dimecres, 17 de juliol del 2013

'HANNAH ARENDT', un biopic

Título: Hannah Arendt
Directora: Margarethe von Trotta
Nacionalidad de la producción: Alemana
Año: 2012
Duración: 113 min

He visto con placer la película biográfica filmada por Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt (1906-1975), una de las intelectuales más destacadas del siglo XX. Su condición de judía alemana y la época que le tocó vivir hicieron que experimentase en primera persona los turbulentos acontecimientos desencadenados por el nazismo en los años treinta. Fue discípula y amante del eximio filósofo Martin Heidegger, una intensa relación que marcó su pensamiento en teoría política ─nunca renegó de su maestro, a pesar de que Heidegger tuvo algo más que un coqueteo con el nazismo y jamás se retractó públicamente de ello─ y su vida sentimental ─aunque luego se casara dos veces y tuviera un feliz segundo matrimonio con Heinrich Blücher. Tras el triunfo electoral del Partido Nacionalsocialista y el encono del antisemitismo rampante, huyó a Francia desde donde viajó, ya en plena II Guerra Mundial, a los EEUU. Allí se naturalizó y enseñó en varias prestigiosas universidades hasta su muerte.
Escribió obras de filosofía política de gran trascendencia. Hay que destacar en especial Los orígenes del totalitarismo (1951), donde sitúa en el mismo plano dos modelos de estado totalitario que muchos consideraban en ese momento contrapuestos: el nazismo y el comunismo; también La condición humana (1958), un profundo análisis de la esencia social de la humanidad. Publicó asimismo Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal (1963), desarrollada a partir de los materiales obtenidos de su cobertura del juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén.
El biopic de Magarethe von Trotta, protagonizado por una excelsa Barbara Sukowa en el papel de Hannah Arendt, trata precisamente de ese crucial episodio en la vida de nuestra intelectual. Eichmann se había refugiado en Argentina tras huir de la Alemania derrotada (muchos oficiales nazis hallaron plácido retiro y refugio cómplice en diversos países de América), pero había sido capturado y trasladado a Israel por agentes del Mosad en 1960. Al año siguiente, cuando se supo que el criminal de guerra iba a ser juzgado por un tribunal en Jerusalén, Arendt se ofreció al periódico The New Yorker para cubrir el acontecimiento como periodista. Que una eminente y reputada filósofa se postulara para ejercer de corresponsal no era una ocasión que un periódico que se preciara pudiera desaprovechar y, en buena lógica, fue contratada.
Una vez en Jerusalén, Hannah Arendt se reencuentra con viejos amigos de su juventud en Alemania y asiste a las sesiones del juicio. Cuando escucha hablar a Eichmann y a algunos testigos de cargo judíos que sobrevivieron al holocausto, Arendt tiene dos revelaciones que habrían de focalizar su informe: la banalidad del mal y la colaboración necesaria de las organizaciones judías europeas para que la ‘solución final’ fuese tan efectiva. En efecto, del discurso burocrático del probo empleado Eichmann ─un sujeto gris, de carácter anodino y vulgar en su servilismo─, quien se encargaba de organizar eficazmente los transportes de judíos de buena parte de Europa a los campos de la muerte, infiere Arendt lo que debió ser el distintivo de tantos y tantos mamporreros del nazismo. Eran funcionarios del régimen que ejecutaban las más bárbaras órdenes de sus superiores con obediencia y diligencia, esto es: sin pensar. Sin pensar en si lo que estaban haciendo estaba bien o estaba mal, si era cruel o hasta inhumano; si les hacía, en fin, responsables o no de la suerte de aquellos a los que conscientemente enviaban a los campos de exterminio. Eran piezas esenciales para el funcionamiento de la monstruosa maquinaria nazi, aunque luego pretendieran escudarse en la cadena de mando para eximirse de cualquier responsabilidad.
¿Cuántos miles de disciplinados Adolf Eichmann hicieron falta, en cargos de mayor o menor responsabilidad, para llevar a cabo la localización, detención, transporte y exterminio de seis millones de personas como si de un eficiente procedimiento industrial se tratara? ¿Cuántas decenas de miles de cómplices ─no exclusivamente alemanes─ hubo de tener la operación de delación y liquidación de los judíos a escala europea? ¿No tuvo algo o mucho que ver con esa macabra eficacia la entrega de los listados que contenían los nombres de los miembros de las comunidades a las autoridades nazis por parte de los propios responsables de las sinagogas y las congregaciones judías? ¿Qué esperaban obtener a cambio los colaboracionistas judíos? ¿Quizá salvar sus propias vidas?
Estos punzantes interrogantes se clavan en la mente de Hannah Arendt mientras presencia el proceso contra Eichmann (creo que fue un acierto de la directora haber insertado imágenes reales del juicio durante el montaje de la película). La responsabilidad en las atroces matanzas no fue sólo de los máximos líderes e ideólogos nazis como Hitler, Goebbels y Himmler; también los fríos ejecutores que estaban al mando de la organización de los transportes y de los campos de concentración y exterminio tuvieron gran importancia en el éxito de la operación de aniquilación conocida por el significativo nombre de ‘solución final’. Sólo que, a diferencia de sus jefes, estas meras ruedas dentadas de la vil maquinaria asesina creían firmemente estar sólo cumpliendo órdenes. Con esmero, por supuesto, porque ellos eran eficaces y abnegados profesionales.
Ahora bien, que Eichmann actuara sin pensar no lo convierte en irresponsable a los ojos de Arendt, y aún menos en inocente. Contra lo que entendieron muchos al leer su informe, Eichmann es para Hannah Arendt un criminal sin ningún género de dudas. La filósofa metida a reportera sólo pretende llamar la atención sobre el hecho de que el mal suele ser a menudo el simple producto de la colaboración entusiasta, del silencio cómplice o de la inacción ante la injusticia cometida que la consecuencia de malas ideas bien meditadas o de una mala voluntad. A menudo, los motores del mal son factores tan humanos como el miedo a perder algo preciado ─la vida, quizá─, la esperanza de sacar tajada de la desgracia de otros o el cosquilleo de sentir que se forma parte de un poder que se ejerce contra otros. El instinto de supervivencia a toda costa, la envidia malsana y la ambición desmedida pueden causar grandes males. Por eso dice Arendt que el mal es banal. ‘La banalidad del mal’ es la fórmula que expresa cómo el mal no surge tanto de grandes construcciones teóricas como de los deseos y pasiones más ordinarios de la condición humana. Los mismos motivos patéticamente egoístas que exhibió Eichmann en los interrogatorios fueron los que impulsaron a algunos líderes de las comunidades judías askenazíes a colaborar con los jerarcas nazis. Eso es lo que salió a la luz en el juicio de Eichmann en Jerusalén, para desolación de muchos de los supervivientes.
Arendt ató cabos, interpretó filosóficamente la cuestión y elaboró un brillante informe que fue publicado por entregas en The New Yorker. Las reacciones no se hicieron esperar. Las primeras, provenientes de los propios judíos norteamericanos, fueron furibundas. Se consideraban traicionados por la filósofa judía ─al fin y al cabo, una de los suyos─ a quien reprochaban disculpar a Eichmann al tiempo que acusaba a los líderes judíos europeos de haber contribuido al holocausto. Por más que Arendt intentó aclarar racionalmente su posición, algunos antiguos buenos amigos le retiraron la palabra y su bien labrado prestigio académico se vio mancillado. No importaba que sus argumentos fueran sólidos, que se atuviera a los hechos probados en el juicio y a las declaraciones habidas ante el tribunal; tampoco importaba que la honestidad intelectual de Arendt estuviera fuera de toda duda. Cuando se tocan los sentimientos, la razón encoge.
Lo cierto es que Arendt actuó como una auténtica filósofa. Ella persiguió la verdad como un detective persigue al criminal. Y persiguiendo la verdad se topó con algunas sorpresas, como que el mal es a menudo banal (por eso cualquiera puede obrarlo: su vecino, su hijo, usted misma. ¿Hace falta rememorar lo que ocurre en cualquier guerra civil?); y también que algunas víctimas se prestan a colaborar con los victimarios a la espera de obtener algún beneficio a cambio (es bien sabido quién se ocupaba de mantener el orden en los barracones de los campos de concentración).

La tarea del intelectual es ser honesto con la verdad ─o, por lo menos, con lo que cree honestamente que es la verdad─ y construir sólidos argumentos que sostengan su punto de vista. Es frecuente que eso disguste a alguien y, si ese alguien es poderoso, puede que tome represalias contra el causante del disgusto. Así se pierden amigos, empleos, estatus social y, en casos extremos o situaciones históricas propicias, puede que incluso la vida. En este sentido, un intelectual honrado es a menudo un héroe; y Hannah Arendt era sin duda una intelectual honrada.

diumenge, 9 de juny del 2013

La implacable extinción de la Filosofía en secundaria

La filósofa Amelia Valcárcel publicó el viernes 7 de junio un bello, sentido y razonado artículo en el diario El País titulado Descartes: poner el mundo en pie. Se trata de un sin duda loable intento de llamar la atención, una vez más, de las autoridades educativas de uno u otro signo político sobre la importancia de la presencia de la Filosofía en las enseñanzas medias. A mí me parece que, por desgracia, y aunque los primeros espadas de la filosofía en la universidad rompan lanzas en favor de la pervivencia de las materias del área de Filosofía en los currículos de la ESO y el bachillerato, se trata de una batalla perdida de antemano. Hace ya muchos años que existe la idea, entre nuestra clase dirigente, que la filosofía no es más que un inane adorno cultural quizá útil para el deleite de unos pocos, pero perfectamente irrelevante en la vida económica y social. Los saberes filosóficos no son necesarios para nada y hay que dejar cuantas más horas disponibles, mejor, para aquellos conocimientos que sí van a ser útiles en la vida adulta de los estudiantes. No voy a discutir ahora esa idea, bastante lo he hecho ya tanto en las aulas como en mis escritos.
Lo cierto es que si las vacas sagradas de nuestra filosofía patria no logran hacerse escuchar por los poderosos, ¿qué se puede esperar de los miembros del gremio de los enseñantes en secundaria y formadores?; o de los nuevos opinadores online, los blogueros, tan tenaces, disciplinados y regulares  como escasamente influyentes con sus reflexiones y desvaríos ─salvo unos pocos, aunque a menudo por razones que poco o nada tienen que ver con la calidad y riqueza de sus aportaciones.
Desde que entró en vigor la LOGSE, he visto decrecer sin pausa la presencia en horas y la influencia en términos absolutos de la Filosofía en el plan de estudios de bachillerato. Nada ni nadie ha conseguido revertir la regresión. La Ley Wert es una piedra más sobre la tumba de la que un día fuera la madre de todos los saberes racionales. Sin embargo, es cierto que su sangre fluye por las venas de sus hijos, las ciencias. O los genes de la madre, si así se prefiere, informan las células de sus vástagos. Y no sólo eso sino que, como bien nos recuerda Valcárcel, la estructura de nuestra ideología o cosmovisión está armada con los pensamientos de los grandes filósofos, desde Platón hasta Rawls ─aunque pocos sean conscientes de ello.
La cuestión de fondo no es tanto si habrá en el futuro próximo un espacio para la materia Filosofía en los horarios, sino si puede practicarse debidamente la reflexión filosófica ante cualquier objeto (ya sea la física, la economía, la historia, la genética, la matemática...) sin contar con los especialistas en la materia. A tenor de mi experiencia, estoy persuadido de que no. Sin embargo, no hay cuidado: la Tierra seguirá su danza giróvaga por el espacio sideral y España su rumbo incierto entre el (des)concierto de las naciones.
Para este viaje, que nos permitió asomarnos por un tiempo al espejismo del club de los países más ricos y cultos que el nuestro, ¿hacían falta alforjas? Sea como fuere, lean el artículo de Amelia Valcárcel. Vale la pena.

diumenge, 30 de desembre del 2012

¿A qué juegan los niños de hoy?


Hace unos días y con motivo de un receso en las reuniones familiares de las fiestas navideñas, nuestros amables vecinos nos invitaron a una opípara cena en su casa. Los elaborados y deliciosos manjares regados con buen vino amenizaron la conversación que cambiaba de un tema a otro, como suele ocurrir en estas ocasiones.
En un momento de la velada surgió el tema de las habilidades de los niños para jugar con los dispositivos electrónicos a su alcance, ya sean teléfonos móviles, consolas, tabletas u ordenadores. Como decía acertadamente nuestra anfitriona, ‘los niños de hoy han echado los dientes’ con estos cacharros y les son por tanto tan naturales como a nuestra generación andar en bicicleta, saltar a la comba, perseguir todo tipo de balones, vestir muñecas o ejercitar la puntería a pedradas. Hubo un punto en el que la conversación se atascó, y fue además por mi culpa. Ocurrió que me empeciné en un aspecto secundario de la cuestión en el que, por cierto, no quería fijarme y ahí quedé atrancado. Sin duda, el grado etílico que había ido alcanzando paulatinamente tuvo algo que ver, puesto que a mí el alcohol me suelta tanto la lengua como me enerva el raciocinio. La cosa no tuvo mayor importancia, ya que mis comensales eran gente civilizada y se pasó a otro tema sin más.
En ese capítulo de la cena, yo no defendía (como quizá pudiera haber parecido) que fuera malo para los niños entretenerse con los aparatos electrónicos. En esto, como en casi todo, el secreto está en la dosis. Lo que yo pretendía decir era lo siguiente: aunque a algunos progenitores o abuelos les parezca que sus retoños son niños-prodigio por la soltura con la que utilizan esos dispositivos, lo cierto es que la normalidad con la que la inmensa mayoría de ellos se maneja con los aparatos digitales deja claro que son habilidades al alcance del común de la gente. Los habrá más dotados y más torpes, exactamente igual como ha ocurrido siempre en cualquiera de los juegos tradicionales. En cuanto a la utilidad de ese tipo de juegos para la formación de los niños y jóvenes ─aceptando sin reservas que saber utilizar los dispositivos electrónicos es de todo punto imprescindible en el mundo actual y la evolución tecnológica un proceso irreversible (salvo que sobrevenga una catástrofe universal que nadie cuerdo desea)─ sus beneficios son menos puros de lo que se suele dar por supuesto.
Está claro que esa tecnología permite jugar, adiestrarse en ciertas habilidades y potenciar otras, entretenerse (los jóvenes y los no tan jóvenes), confinarse cada miembro de la familia en su reducto privado durante horas (lo que puede redundar en una mayor tranquilidad en el hogar y hasta en la calle); puede facilitar además la teleconexión con familiares y amigos, permitir el establecimiento de nuevas relaciones a distancia, acceder a un sinfín de información y no sé cuántas cosas más.
Algunas de las virtudes mencionadas tienen su reverso, como la de que quién puede ser conocido a través de las redes sociales sea un indeseable agazapado tras la seguridad del anonimato. Como también es cierto que la utilización excesiva de los dispositivos electrónicos provoca aislamiento, estrés, problemas de visión, alteraciones nerviosas, impaciencia y adicción. Esta última se está diagnosticando clínicamente ahora entre los jóvenes surcoreanos pero es evidente que no les afecta sólo a ellos, como cualquiera habrá comprobado cuando observa a jóvenes (o adultos) de cualquier lugar o procedencia permanentemente enganchados a sus móviles con los que whatsappean o twittean sin parar. Cada vez parece más difícil que nadie se concentre en una actividad que requiera sosiego y reflexión, como la lectura. Todo tiene que ser inmediato, instantáneo, rápido, fugaz. No es sólo que los cachorros digitales no estén dispuestos a realizar el esfuerzo que supone leer a Platón o a Joyce (no pierdo de vista que entre los de mi generación tampoco abunda ese tipo de lector); es que la mayoría ni siquiera lograría concentrarse en La isla del tesoro o en el periódico… suponiendo que alguna vez se lo propusiera.
Lo he dicho antes: para bien y para mal, esta realidad es irreversible. Sólo el tiempo nos permitirá ir conociendo el balance resultante de los pros y los contras de la digitalización de la sociedad. Cada uno debe aprovechar las ventajas y evitar los inconvenientes de la nueva era digital según su recto entendimiento y sin perder de vista el viejo método de aprendizaje conocido en psicología como de ensayo-error. Pero eso sí, hagámoslo bien pertrechados de sentido común, sin fundamentalismos dogmáticos ni papanatismos.
Y a nuestros encantadores vecinos y a mi sufrida mujer: ¡gracias por tan deliciosa velada y por la paciencia que mostrasteis conmigo!

dimarts, 30 d’octubre del 2012

¿Dónde reside el alma?


Ha levantado gran polvareda la manifestación de la popular presentadora de Las mañanas de TVE, Mariló Montero, sobre el riesgo que entraña la utilización de los órganos del cadáver de un asesino en una operación de trasplante, puesto que su personalidad podría invadir el nuevo cuerpo y decantarlo a cometer crímenes parecidos a los que efectuó con el anterior organismo. Lo argumenta con un contundente aserto: “No está científicamente demostrado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos”
Esta afirmación fue rápidamente amplificada en los medios y en las redes. Unos  para celebrarla y los otros ─los más, parece ser─ para denostarla. Al cabo de pocos días, Mariló Montero fue apartada del programa. Ignoro si se debió exclusivamente a su opinión sobre los trasplantes o hubo algún otro motivo, pero el caso es que, con respecto a los órganos y el alma, no dijo ningún disparate. En lo esencial, la señora Montero tiene razón: no está comprobado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos (para ser rigurosos, es preferible sustituir el término ‘demostrado’ por ‘comprobado’; sólo las afirmaciones de la lógica y las matemáticas, ciencias puramente formales, son demostrables). Aclaro que reconociendo que tiene razón no pretendo validar los conocimientos científicos ni la sagacidad filosófica de Mariló Montero. Quizá sea lo que parece y no sepa de qué habla; o quizá sí. Puesto que yo no sé nada de ella, me abstendré de juzgarla. Sólo voy a ceñirme al contenido de la afirmación, que en sí misma es verdadera.
La noción de alma es tan antigua como el pensamiento humano, es decir, tan vieja como la humanidad. Desde siempre se ha querido explicar la vida como el resultado de un principio vital que anima el cuerpo. A este principio vital se lo ha asociado al aire, al fuego, a la energía cósmica o a la divinidad. Los nombres que la tradición occidental ha acuñado provienen obviamente de Roma y de la Hélade: alma, del latín animus; psique, del griego psyché. No hay en la antigüedad nadie que haya tratado la cuestión de la existencia del alma y su misterioso acoplamiento con el cuerpo como Platón. Algunos de sus más célebres mitos literarios, como el mito del carro alado y el de la caverna, se refieren a ella. El pensamiento platónico es riquísimo y arroja luz sobre el problema del alma, pero en ningún modo lo resuelve ni acaba con nuestras dudas al respecto. Las reflexiones de Descartes en la época moderna, aunque sean expresadas en otro lenguaje desprovisto ya de la mitología antigua, siguen apoyándose en parte en la religión, solo que ahora en la de confesión cristiana. El gran pensador galo no encuentra la manera de poder argumentar tan clara y distintamente en el asunto del alma como en las deducciones matemáticas, en la que es un reconocido maestro. Desde Descartes, los filósofos han preferido el término ‘mente’ al de ‘alma’. Con ello, pretenden liberar sus reflexiones de la carga religiosa que la palabra ‘alma’ arrastra.
Tanto Platón como Descartes constituyen paradigmas más que meros ejemplos de filósofos dualistas. Ambos son racionalistas, pero eso no significa que todos los dualistas lo sean. También hay dualistas empiristas o racioempiristas, pero estos no pretenden fundar en el entendimiento la prueba de la existencia del alma sino que la consideran sólo como el motor de los comportamientos observables. Sin embargo, tomada como un principio o sustancia independiente del organismo, consideran el alma como algo inexistente o abiertamente fuera del rango del conocimiento. Es decir, que el alma se expresa en las intenciones y en las acciones del individuo, de las que sólo estas últimas son observables. Mentir, ayudar, plagiar, estar triste o alegre, tener envidia o admirar, así como pasar frío o calor, hambre o sed son rasgos del alma (o mente). Eso es todo lo que podemos conocer de ella.
La noción de alma a menudo ha sido asociada a la de divinidad. El alma como principio vital sería el soporte de nuestra conexión espiritual con dios o los dioses. Será por eso que las más distintas religiones han pretendido tener la exclusividad en su tratamiento, aunque ninguna lo haya logrado por completo. Puesto que cada uno de nosotros pasa más tiempo que nadie a solas con su alma, sea lo que sea el alma y signifique lo que signifique aquí ‘suya’, a nadie concierne tanto la cuestión del alma como a uno mismo (a cada uno-mismo la suya propia, claro). Incluso los desalmados tienen que vivir con ella en su interior.
La ubicación que tiene el alma en el cuerpo o el lugar donde uno y otro principio, cuerpo y espíritu, se unen ha sido un misterio durante milenios. Pero finalmente se asentó ─probablemente en la Grecia clásica de manera definitiva─ la idea de que el alma reside en el cerebro. Si cambiamos la palabra ‘alma’ por ‘mente’, hoy no existen dudas razonables de que la mente es el resultado de la actividad cerebral. Sólo si nos aferramos a una concepción mística del universo podemos pretender que el alma se reparte por el conjunto del cuerpo, en cada uno de sus órganos y fluidos, y que el espíritu se funde con el mundo material por doquier. Existen propugnadores de esta teoría en la actualidad como ya existieron en la antigüedad. Y aunque estén fuera del paradigma científico dominante, lo cierto es que no sabemos si sus creencias son acertadas o no. Bien, si el alma (o mente) es el resultado del funcionamiento del cerebro, entonces el único órgano que supondría un traslado de la personalidad en un trasplante sería el cerebro. En el momento presente, la neurocirugía no permite una operación tan compleja. Si algún día la tecnología lo posibilitara, habría que legislar al respecto, lo que no se me antoja menos complejo que la mismísima operación quirúrgica.
El Dr. Frankenstein, surgido de la formidable imaginación de Mary Shelley, ya lo logró en el s. XIX con su desgraciada criatura. Los filósofos de la mente contemporáneos, por otra parte, juegan magistralmente con la idea analizando teóricamente sus consecuencias. Pero, aquí y ahora, quizá nos resulte más útil Karl Popper y su teoría de la falsación para comprobar la veracidad del postulado de la señora Montero. ‘Falsación’ (falsation) es el neologismo que acuñó Popper para referirse a un criterio que permitiera dilucidar si un enunciado (o proposición) es o no científico. Haría falta aquí sin duda una introducción más completa a la terminología usual en filosofía de la ciencia, pero me voy a limitar a aclarar someramente algunos conceptos. Un enunciado (o proposición) es una frase que expresa una afirmación de algo sobre algo, es decir, expresa la atribución de un predicado a un sujeto. Formalmente se expresa así: ‘A es B’, donde ‘A’ representa al sujeto y ‘B’ al predicado. ‘Juan es alto’ es un ejemplo de enunciado o proposición. Una proposición negativa sería, ciertamente, la negación de un atributo a un sujeto: ‘Yo no soy rico’, sin ir más lejos.
La ciencia, el conocimiento científico, se expresa en proposiciones. Expresiones como ‘Plutón no es un planeta del Sistema solar’ o ‘La actual crisis económica comenzó en los EUA en 2007’ son atribuciones de predicados a sujetos. Ahora bien, la oración ‘¿Qué hora es?’ no es una proposición, puesto que en ella no se dice nada sobre nada, sino que sólo se inquiere por algo, a saber, la hora actual, que desconocemos. La ciencia opera intentando verificar un tipo particular de proposiciones que sirven como punto de partida para llegar al conocimiento: las hipótesis. Una hipótesis es una suposición explicativa para un hecho observado. Si somos capaces de verificarla suficientemente, entonces se convierte en ley o principio general válido. O, por lo menos, será ley mientras ulteriores investigaciones no la abroguen. Esto no debe escandalizar ni decepcionar a nadie, puesto que la ciencia se construye a menudo sobre las ruinas de lo que fueran verdades científicas anteriormente. ¿O no era Plutón el noveno planeta del Sistema solar en nuestros antiguos y ya obsoletos libros de texto de la no menos periclitada EGB?
La verificación no siempre resulta fácil para la ciencia, bien sea por problemas técnicos o por la imprecisión del aparataje conceptual. Para la pregunta ‘¿Hay otras formas de vida en el universo que las que conocemos en la Tierra?’ o, para expresarla de otra forma, ‘¿Hay vida alienígena?’ no parece fácil determinar si la respuesta correcta es ‘sí’ o ‘no’, una vez se ha comprobado fehacientemente que en los lugares más próximos ─sólo relativamente conocidos─ de nuestro Sistema solar no la hay. Aquí el problema es doble: existe una dificultad conceptual (¿son posibles formas de vida que no se basen en la química del carbono?) y muchas de carácter técnico (¿cómo podemos explorar con la tecnología aeroespacial actual planetas situados en sistemas estelares que distan años luz de La Tierra?). En consecuencia, no podemos verificar las respuestas a esa pregunta, ciertamente. Pero ¿la convierte su no verificabilidad en un enunciado no-científico? No lo parece, aunque tengamos que reconocer que aparentemente no hay verificación posible en el actual paradigma científico. Sin embargo, el método de Karl Popper permite considerar el enunciado ‘Hay vida alienígena’ o su contraria ‘No hay vida alienígena’ como proposiciones científicas, puesto que aunque no las hayamos contestado sí sabríamos que tipo de experimentos diseñar para poder falsarlas.
La teoría de la falsación establece que un enunciado es científico si y sólo si se puede establecer un método experimental para probar que es falso lo que afirma. Un ejemplo clásico del mismo Popper es el siguiente: para saber si es científica la proposición ‘Todos los limones (maduros) son amarillos’ lo que hay que buscar es un limón que no lo sea. Si lo encontráramos, la afirmación se convertiría en falsa, sí; pero, mientras no lo encontremos, la afirmación sigue siendo verdadera. Este de momento quizá parezca desesperanzador al profano, pero como se ha dicho más arriba y es desde hace un siglo uno de los postulados fundamentales de nuestro paradigma científico, las ciencias experimentales sólo prometen que las cosas parecen ser así por ahora. El criterio de la falsación científica es eminentemente empirista: la posibilidad de una experimentación sensible es la única piedra de toque válida para las hipótesis de las ciencias empíricas.
Ahora bien, ¿qué ocurre con afirmaciones como ‘Dios es trino’ o ‘El alma es inmortal’? ¿Podemos verificarlas? No. ¿Podríamos falsarlas? ¿Cómo, si ‘dios’ y ‘alma’ son, por definición, entidades inobservables? No existe la posibilidad de diseñar experimentos para verificar la existencia de dioses y almas ni tampoco para falsarla. Por eso decimos que se trata de instancias metafísicas y se encuentran fuera del alcance de la ciencia. No hay ninguna posibilidad razonable de conocerlas científicamente. Cualquier propiedad de un alma entendida como algo diferente al resultado del funcionamiento del cerebro no es afirmable ni negable científicamente. Por lo tanto, su migración ya sea entera o por partes de un cuerpo a otro, tampoco. Tiene razón la Sra. Montero; sin embargo, cabría añadir a su frase que no sólo no hay pruebas científicas de la trasmigración de las almas, sino que ni siquiera puede haberlas porque no puede llevarse a cabo un experimento científico que pueda determinarla.
Como sea que el comentario de Mariló Montero fue originado por el potencial trasplante de órganos del doble homicida de El Salobral (Albacete), se puede fácilmente relacionar con el célebre caso de Gary Gilmore. Cuando estaba empezando a escribir este artículo, el 26 de octubre a las 19.20, pude oír en un programa musical de Radio 3 la historia de este asesino de Utah condenado a muerte en 1977 por sus crímenes y cuyos ojos fueron trasplantados a un receptor después de la ejecución de la sentencia. El grupo punk británico The Adverts compuso una canción titulada ‘Gary Gilmore’s Eyes’ en 1979, que me apresté a escuchar con vivo interés deleitándome en los azares que nos depara el destino. Puestos a imaginar, ¿qué vería el nuevo usuario de los ojos de Gary Gilmore? Pues esperemos que nada más y nada menos que la luz, como todos los seres dotados de ojos.

dimecres, 23 de maig del 2012

Les llengües i la comunicació


El principal entrebanc per viatjar és ─la manca de diners a banda─ l'idioma. La distància, un cop feta la separació entre quilòmetres i cost econòmic, pot ser un impediment per a mandrosos i sedentaris irreductibles; però la llunyania avui ja no és un obstacle seriós per aquells que volen conèixer in situ altres nacions situades en latituds o longituds diferents de les del nostre petit país. Anar a l'Argentina sempre serà més fàcil per a qui tingui el castellà com a llengua pròpia que visitar el Regne Unit, per més que les distàncies que ens separen d'ambdós destins siguin incomparables. Per a qui tingui l'anglès com a llengua pròpia, viatjar a qualsevol país de la Commonwealth és, en algun sentit, com no sortir de casa. I això encara que l'anglès de Nova Zelanda i el dels EUA siguin tan diferents del de Birmingham com el castellà del Perú o Xile ho són del de Zamora. Parlar una llengua estrangera facilita els moviments pels països que la tenen com a pròpia en relació directa al domini que en tingui el viatger. Tenir poca fluïdesa amb el francès, per exemple, barra la integració entre els habitants de Rouen. ¿Com li preguntes a un vianant qualsevol pels costums alimentaris de la vil·la? Igual que uns recursos limitats en l'ús de l'anglès poden entorpir la interacció amb els ciutadans de Minneapolis o Londres. Si es vol sortir dels tòpics de la guia turística (eficaços però limitats), cal poder mantenir una conversa amb la gent del país. Quan un ciutadà alemany estiueja a la Costa Brava, no participarà en la vida social de Palafrugell si no parla una mica de català o castellà, encara que només sigui per demanar consell a un nadiu sobre un restaurant òptim o una platja tranquil·la; o per parlar del temps, la conversa més universal que hi ha. Per regla general, si un no és capaç de comunicar-se en les llengües pròpies de cada país no passarà de la superficialitat més epidèrmica en les relacions socials que estableixi ─si és que gosa establir-les.

Hom pot pensar que per això existeixen les llengües franques, és a dir, aquelles que per les circumstàncies històriques, polítiques, econòmiques i culturals de cada àrea geogràfica s'han convertit en vehicles de comunicació compartits per parlants de diverses nacionalitats. L'alemany és utilitzat com a segona llengua per gent de molts països de l’Europa central i, juntament amb el francès, el portuguès i el castellà (en aquest cas ben anomenat espanyol), és la segona llengua ─o, en ocasions, la llengua culta─ de les excolònies que les potències europees van haver de deixar escampades pel planeta a conseqüència de llurs emancipacions en cadena. No obstant, la llengua franca per excel·lència avui és l'anglès, tant per l’hegemomia dels EUA al món actual com per l'herència que l’Imperi britànic va deixar en els cinc continents. No és la llengua que té més parlants naturals ─aquest lloc correspon al xinès mandarí, com és sabut─, però sí és la llengua que utilitza més gent al món per comunicar-se amb parlants d'altres idiomes. És clar que en molts casos es tracta d'un anglès empobrit i reduït, una mena de farmaciola de recursos lingüístics bàsics per sortir del pas. S'ha trivialitzat molt la paraula 'saber' per a tot, en particular pel que fa als idiomes. Es diu “sé anglès” amb molta facilitat, encara que a vegades el saber del qual es disposa no passi d'un “How do yo do?”, un “Good morning”, un “Thank you”, un “Bye bye” i quatre coses més, molt útils per no quedar-se fent l’estàtua o gesticulant com un mim però que disten molt de saber parlar una llengua com Déu mana. Dominar una llengua estrangera és una altra cosa, que no té tant a veure amb l'accent com amb un coneixement suficient de la gramàtica, el lèxic, els girs dels argots populars (que muten ràpidament), una mica de la història i un molt dels costums locals. Sense tenir un cert domini d’aquests requisits, mai es podrà connectar amb els nadius, encara que la gent amb qui es tingui tracte no sigui especialment cultivada.

A les persones formades que dominen prou o molt bé la llengua pròpia però desconeixen la llengua del país visitat, els sol resultar xocant el fet d'anar de viatge a un indret on els seus rics recursos lingüístics es tornen inútils. No poder parlar normalment, tal i com estan acostumades a fer, se senten reduïdes a la infantesa (la paraula 'infant' significa etimològicament 'el que no parla'), es queden paralitzades. Es veuen a si mateixes parlant com els indis de les pel·lícules: utilitzant monosíl·labs i verbs en infinitiu (quina imatge tan irreal de les llengües dels aborígens d'Amèrica!). Es veuen despullades del seu ser, despersonalitzades. Per això se solen aïllar. Si viatgem a Iran ─és un suposar─ ja es dóna per descomptat que no ens entendrem i no ens importa ni poc ni gens. “Ningú té l'obligació de saber parsi”, pensem. O una altra insensatesa similar: "Amb l'anglès que porto al sarró, ja n'hi haurà prou, perquè tothom sap anglès”. Ni és cert que ningú tingui l’obligació de conèixer el parsi ni que tothom la tingui de parlar l'anglès. Si la meva empresa prospectora m’envia a treballar a Ispahan, serà molt convenient que aprengui parsi per més que a l’entorn laboral s’utilitzi l’anglès. No és exactament una obligació, sinó més aviat una conveniència. Els col·legues nadius agrairan el fet que em dirigeixi a ells en parsi (o que ho intenti, almenys) i segur que m’ho faran notar. Els estats amb cultures sense complex d’inferioritat, com l’alemany o el francès, valoren i fomenten l’ús dels seus idiomes entre els treballadors estrangers que contracten les seves empreses, així com exigeixen als organismes internacionals dels quals formen part que les utilitzin en el seu funcionament intern. La cultura espanyola, molt potent però terriblement acomplexada des de la decadència d'Espanya a la política internacional en els segles XVIII i XIX (en el XX, senzillament ja no comptava al món), no ho fa. Ni en els organismes públics ni en les institucions privades. Això explica que tractant-se de la tercera llengua mundial en nombre de parlants i molt a prop de la segona, el castellà no tingui el mateix estatus com a llengua franca que sí té l'anglès, que ocupa el segon lloc. No es tracta de xovinisme, sinó de fer notar una obvietat. La llengua que ens permet expressar tota la riquesa de la nostra vida mental ─en la mesura que aquesta riquesa existeixi i comptem amb els recursos lingüístics per expressar-la─ és la llengua materna (en els casos que existeixi una llengua madrastra, aquesta s’hi pot acostar molt; tant, que si ha estat més ben conreada que la materna la pot suplantar en alguns usos: com a vehicle d’expressió escrita, sense anar més lluny). Un exemple de llengua madrastra pot ser el castellà per als catalans que tinguin la llengua catalana com a vernacla. La generació dels meus pares ─per parlar d’una generació ben propera─, tret de casos molt excepcionals, no llegeix el català amb facilitat i, quan s’atreveix a escriure’l, ho fa amb grans dificultats i mancances. Independentment del grau de formació que hagin assolit, tenen molta més soltesa i solvència per llegir i escriure en castellà. Amb la llengua oral, els passa tot just el contrari: només cal sentir-los parlar. El motiu és que, per raons polítiques, no van rebre formació acadèmica en la seva llengua materna (el català), sinó en la madrastra (el castellà); en canvi, quan parlen, ho fan usualment en català. Per això el seu català oral és molt més fluid que el castellà. Aquest fenomen lingüístic és anomenat pels especialistes diglòssia.

Conèixer llengües diferents de la materna és enriquidor. A més, pot ser un indicador entre d’altres del grau de cultura que ha assolit un individu. Dominar una llengua estrangera obre moltes portes, laborals i socials. És comprensible tenir reticències a intentar-ho perquè d’ordinari ja ens arreglem amb la nostra o perquè no volem esforçar-nos moltíssim per no passar de ser en tota la vida uns aprenents. No és una obligació, queda dit. Però és altament recomanable si hom té inquietuds intel·lectuals, culturals i laborals que van més enllà del proper, de l’immediat. No caldria haver de repetir que les llengües estrangeres no es redueixen a l’anglès, l'actual llengua franca (però la idea s'ha afermat tant en l'imaginari col·lectiu que no és en absolut ociós); ni que l’anglès no es redueix al patuès que molts dels seus perpretadors utilitzen. A aquells que confien que la tecnologia i els ginys electrònics els resolguin el problema, els diria que no esperin massa, de moment, dels traductors automàtics que incorporen algunes aplicacions per a tauleta o telèfon mòbil. He tingut ocasió de provar-ne un recentment i no passa de ser una curiositat d’utilitat limitada. Una conversa fluida no és equiparable a una mera traducció de paraules o frases soltes. Si algun dia els programes automàtics d’interpretació aconsegueixen emular converses entre parlants d’idiomes diversos, llavors sí que podrem parlar tots amb tots com abans del càstig que Déu ens infligí a Babel. Mentrestant, si veritablement volem comunicar-nos i poder entendre’ns bé, haurem de seguir estudiant llengües de valent. I n'hi ha per donar i per vendre: més de cinc mil!

dissabte, 14 d’abril del 2012

Joan Manuel del Pozo, un article

El professor de Filosofia de la UdG i Exconseller d'Educació i Universitats Joan Manuel del Pozo va publicar el 12 d'abril un article a El Periódico on explica la seva visió de l'estat de l'ensenyament de la Filosofia a secundària, nivell educatiu en el qual va exercir anys enrere.
Us en recomano la lectura.

dijous, 12 d’abril del 2012

Quan els arbres no deixen veure el bosc

Cada dia, des de fa dècades, milers i milers de científics treballen en els més variats camps d’investigació per fer avançar una mica més el coneixement que els humans tenim del món. Mai abans dels segles XX i XXI s’havia dedicat tanta energia col·lectiva al desenvolupament de la ciència, amb tants caps ben preparats i uns envejables mitjans materials al seu abast. No cal patir, la disminució de la ja raquítica partida dedicada a Investigació i Desenvolupament (I+D) en els Pressupostos generals, que acaba de fer públics el Govern d’Espanya, no farà descendir de manera sensible la velocitat de creuer del progrés cientificotecnològic mundial. De tant en tant, el resultat d’algun dels múltiples programes de recerca que es fan al món travessa la gruixuda capa que manté prou ben aïllada la tasca científica general de la curiositat o la indiferència de les masses socials. Recentment, ha passat almenys tres cops.

El setembre de l’any passat, a Itàlia, es va dur a terme l’experiment Opera, consistent a mesurar la velocitat de partícules subatòmiques des del detector instal·lat al Gran Sasso. Amb gran enrenou, es va fer públic que s’havien mesurat velocitats superlumíniques en els feixos de neutrins provinents del laboratori ubicat al CERN de Ginebra, Suïssa. Aquella notícia podria haver estat la bomba... si no fos per la precipitació de l’equip científic a publicar uns resultats no prou ben contrastats. En efecte, el responsable de l’experiment s’ha vist forçat a dimitir. Però, segurament, no tant pels errors tècnics comesos en el disseny de l’experiment i el calibratge dels aparells i, consegüentment, en les mesures obtingudes, sinó pel rebombori que va generar la seva imprudència en comunicar unes conclusions que contradeien el marc teòric de la mecànica relativista. Ho sap ─o ho hauria de saber─ qualsevol bon estudiant de secundària: no es pot atacar tota una teoria amb el resultat d’un sol experiment. Per això va ser imprudent Antonio Ereditato, la qualificació tècnica del qual no puc posar en dubte. Podem suposar que la vanitat, l’ànsia de notorietat o les necessitats de finançament devien influir en la precipitació.

El segon cas, en el qual ara no m’estendré, és el desemmascarament d’un psicòleg social holandès, Diederik Stapel, qui falsejava sistemàticament les dades i els resultats dels articles que publicava a revistes científiques de prestigi. Va aconseguir enganyar fins i tot els responsables de Science, la publicació de referència dins de l’univers de les ciències naturals i meta de qualsevol investigador amb aspiracions de reconeixement i ─per què no dir-ho─ celebritat. Les males pràctiques són aquí molt més greus. Sobre el tercer, la concessió del Premi Nobel de Medicina, hi ha punts foscos en les informacions que he pogut conèixer que m’aconsellen ser prudent.

Faig aquesta prevenció per no mostrar-nos excessivament il·lusos amb la darrera notícia científica que ha traspassat la membrana de la inòpia. Van J. Wedeen és un radiòleg investigador de l'Hospital General de Massachusetts (Mass General), centre adscrit a la Facultat de Medicina (Medical School) de la famosíssima Universitat de Harvard situada a Cambridge, EEUU. L’esmentat científic dirigeix un equip que acaba de publicar un article a la prestigiosa revista Science, en el qual es descriu com s’estructuren les neurites que formen la substància blanca del cervell. Han utilitzant sofisticades tècniques radiològiques per tal d’obtenir imatges per ressonància magnètica (IRM). La imatge resultant és, com altres generades per sistemes informàtics, d’una gran bellesa plàstica. A mi, em recorda la reconstrucció per computadora de les fotografies obtingudes pels telescopis enfocats cap a l’espai exterior a La Terra. Precioses, il·lustratives, netes... però falses. No es veurien així les formacions estel·lars a ull nu, encara que tinguéssim l’abast de visió necessari, ni es veurien així d’acolorides i netament traçades les fibres nervioses al microscopi. Tanmateix, les imatges artificialment sintetitzades fan la seva funció perquè ens permeten imaginar com s’estructura i com funciona la natura. Però no és de l’embelliment de la realitat, del que vull tractar.

No tinc res a dir sobre l’experiment realitzat per l’equip de Wedeen ─no tinc els coneixements tècnics necessaris per dir res─. Els experts en radiologia i en ressonància magnètica computeritzada analitzaran com s’ha fet i decidiran si en validen els resultats o no. A mi, a diferència de les d’altres experiments recents molt sonats (mediàtics, es diu ara), com el dels neutrins a Itàlia, les conclusions em semblen plausibles. Són congruents amb la idea que m’he pogut fer del cervell a partir de lectures sobre fisiologia neuronal i del funcionament dels organismes dels éssers vius en general. Per això no entenc la sorpresa que manifesta Wedeen quan diu que no s’esperaven trobar una estructura cerebral tan simple, amb manats de fibres disposats ortogonalment en tres dimensions en el que s’assembla, per la seva racionalitat, a un dels cablejats que nosaltres instal·lem industrialment a les màquines i aparells electrònics. Què esperaven trobar? Nusos i embolics d’àxons desordenats escanyant-se entre si? Un cabdell de nervis capritxosament amuntegats en n dimensions? (on n≠3). Això sí que hauria estat sorprenent. No sé de cap sistema orgànic ni de cap estructura natural ─llevat d’algunes accions de l’inefable ésser humà!─ que malbarati recursos. Així ho afirma l’arxiconegut principi d’economia, atribuït al nominalista anglès Guillem d’Ockham (1280-1349) ─encara que jo l’associaré sempre a Leibniz, perquè en vaig descobrir la formulació llegint els seus escrits─. Es pot parafrasejar dient que la natura tendeix a la simplicitat i al mínim dispendi energètic. Si no s’aconsegueix en l’esbós o en el primer disseny d’una estructura, s’anirà millorant fins arribar-hi. La disposició dels astres al cosmos, l’estructura dels cristalls minerals, els òrgans dels éssers vius i els cursos d’aigua que corren per la superfície del planeta així ho confirmen. Els rius no moren a la mar perquè ho diu el poeta (o potser sí, vés a saber!), sinó perquè l’aigua retorna al sistema de la naturalesa l’energia potencial que ha guanyat en ser elevada als núvols per l’energia tèrmica del Sol. Així comença i acaba el cicle de l’aigua: es trenca un equilibri i es retorna a l’equilibri. Si el Sol deixés d’irradiar calor, s’acabaria el cicle de l’aigua (i el de la vida que coneixem, també).

La sorpresa de Wedeen és un símptoma d’ignorància molt pròpia de la superespecialització actual. Però no es tracta solament de desconèixer el principi filosòfic referit, sinó els postulats i les pautes de treball que serveixen de fonament al mètode científic que se suposa que ell utilitza. No són pocs els articles elaborats per científics de primer ordre en totes les branques de les ciències naturals que fan referència al principi d’economia: circulació atmosfèrica, construcció de les cel·les als ruscos per les abelles, trajectòria balística, vol dels ocells, estructura de les molècules, reaccions químiques espontànies, caiguda dels greus.... Les excepcions al principi d’economia, que n’hi ha, es donen en els éssers vius i sembla que són més aviat degudes al fet de trobar-se els organismes en estadis intermedis de la continua evolució de les espècies. Si esperem alguns centenars de milers d’anys, probablement desapareguin les excepcions que coneixem... però n’apareixeran de noves. Els queixals del seny, l’apèndix vermiforme o els dits petits dels peus en els humans actuals son mostres d’òrgans que, aparentment, no tenen cap funció específica i tendeixen a degenerar i a desaparèixer com a tals, seguint el principi d’economia. (Sobre l’aprofitament del cervell, en parlaré un altre dia.)

En els afers que depenen de la voluntat i les decisions humanes, el principi d’economia s’extravia amb freqüència. I això que, com la closca del caragol logarítmicament construïda, formem part de la natura. Una part ben curiosa de la natura, tot sigui dit.