estamos sumidos, aunque pueda llegar a convertirse en global, todavía dista mucho de serlo. El desigual impacto de la crisis en el mundo ha repercutido de manera diferente en cada continente y en cada nación. Por ese motivo, las protestas de los indignados no han sido globales sino particulares, por más que se hayan extendido a un gran número de ciudades, las más cosmopolitas de cada estado. En los países emergentes, por ejemplo, que ven cómo sus indicadores macroeconómicos se disparan, las protestas han sido escasas o nulas. Y las que ha habido, se han debido quizá más a las desigualdades internas en cada uno de esos países que al toque a rebato en las redes. Todo el mundo aspira a vivir mejor de lo que vive, y su modelo a imitar o intentar conseguir es lo cercano, lo conocido. También, claro está, lo que se ve por televisión, en el cine o a través de Internet; pero no en la misma medida.
Envidiamos mucho más el mercedes que se ha comprado efectivamente nuestro vecino que poder desplazarnos por España en el tren bala japonés o tener el nivel de visa noruego (y así, de paso, nos ahorramos los impuestos que los escandinavos pagan religiosamente). ¿Entre qué grupo de población tiene más eco la llamada? Entre los jóvenes, sin duda. ¿Por qué? Porque sufren como ningún otro grupo demográfico sus efectos. El paro juvenil alcanza cotas inauditas, lo cual prefigura la primera generación que vivirá peor que la de sus padres desde al menos el final de la II Guerra Mundial. Y si eso es cierto para Occidente en general, donde más se acusa es precisamente en nuestro país, España, el paradigma universal de ineficiencia tanto para generar como para mantener empleo. Las cifras españolas de desempleo son insostenibles; de hecho, son incomprensibles si no se echa mano de la economía sumergida para explicarlas. Pero vamos a dejar eso para los que entienden, que son los economistas. Se los critica mucho porque no dan una a la hora de resolver los acuciantes problemas que nos embargan; sin embargo, de entre sus filas han salido los mejores análisis de la situación así como los mejores consejos para resolverla. Otra cosa es que quien tiene el poder les haga caso. Y quien tiene el poder son los políticos, excepto en algunos casos puntuales como el de Monti en Italia. La crisis económica, pues, hermana a los hombres y mujeres de todos aquellos lugares donde se sufre, y muy especialmente a los jóvenes.
Una vez analizados estos tres conceptos con un cierto detenimiento, vamos a considerar en qué medida han repercutido en la mentalidad y las acciones que han emprendido los indignados durante el tiempo que ha durado su empuje. Las redes sociales coadyuvan a la globalización porque permiten el intercambio directo de información entre personas que de otro modo difícilmente tendría ningún tipo de relación. Pero mucho antes de su existencia, la gente bebía Coca-Cola por doquier y se pirraba por fumar Winston o Marlboro imitando hasta en la pose a sus ídolos cinematográficos. El Rock-and-roll se bailó en todo el orbe poco después de que lo pusieran en circulación Elvis Presley, Chuck Berry, Bill Haley y Jerry Lee Lewis en los EEUU. Progres de variopinto pelaje llevábamos camisas de cuello mao y remedos de guayabera emulando con largas y descuidadas barbas a los revolucionarios de Sierra Maestra. Unos siglos atrás, las cortesanas de Versalles dictaban la moda al resto de palaciegas europeas y las patricias romanas marcaran la tendencia cada temporada a las mujeres del imperio entero. Y, antes aún, los abalorios babilonios remontaban la Península Ibérica siguiendo la Ruta de la Plata hasta las islas hoy llamadas británicas, al igual que las telas chinas y otros muchos bienes de consumo hacían escala en Samarcanda en su camino hacia los consumidores occidentales por la Ruta de la Seda. Y con los bienes, también viajaban personas, palabras e ideas. Dentro de las posibilidades y limitaciones que cada época histórica establecía, la globalización de la economía ha sido desde siempre la norma o por lo menos el desiderátum de las civilizaciones dominantes.
Entonces, ¿cuál ha sido la flamante aportación de Internet? Pues nada menos que la inmediatez en el tráfico de una información que, a diferencia de la de los medios de comunicación tradicionales, es multifocal hasta el extremo. En los medios clásicos de comunicación de masas, como la prensa escrita, la radio y la televisión, hay un emisor (en realidad, varios; pero no muchos) que son las empresas de difusión, agrupadas además en grandes grupos de comunicación que están en manos de unos pocos magnates en todo el mundo. Hearts, Murdoch, Berlusconi, De Polanco son algunos ejemplos de esos magnates de la comunicación que controlan la difusión de la información en todo el planeta. Una ojeada a lo que publican diversos de esos medios nos permite observar que los temas tratados en ellos son sospechosamente homogéneos y sus puntos de vista también son sospechosamente ajustados a los intereses de las corporaciones que los emiten. La libertad de expresión se suele controlar a sí misma mejor de lo que lo harían los censores del sistema político si los hubiera. En cambio, resulta mucho más difícil controlar las redes sociales con sus mil y un polos de emisión y recepción de información. Sólo se pueden interceptar cortando el flujo, lo que en verdad resulta poco práctico además de dejar en evidencia al poder. Y sólo las desacomplejadas dictaduras todavía existentes están dispuestas a pagar ese precio. La información, pues, corre libremente por el espacio radioeléctrico; y con ella, ideas brillantes, propuestas audaces, pasatiempos divertidos y toneladas de megabytes empaquetando trivialidades; queda aún una buena porción de espacio libre para transportar la difamación, el chismorreo y la inmundicia. La vida digital imita a la real, ¿qué podíamos esperar? Sólo que los efectos, tanto de lo bueno como de lo malo, son elevados a la enésima potencia por la velocidad en la transmisión de datos y la amplitud de su difusión.
Utilizando profusamente esos medios, los indignados se han hecho oír a lo largo y ancho del planeta. La razón los asiste, qué duda cabe: el mundo que entre todos hemos construido es injusto, la riqueza fluye pero solo recala en algunas manos, hay comida suficiente para alimentar todas las bocas pero, sin embargo, siguen existiendo hambrunas periódicas en muchos lugares de la Tierra. Un vistazo a los grandes números que nos suministran los organismos oficiales de las Naciones Unidas o las ONG nos pone ante la evidencia de que la desigualdad en el reparto de los bienes es flagrante, siendo como es, para más inri, soluble. Incluso en el interior de los países más ricos hay tremendas desigualdades, como la que afecta a los jóvenes españoles sobradamente preparados (y pre parados) que buscan infructuosamente su primer empleo en medio del erial laboral que ha dejado la crisis. Tienen razón, así es. Pero, ¿qué harían ellos si lograran incorporarse al sistema que tan duramente critican? ¿Intentarían transformarlo para hacerlo más justo? ¿O más bien verían metamorfosear su inconformismo en resignación y docilidad, como ya hicieron sus mayores generaciones atrás (la del Mayo del 68, por ejemplo)? Es propio de la condición humana adaptarse a las circunstancias con una rapidez que nunca deja de sorprender. Cuando las circunstancias cambian, lo hace también la mentalidad. Arriba se torna abajo y abajo, arriba con una facilidad asombrosa; y donde dije digo, digo Diego, que errar es humano y corregir a tiempo, propio de sabios. Me temo que si muchos de los que han estado o están indignados lograran acceder al engranaje del empleo y se ubicaran en la parte del tejido social que les corresponde según su filiación socioeconómica, dejarían de estarlo. Nadie soporta la indignación, que es un estado de ánimo muy intenso y pasajero por definición, más tiempo del estrictamente imprescindible.
Lo dijo estos días pasados el filósofo francés Edgar Morin en Madrid: "los indignados denuncian porque no pueden enunciar". Después del pataleo contra lo que hay, queda lo más difícil: se tiene que proponer una alternativa, lo que debería haber. Pero eso exige salirse del paradigma social en el que todos estamos metidos y en el que tomamos parte más o menos gustosamente, cosa desde luego harto difícil y terriblemente arriesgada. Yo añadiría al juego de palabras de Morin, si el eminente pensador galo me lo permite, que así como no pueden enunciar, los indignados tampoco pueden (ni quieren) renunciar a lo que creen tener derecho, que es nada menos que al nivel de vida que ha disfrutado la generación de sus padres. Una vida burguesa o pequeño burguesa basada en una buena formación (eso, lo tiene la generación de los hijos incluso mejorado), un buen empleo y estable (¡ay!, parece que esta especie ha sido declarada en vías de extinción), una familia tipo (allá cada uno con lo que entienda por 'familia'; y por 'tipo'), propiedades (en este punto no parece que haya controversias: la idea de propiedad privada la llevamos marcada en el pellejo con un hierro candente) y, por fin, tiempo y dinero para el ocio. ¿O no consiste en eso precisamente una buena vida? ¿Y no es la buena vida sinónimo de felicidad? El problema que ha puesto en evidencia la airada protesta de los indignados radica más bien ─creo yo─ en la toma de conciencia de no tener nosotros cabida en las balsas, y no tanto en denunciar la injusticia de un sistema que no permite construir balsas para todos. Sólo nos hemos indignado cuando finalmente también nosotros nos hemos convertido en náufragos; pero no lo hicimos cuando los damnificados eran otros muchos seres humanos, incluso en abrumadoras cifras de siete dígitos. ¿Tiene esto solución? ¡Ojalá sea así! Pensemos. Y, después de haber pensado lo suficiente, actuemos sin dilación.



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