dilluns, 27 de febrer del 2017

CUANDO LA RAZÓN SE INSPIRÓ EN LOS SUEÑOS

Revista Paradigma, nº 20
UNIVERSIDAD DE MÁLAGA

https://riuma.uma.es/xmlui/bitstream/handle/10630/12977/Gil%20Vernet.pdf?sequence=3

En este año 2016 se celebra, para mayor gloria de las letras inglesas y castellanas, el cuarto centenario de la muerte de dos de los más grandes genios de la literatura universal. No van a ser glosadas aquí sus personalidades ni su obra; que otros con mejores fundamentos se ocupen de ello. Sólo me referiré a William Shakespeare (1564-1616) y a Miguel de Cervantes (1547-1616) como exponentes especialmente ilustres de una época que alumbró, entre otros hitos de suma importancia para la historia de la cultura, aquel momento del pensamiento que hemos etiquetado con el nombre de ‘Filosofía moderna’.
Al igual que todos los puntos de inflexión en el devenir de los acontecimientos humanos, éste contó también con sus antecedentes y precursores. No obstante y a pesar de la deuda contraída con Platón y Aristóteles, la Escolástica, Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro, Michael de Montaigne, Francis Bacon, Isaac Beeckman, William Harvey y Galileo Galilei —amén de los matemáticos del colegio jesuita de La Flèche donde se educó—, los historiadores no vacilan en señalar a René Descartes (1596-1650) como el genuino fundador del nuevo periodo de la filosofía que se extenderá hasta finales del s. XIX. Según Ortega y Gasset, esto no se debe tanto a que Descartes innovara absolutamente en filosofía como a que instaurase un nuevo nivel en el filosofar. La filosofía cartesiana (y con ella, la filosofía moderna) se caracteriza por la búsqueda de un método universal para el avance de las ciencias, método en el que el sujeto tiene la primacía sobre el objeto de conocimiento.
Una simple ojeada a los años que acotan la vida de los tres personajes evidencia que Descartes no pudo haber sido conocido por Shakespeare y Cervantes, ya que cuando estos murieron —con una llamativa cercanía de fechas que ha hecho las delicias de los astrólogos y calendaristas durante siglos[1]— Descartes acababa de cumplir 20 años y no había publicado nada aún. Por otra parte, parece probado que Cervantes nunca supo de la existencia del Bardo inglés, mientras que hay indicios razonables de que éste pudo haber leído al menos la primera parte del Quijote. Aun así, las influencias directas entre unos y otros son prácticamente inexistentes. Lo que sí comparten nuestras tres eminencias es, sin ningún género de dudas, el espíritu de la época.
El tránsito del Renacimiento al Barroco se distingue por los grandes cambios acaecidos en el canon de las artes (música, pintura, escultura, arquitectura, la literatura en todas sus facetas: poesía, teatro, novela, ensayo…) y en la aparición de la Nueva Ciencia (iniciada con la revolución copernicana en astronomía y fundamentada por Galileo con la introducción de la física-matemática). Todos estos cambios reflejan las transformaciones sobrevenidas en una Europa desangrada por las guerras religiosas y el inestable equilibrio del poder político. Se asienta el estado-nación moderno en España, Francia e Inglaterra, con un monarca autoritario netamente hegemónico sobre la nobleza. Los territorios de ultramar ensanchan las fronteras de los países hasta límites tan insospechados que en sus territorios ya nunca se pone el sol, surgiendo de este modo la novedosa conciencia de habitar un planeta en rampante inflación geográfica. Por otra parte, la Reforma luterana triunfa y se consolida en el centro y norte del continente europeo, provocando una Contrarreforma ultraconservadora en los países católicos de la periferia que habría de lastrar durante siglos su pleno desarrollo científico, social y económico. Entre las causas de las guerras entre las naciones se cuentan las razones de economía política, los intereses dinásticos y los desencuentros religiosos. Hasta nuestro hombre, Renatus Cartesius, luchó como voluntario en la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el mejor ejemplo de los conflictos bélicos que asolaron el viejo continente en el periodo histórico que nos ocupa.
Fue precisamente durante uno de los asuetos invernales de esta larga guerra cuando un joven Descartes de 23 años, enrolado entonces con las tropas de Maximiliano I, Duque de Baviera, tuvo en un refugio bien caldeado a orillas del Danubio bávaro —una ‘estufa’, según su propia expresión— una concatenación de sueños que él recordaría después como una revelación. A juzgar por la escasa importancia —por no decir nula— que se da a dicho episodio en la mayor parte de las historias de la filosofía al uso, parece como si algunos no se sintieran demasiado cómodos con el hecho de que el padre del racionalismo moderno hallase inspiración para el desarrollo del método en las imágenes oníricas sugeridas por Morfeo. Otros, arrimando el ascua a su sardina, han querido ver en ello un arrebato equiparable a los éxtasis de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, una puerta trasera que conecta el edificio de la razón con el submundo de la irracionalidad mística.
Estos nexos se antojan quizá osados en exceso; sin embargo, es cierto que el recurso a los sueños es algo muy frecuente en la literatura y mucho más aún en la época que nos ocupa. Ya Parménides de Elea, en el s. V a.C., lo había explotado en su poema Sobre la naturaleza para narrar la visión de la verdad que experimenta el alma separada del cuerpo durmiente, en el que sea probablemente el primer viaje astral de la historia de la literatura. Un siglo más tarde, en el Libro VII de la República, el propio Platón representará la vida humana como una ensoñación sufrida en las penumbras de la caverna que representa el mundo sensible.
Los sueños de Descartes
Conocemos los hechos de la noche de marras porque el mismo protagonista los relató en sus notas personales —recuperadas por Leibniz— y en sus diarios de viaje, a los que tuvo acceso su biógrafo Baillet[2]. Al inicio de la segunda parte del Discurso del método[3], Descartes cuenta:
Me encontraba entonces en Alemania, país al que había sido atraído con ocasión de las guerras que aún no han finalizado. Cuando retornaba hacia la armada, después de haber presenciado la coronación del emperador, el inicio del invierno me obligó a detenerme en un cuartel en el que, no encontrando conversación alguna que distrajera mi atención y, por otra parte, no teniendo afortunadamente preocupaciones o pasiones que me inquietasen, permanecía durante todo el día en una cálida habitación donde disfrutaba analizando mis reflexiones.
Fernando II de Habsburgo había sido coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Frankfurt am Main entre agosto y septiembre. Según sostiene Miguel Ángel Granada,
Descartes no fue con el resto de los soldados a los ‘cuarteles de invierno’ (como creen tantos editores) temiendo la ociosidad [y —añado— la vida libertina de la soldadesca]. El ‘cuartel’ en el que encontró la soledad para dedicarse a sus ‘pensamientos’ es un lugar retirado (en Neuburg, junto al Danubio); y la ‘estufa’ en la que pasó el invierno era una habitación con cocina, en la que se mantenía la calefacción sin molestar al anfitrión, que también evitaba el humo.”[4]
En esa caldeada estancia, tuvo el filósofo tres sueños o ensoñaciones en la noche del 10 al 11 de noviembre de 1619:
Cuando retomaba la unificación de la aritmética y de la geometría entrevista ya desde marzo, entusiasmado al presentir en ella el punto de partida de un método que se extendía a la explicación de la naturaleza, tuvo varios sueños en los que se puede ver la tentación de poseer el mundo (globo simbolizado por la promesa de un melón).
(…) En el último sueño, aparecía, desaparecía y reaparecía incompleta una ‘enciclopedia’ (saber total), el descubrimiento de que al hombre le queda mucho por avanzar en el camino de la verdad. Una antología poética abierta al azar le ofrece el verso de Ausonio: “¿Qué camino seguiré en la vida?”; de ahí la ‘resolución’… de emplear todas las fuerzas de su ingenio en seleccionar los caminos que debía seguir.[5]
Abundando en la idea mencionada más arriba, Strathern llama la atención sobre la ironía de que Descartes, el gran racionalista, encontrara su inspiración en visiones místicas y sueños irracionales. Él mismo enumera algunos intentos de justificación racional aportados desde entonces: el cerebro de Descartes se habría calentado demasiado debido a la estufa, una probable indigestión, el exceso de reflexión o la falta de sueño, una crisis mística e incluso el hecho de su adherencia reciente al movimiento Rosacruz[6]. Parece que el asunto del melón fue motivo de gran regocijo entre los lectores de la biografía del padre Baillet. El mismísimo Sigmund Freud fue invitado a dar su versión del asunto en 1929. En opinión del maestro del psicoanálisis, la mejor interpretación en este caso sería la del propio protagonista de los sueños, puesto que se trata de lo que él llama ‘sueños de arriba’ (Träume von oven), es decir, ensoñaciones producidas en un estado muy cercano a la vigilia.[7] Así pues, merece ser respetada la convicción de Descartes de que sus extraños sueños le animaban a seguir buscando un método seguro para el desarrollo de las ciencias, un método cuya clave se hallaba en las matemáticas. La revelación le sirvió también para confirmar la unidad de la razón —una razón parmenídea, es decir: homogénea, universal y eterna. Contraviniendo por una vez el lema del magnífico grabado de Goya, el sueño de la razón no siempre produce monstruos; aunque sólo sea porque los sueños pudieron servir de inspiración al campeón del racionalismo moderno.
Los sueños de Próspero y Alonso Quijano
Los dos autores homenajeados en este número recurrieron igualmente a los sueños para dar sentido a la vida de sus personajes o para meramente referirse a la fatua condición humana. Así ocurre en el archiconocido pasaje de Shakespeare[8] donde Próspero, duque legítimo de Milán a quien su hermano Antonio ha usurpado el ducado, dice a Fernando, príncipe de Nápoles, y a su propia hija Miranda:
Our revels now are ended. These our actors,
As I foretold you, were all spirits, and
Are melted into air, into thin air:
And like the baseless fabric of this vision,
The cloud-capp'd tow'rs, the gorgeous palaces,
The solemn temples, the great globe itself,
Yea, all which it inherit, shall dissolve,
And, like this insubstantial pageant faded,
Leave not a rack behind. We are such stuff
As dreams are made on; and our little life
Is rounded with a sleep.[9]
Cervantes hace lo propio en el episodio de la manchega cueva de Montesinos[10], en cuya sima hace descender a su maltrecho hidalgo cual si de un avezado espeleólogo y no de un verdadero caballero andante se tratara. Tras largar Sancho Panza cien brazas de cuerda y recuperarlas preocupado al cabo de media hora, emergió al fin don Quijote de las profundidades telúricas con evidentes síntomas de estar dormido. Al verlo, le espetó Sancho:
—Sea vuestra merced muy bien vuelto, señor mío, que ya pensábamos que se quedaba allá para casta.
Pero no respondía palabra don Quijote; y sacándole del todo, vieron que traía cerrados los ojos, con muestras de estar dormido. Tendiéronle en el suelo y desliáronle, y, con todo esto, no despertaba; pero tanto le volvieron y revolvieron, sacudieron y menearon, que al cabo de un buen espacio volvió en sí, desperezándose, bien como si de algún grave y profundo sueño despertara; y mirando a una y otra parte, como espantado, dijo:
—Dios os lo perdone, amigos, que me habéis quitado de la más sabrosa y agradable vida y vista que ningún humano ha visto ni pasado. En efecto, ahora acabo de conocer que todos los contentos desta vida pasan como sombra y sueño o se marchitan como la flor del campo. ¡Oh desdichado Montesinos! ¡Oh malferido Durandarte! ¡Oh sin ventura Belerma! ¡Oh lloroso Guadiana, y vosotras sin dicha hijas de Ruidera, que mostráis en vuestras aguas las que lloraron vuestros hermosos ojos!
Es la misma idea, a la postre tan barroca, con la que cierra Segismundo su monólogo en el primer acto del drama que Calderón[11] estrenó dos años después de la condena papal contra Galileo[12], otro espíritu que no se dejó encadenar con el cuerpo.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Hoy, cuando quizá los tres anden sumidos en el sueño eterno que Sócrates conjeturó en la escena final del Fedón platónico, nosotros seguimos disfrutando de las páginas que ellos nos legaron, bien sea riéndonos y compadeciéndonos a la vez de la simpar pareja cervantina, meditando y discutiendo los textos cartesianos o asombrándonos ante el crudo retrato de nuestra desnuda humanidad que contienen los dramas atribuidos a Shakespeare. Estos versos declamados por su creación más universal, el príncipe danés Hamlet, ensalzan bellamente la transcendencia del sueño:[13]



…To die, to sleep
—to sleep— perchance to dream: ay, there's the rub,
for in that sleep of death what dreams may come
when we have shuffled off this mortal coil,
must give us pause. There's the respect
that makes calamity of so long life.[14]
Para terminar esta somera reflexión sobre la importancia filosófica del sueño y los sueños que el sueño alberga, creo que merece la pena recordar, aunque me haya quedado ya sin espacio para desarrollar la cuestión aquí, que Descartes utilizó el trance hipnagógico experimentado a orillas del Danubio como un potente argumento para poner en duda la existencia de una realidad exterior a la mente. Se trata del segundo escalón de la ‘duda metódica’, el proceso de deconstrucción de las inciertas certezas que nos arrogamos sobre el mundo que concluirá, como es bien sabido, con el hallazgo de la única certeza absoluta: cogito, ergo sum; ‘pienso, por tanto existo’.




[1] Hoy parece establecido definitivamente que la muerte de Cervantes debió ocurrir el 22 de abril de 1616 y la de Shakespeare, el 3 de mayo, según el calendario gregoriano que entonces ya se utilizaba en España. La confusión con las fechas se explica, además de por la escasez de documentos disponibles de la época, porque en Inglaterra todavía se contaba entonces el tiempo con el calendario juliano.
[2] BAILLET, Adrien (1691), Vida de Descartes.
[3] DESCARTES, René (1995), Discurso del método; GRANADA, Miguel Ángel y LLEDÓ, Emilio (editores), Círculo de Lectores, Barcelona.
[4] Ibíd. (1995)
[5] Ibíd. (1995)
[6] STRATHERN, Paul (2015), Descartes en 90 minutos, Siglo XXI, Madrid
[7] En la psicología actual, se conoce esta fase del sueño como hipnagógica.
[8] SHAKESPEARE, William (1611), La tempestad, Acto 4, Escena 1
[9] Ahora, nuestro juego ha terminado. Estos actores, / como os dije, eran sólo espíritus y / se han fundido en el aire, en la levedad del aire: / y, al igual que la ilusoria visión que representaban, / las torres que coronan las nubes, los lujosos palacios, / los solemnes templos, el gran globo mismo, / sí, con todo lo que contiene, se disolverán, / y, como estos desvaídos espectáculos insustanciales, / no dejarán rastro. Estamos hechos de la misma materia / de los sueños y nuestra breve vida / cierra su círculo con otro sueño.
[10] CERVANTES, Miguel de (1615), El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, Cap. XXII
[11] CALDERÓN DE LA BARCA, Pedro (1635), La vida es sueño
[12] En 1633, tras un juicio instigado por el Tribunal del Santo Oficio —o Inquisición— en Roma, el Papa Urbano VIII condenó a Galileo Galilei a cadena perpetua. Ésta le fue conmutada por la de arresto domiciliario vitalicio cuando el padre de la ciencia moderna se retractó postrado de las afirmaciones contenidas en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, publicado el año anterior. Eppur si muove…
[13] SHAKESPEARE, William (1599), Hamlet, Acto III, Escena 1
[14] “Morir, dormir: dormir / y quizá soñar; ahí está la dificultad, / porque en ese sueño de la muerte, pueden venir los sueños / —una vez nos hayamos despojado de las vicisitudes de esta vida mortal— / que nos hacen meditar. Es este respeto / el que convierte tan larga vida en una calamidad.”




dissabte, 17 de maig del 2014

LA COMUNICACIÓN, NEXO ENTRE EVOLUCIÓN NATURAL y EMPRESA

Resumen ampliado de mi ponencia sobre comunicación en la Jornada sobre la Gestión de la Internacionalización de la Prevención de Riesgos laborales organizada por la Fundación Prevent
(Madrid, 6/05/14)

PRESENTACIÓN
El mercado es una selva donde se establece una lucha por la supervivencia de todos contra todos. En este contexto, puede resultar útil tener algunos conocimientos sobre el evolucionismo y sus leyes, en particular las de la evolución sociocultural. Me centraré en dos aspectos clave de la evolución: la comunicación y la prevención de riesgos. Teniendo en cuenta que la economía es un producto cultural y las empresas, agentes económicos, espero poder probar la pertinencia de este análisis.
BREVE INTRODUCCIÓN A LA TEORÍA DE LA EVOLUCIÓN
No tenemos mejor teoría explicativa de la naturaleza que la teoría de la evolución. Los fundamentos filosóficos del evolucionismo moderno se fraguan en la Ilustración, aunque su mejor formulación para la realidad concebida como un todo que evoluciona en el tiempo se puede encontrar en la obra del filósofo alemán G.W.F. Hegel (1770-1831). Es una teoría que ya nació multinacional e interdisciplinar; y en su desarrollo posterior lo es todavía mucho más.
Los principios naturalistas, basados en un ingente trabajo experimental de campo, fueron establecidos por el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882) y el geógrafo y botánico galés Alfred Russel Wallace (1823-1913). Es célebre el viaje alrededor del mundo del joven Darwin a bordo del HMS Beagle entre 1831 y 1836. El estudio de cómo se transmite la herencia fue iniciado en el s. XIX por el monje y botánico checo Gregor Johann Mendel (1822-1884) y el también botánico y genetista holandés Hugo Marie de Vries (1848-1935); por fin, la síntesis definitiva de las perspectivas anatomista y genetista la propuso en 1937 el genetista ucranio Theodosius Dobzhansky (1900-1975).
Darwin enunció el célebre principio según el cual el motor de la evolución de las especies es la selección natural basada en la lucha por la existencia (struggle for existence) inspirándose en las reflexiones del demógrafo Robert Malthus (1766-1834) sobre el eventual estancamiento y hasta colapso de las poblaciones, cuyo crecimiento es geométrico, a causa de la escasez de alimentos, que sólo crecen aritméticamente. El inglés Herbert Spencer (1820-1903) y otros sociólogos aplicaron la teoría evolucionista a las sociedades humanas acuñando el principio de la supervivencia de los más fuertes (survival of the fittest). Al entrar en juego las habilidades aprendidas y la voluntad de aplicarlas, Spencer dio por buena para las sociedades la tesis naturalista teleológica que Jean Baptiste Lamarck (1744-1829) expuso en su libro Filosofía zoológica (1809): “la función hace el órgano”.
El medio ambiente donde se produce la evolución de las especies es la naturaleza; el medio de la evolución cultural humana es la sociedad. Para seguir con la analogía de las ciencias naturales, el ecosistema en el cual batallan las empresas y corporaciones es el mercado. Parece razonable pues utilizar la misma metáfora bélica para el mercado económico que para los mares y las selvas: la lucha por la existencia.
Según el darwinismo, la evolución natural es ciega porque se basa en el azar. La naturaleza es un sistema dinámico en equilibrio inestable, por lo que se transforma continuamente. Cambia la corteza terrestre, cambia el clima, cambia la composición de la atmósfera y la salinidad de los mares, así como la circulación de las corrientes aéreas y oceánicas; también cambian (mutan) los genes de los seres vivos dando lugar a la biodiversidad. Lo que rige el éxito o el fracaso en la adaptación de los seres vivos a su entorno es haber sufrido o no las transformaciones orgánicas adecuadas en el momento preciso para tener ventajas competitivas frente a otras especies.
Sin embargo, la evolución cultural no es del todo azarosa. A la fortuna ─uno no elige el equipamiento neurológico con el que viene al mundo, por ejemplo─ se le añade el artificio. Aparecen factores tales como la inteligencia abstracta, la inventiva, la técnica, los conocimientos, la colaboración, la creatividad, la investigación, la imitación y la comunicación conceptual. Los humanos tenemos además intenciones y fines (a diferencia de la naturaleza) porque nuestras acciones se orientan hacia algún objetivo o utilidad práctica, hacia la prevención de potenciales peligros y riesgos, etc.
LA COMUNICACIÓN, UNA DE LAS CLAVES DEL ÉXITO EVOLUTIVO DE LOS ORGANISMOS COLECTIVOS
La entrada ‘Comunicación’, en la acepción tercera del Diccionario de la Real Academia Española, dice así: “Transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor”.
Para que exista comunicación efectiva, debe haber al menos dos sistemas capaces de procesar información, codificarla e intercambiarla eficazmente a través de un canal de manera que el mensaje pueda modificar sus estados internos. Los sistemas pueden ser organismos vivos u otros (artilugios electrónicos tales como ordenadores o teléfonos móviles, por ejemplo).
Si aceptamos esta definición, hay interacción pero no parece que haya comunicación entre Asia y el subcontinente indio para generar la cordillera del Himalaya. El monte Everest existe y sigue creciendo por acción de la resultante de las fuerzas mecánicas que describe la tectónica de placas.
Sin embargo, para la supervivencia y desarrollo de toda forma de vida, tanto la interacción con el medio como la comunicación entre individuos son esenciales.
La ameba (organismo unicelular, protista) reacciona a los estímulos físicos o químicos que capta de su medio ambiente con movimientos tales como el desplazamiento o el cambio de forma. Hay, desde luego, síntesis de información en alguna medida; sin embargo, no hay comunicación porque el entorno es pasivo.
Los animales (organismos pluricelulares) están dotados de órganos de los sentidos y se adaptan al medio en función del procesamiento de datos (es decir, de la síntesis de información) y la comunicación entre individuos. Los seres humanos, en cuanto animales, son por supuesto también objeto de la evolución natural.
Hay muchos seres vivos que obtienen propiedades emergentes por vivir en asociación mutualista (organismos colectivos). Entre ellos, hay sin duda comunicación. En el caso del hormiguero, la mirmecología afirma que, aunque lo constituyan decenas de miles de individuos en colaboración y se comporte como un superorganismo, es el instinto basado en patrones genéticos el que rige la (casi) totalidad de la conducta de las hormigas.
Sin embargo, en los grupos sociales de chimpancés y otros mamíferos superiores se aprecian algunas pautas de aprendizaje y transmisión de ciertas conductas (uso de palos para atrapar insectos, piedras para romper cáscaras, etc.). Según algunos etólogos, se trataría de hábitos culturales comparables a los de nuestros antepasados.
Por fin, la sociedad humana, de una complejidad y versatilidad enormes, no habría podido desarrollarse sin haber superado el mero instinto gracias a una herramienta de comunicación con un potencial formidable: el lenguaje natural. Éste posibilita la fijación y el aprendizaje de ideas, que es la base de la creación y la transmisión de cultura.
El hormiguero lleva existiendo desde hace unos 120 millones de años sin grandes cambios en sus pautas de organización. Las sociedades humanas, muchísimo más recientes (unos dos millones de años de hominización y alrededor de 100.000 desde la aparición del homo sapiens sapiens), están en constante transformación y readaptación. Esto ha sido posible porque la evolución cultural, muchísimo más veloz, ha tomado el relevo de la evolución natural.
Las sociedades humanas se fundamentan en la obtención y defensa de recursos económicos (‘economía’=organización del entorno). Los seres humanos construyen familias, estados, organizaciones, empresas… Las humanas son las únicas sociedades que siguen evolucionando en función de intereses sobrevenidos (confort, acumulación de bienes y poder, calidad de vida, ocio…); sobrevenidos, porque se alejan de las necesidades básicas de supervivencia cuando ya se ha alcanzado el equilibrio con el medio ambiente natural (alimentarse, reproducirse, defenderse, dormir…). Nosotros no sólo nos adaptamos al medio; también lo modificamos en nuestro provecho (o perjuicio).
Diversidad cultural
De las diferentes maneras de adaptarse a entornos naturales distintos surge una multiplicidad de culturas humanas muy bien reflejadas por la variedad idiomática. Hoy, a pesar de la globalización, se hablan en el planeta Tierra más de 5.000 idiomas con múltiples variantes dialectales. El mundo se estructura políticamente en más de 200 países, naciones o estados y muchos de ellos incluyen diversas y variopintas etnias o nacionalidades. En consecuencia, coexisten miles de microculturas.
No obstante, todas ellas tienen elementos en común: el lenguaje natural, la moralidad, estructuras sociales como la familia, la organización del poder y la de la economía; alguna forma de religión, tradiciones culinarias, juegos y otras formas de ocio, etc. Lo que David Hume denominó naturaleza humana (Tratado sobre la naturaleza humana, 1738), que hoy sabemos determinada en buena medida genéticamente, es lo que hace que todos los grupos humanos tengan maneras similares de resolver los problemas que la existencia les plantea. Son factores como la latitud, la orografía, el microclima, la cercanía al mar, la vegetación o su ausencia…; es decir, el hábitat en su conjunto el que causa diferentes estrategias de adaptación cultural. Así lo argumentó Montesquieu en El espíritu de las leyes (1748).
Así pues, somos iguales en la diferencia. Quien viaje por el mundo, no debería olvidar este lema. Y si tiene que trabajar en otros países, entonces debe tenerlo presente en todo momento. Las empresas transnacionales, y con más motivo si los países donde están implantadas pertenecen a ámbitos culturales históricamente muy alejados, no pueden soslayar la importancia del pluralismo cultural en su política de empresa y deben actuar en consecuencia. Según algunos sociólogos y antropólogos, ‘pluralismo’ es la convivencia enriquecedora de culturas, mientras que ‘multiculturalismo’ es la simple coincidencia en un territorio compartimentado donde las partes adolecen de falta de comunicación.
Acerca de la política de comunicación en las compañías transnacionales
Se ha dicho antes que el ecosistema de las empresas es el mercado. Se trata de un ambiente hostil donde se lucha por la supervivencia, como lo hacen las distintas especies de seres vivos en la naturaleza. En esa feroz lucha, la comunicación es un arma estratégica. Para ser eficaz, la comunicación debe ser fluida tanto en el ámbito interno de la organización como en el externo.
Ningún procedimiento logrará implantarse con éxito si no se diseña la formación adecuada, tanto para los empleados nativos como para los desplazados, de manera que ambos colectivos comprendan sus respectivas peculiaridades culturales (idioma, costumbres…) y puedan reconocerse mutuamente como iguales a pesar de las diferencias.
Es conveniente que la política de comunicación interna de la compañía sea abierta e inteligente. El flujo de la información debe ser circular y completo para que haya retroalimentación (feed-back) entre los diferentes estamentos.
La comunicación con las instituciones y organismos del país de acogida también debe ser fluida y razonablemente abierta (política laboral, interés por la región de implantación, respeto por el medio ambiente, compromiso con el desarrollo sostenible, responsabilidad social corporativa...)
LA PREVENCIÓN, FACTOR CLAVE EN EL PROCESO DE HOMINIZACIÓN Y EN EL DESARROLLO DE LAS EMPRESAS
Una de las consecuencias de la comunicación desde los inicios de la vida social de los homínidos fue la capacidad de aprender de la experiencia conjunta y anticipar situaciones comprometidas. La inteligencia proyectada al futuro permitió a nuestros antepasados evitar riesgos gracias a la imaginación o reaccionar más eficazmente ante los peligros (depredadores potenciales, setas venenosas, sequías o inundaciones, clanes de homínidos belicosos…). Esta actitud, que no es privativa de los homínidos, no ha dejado de manifestarse en todos los ámbitos de nuestra existencia.
Para la supervivencia de una empresa en el competitivo medio ambiente del mercado no parece que una buena política de prevención de riesgos laborales sea accesoria. No exclusivamente por razones cuantitativas (el ahorro en costes es fácilmente calculable), sino también por otras de cariz cualitativo como la mejora del ambiente laboral y la toma en consideración del factor humano (transmitir sensación de seguridad, reducir efectivamente la siniestralidad, invertir en la formación adecuada…). La información, cuya principal herramienta de transmisión es la formación continuada, es la mejor prevención
Las grandes directrices de la prevención de riesgos se rigen por la normativa de cada país. No obstante, la decisión de aplicarlas según criterios de mínimos o máximos depende del nivel de autoexigencia de cada organización.
RECAPITULACIÓN
Si Darwin estaba en lo cierto, entonces la evolución natural se debe a un azaroso devenir y todo ser vivo ha existido o ha dejado de hacerlo siguiendo un destino ciego. Si Darwin no tuviera toda la razón, como parecen sugerir algunas investigaciones en microbiología (verbigracia, la rápida readaptación de las nuevas cepas de bacterias a los antibióticos), quizá hubiera un hueco para el finalismo lamarckista en la teoría evolutiva.
Sin embargo y por lo que sabemos, no caben muchas dudas razonables de que, en la evolución cultural de las sociedades humanas, el éxito en la adaptación al medio se debe ─además de a la fortuna─ a factores tales como el cálculo racional, la laboriosidad, la innovación, el espíritu de sacrificio, la iniciativa, la comunicación y la prevención de riesgos.
CONCLUSIÓN
Aunque existiera algún tipo de predestinación divina, como afirma el protestantismo calvinista, lo cierto es que no lo sabemos. No nos queda otro remedio pues que actuar como si no existiera y luchar con nuestras mejores armas por sobrevivir en la jungla de la sociedad. Quizá tenga razón Max Weber cuando sostiene en La ética protestante y el espíritu del capitalismo (1905) que esta convicción explicaría la mayor competitividad de las organizaciones de países con cultura protestante con respecto a las de países con tradición católica. Si así fuera, ¿habría que resignarse a ello?

Lo sensato sería que no, por lo que hay que hacer un esfuerzo e invertir en políticas de comunicación eficiente y formación de calidad, así como en la eficaz gestión de la prevención de riesgos laborales.

dimecres, 17 de juliol del 2013

'HANNAH ARENDT', un biopic

Título: Hannah Arendt
Directora: Margarethe von Trotta
Nacionalidad de la producción: Alemana
Año: 2012
Duración: 113 min

He visto con placer la película biográfica filmada por Margarethe von Trotta sobre Hannah Arendt (1906-1975), una de las intelectuales más destacadas del siglo XX. Su condición de judía alemana y la época que le tocó vivir hicieron que experimentase en primera persona los turbulentos acontecimientos desencadenados por el nazismo en los años treinta. Fue discípula y amante del eximio filósofo Martin Heidegger, una intensa relación que marcó su pensamiento en teoría política ─nunca renegó de su maestro, a pesar de que Heidegger tuvo algo más que un coqueteo con el nazismo y jamás se retractó públicamente de ello─ y su vida sentimental ─aunque luego se casara dos veces y tuviera un feliz segundo matrimonio con Heinrich Blücher. Tras el triunfo electoral del Partido Nacionalsocialista y el encono del antisemitismo rampante, huyó a Francia desde donde viajó, ya en plena II Guerra Mundial, a los EEUU. Allí se naturalizó y enseñó en varias prestigiosas universidades hasta su muerte.
Escribió obras de filosofía política de gran trascendencia. Hay que destacar en especial Los orígenes del totalitarismo (1951), donde sitúa en el mismo plano dos modelos de estado totalitario que muchos consideraban en ese momento contrapuestos: el nazismo y el comunismo; también La condición humana (1958), un profundo análisis de la esencia social de la humanidad. Publicó asimismo Eichmann en Jerusalén: un informe sobre la banalidad del mal (1963), desarrollada a partir de los materiales obtenidos de su cobertura del juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén.
El biopic de Magarethe von Trotta, protagonizado por una excelsa Barbara Sukowa en el papel de Hannah Arendt, trata precisamente de ese crucial episodio en la vida de nuestra intelectual. Eichmann se había refugiado en Argentina tras huir de la Alemania derrotada (muchos oficiales nazis hallaron plácido retiro y refugio cómplice en diversos países de América), pero había sido capturado y trasladado a Israel por agentes del Mosad en 1960. Al año siguiente, cuando se supo que el criminal de guerra iba a ser juzgado por un tribunal en Jerusalén, Arendt se ofreció al periódico The New Yorker para cubrir el acontecimiento como periodista. Que una eminente y reputada filósofa se postulara para ejercer de corresponsal no era una ocasión que un periódico que se preciara pudiera desaprovechar y, en buena lógica, fue contratada.
Una vez en Jerusalén, Hannah Arendt se reencuentra con viejos amigos de su juventud en Alemania y asiste a las sesiones del juicio. Cuando escucha hablar a Eichmann y a algunos testigos de cargo judíos que sobrevivieron al holocausto, Arendt tiene dos revelaciones que habrían de focalizar su informe: la banalidad del mal y la colaboración necesaria de las organizaciones judías europeas para que la ‘solución final’ fuese tan efectiva. En efecto, del discurso burocrático del probo empleado Eichmann ─un sujeto gris, de carácter anodino y vulgar en su servilismo─, quien se encargaba de organizar eficazmente los transportes de judíos de buena parte de Europa a los campos de la muerte, infiere Arendt lo que debió ser el distintivo de tantos y tantos mamporreros del nazismo. Eran funcionarios del régimen que ejecutaban las más bárbaras órdenes de sus superiores con obediencia y diligencia, esto es: sin pensar. Sin pensar en si lo que estaban haciendo estaba bien o estaba mal, si era cruel o hasta inhumano; si les hacía, en fin, responsables o no de la suerte de aquellos a los que conscientemente enviaban a los campos de exterminio. Eran piezas esenciales para el funcionamiento de la monstruosa maquinaria nazi, aunque luego pretendieran escudarse en la cadena de mando para eximirse de cualquier responsabilidad.
¿Cuántos miles de disciplinados Adolf Eichmann hicieron falta, en cargos de mayor o menor responsabilidad, para llevar a cabo la localización, detención, transporte y exterminio de seis millones de personas como si de un eficiente procedimiento industrial se tratara? ¿Cuántas decenas de miles de cómplices ─no exclusivamente alemanes─ hubo de tener la operación de delación y liquidación de los judíos a escala europea? ¿No tuvo algo o mucho que ver con esa macabra eficacia la entrega de los listados que contenían los nombres de los miembros de las comunidades a las autoridades nazis por parte de los propios responsables de las sinagogas y las congregaciones judías? ¿Qué esperaban obtener a cambio los colaboracionistas judíos? ¿Quizá salvar sus propias vidas?
Estos punzantes interrogantes se clavan en la mente de Hannah Arendt mientras presencia el proceso contra Eichmann (creo que fue un acierto de la directora haber insertado imágenes reales del juicio durante el montaje de la película). La responsabilidad en las atroces matanzas no fue sólo de los máximos líderes e ideólogos nazis como Hitler, Goebbels y Himmler; también los fríos ejecutores que estaban al mando de la organización de los transportes y de los campos de concentración y exterminio tuvieron gran importancia en el éxito de la operación de aniquilación conocida por el significativo nombre de ‘solución final’. Sólo que, a diferencia de sus jefes, estas meras ruedas dentadas de la vil maquinaria asesina creían firmemente estar sólo cumpliendo órdenes. Con esmero, por supuesto, porque ellos eran eficaces y abnegados profesionales.
Ahora bien, que Eichmann actuara sin pensar no lo convierte en irresponsable a los ojos de Arendt, y aún menos en inocente. Contra lo que entendieron muchos al leer su informe, Eichmann es para Hannah Arendt un criminal sin ningún género de dudas. La filósofa metida a reportera sólo pretende llamar la atención sobre el hecho de que el mal suele ser a menudo el simple producto de la colaboración entusiasta, del silencio cómplice o de la inacción ante la injusticia cometida que la consecuencia de malas ideas bien meditadas o de una mala voluntad. A menudo, los motores del mal son factores tan humanos como el miedo a perder algo preciado ─la vida, quizá─, la esperanza de sacar tajada de la desgracia de otros o el cosquilleo de sentir que se forma parte de un poder que se ejerce contra otros. El instinto de supervivencia a toda costa, la envidia malsana y la ambición desmedida pueden causar grandes males. Por eso dice Arendt que el mal es banal. ‘La banalidad del mal’ es la fórmula que expresa cómo el mal no surge tanto de grandes construcciones teóricas como de los deseos y pasiones más ordinarios de la condición humana. Los mismos motivos patéticamente egoístas que exhibió Eichmann en los interrogatorios fueron los que impulsaron a algunos líderes de las comunidades judías askenazíes a colaborar con los jerarcas nazis. Eso es lo que salió a la luz en el juicio de Eichmann en Jerusalén, para desolación de muchos de los supervivientes.
Arendt ató cabos, interpretó filosóficamente la cuestión y elaboró un brillante informe que fue publicado por entregas en The New Yorker. Las reacciones no se hicieron esperar. Las primeras, provenientes de los propios judíos norteamericanos, fueron furibundas. Se consideraban traicionados por la filósofa judía ─al fin y al cabo, una de los suyos─ a quien reprochaban disculpar a Eichmann al tiempo que acusaba a los líderes judíos europeos de haber contribuido al holocausto. Por más que Arendt intentó aclarar racionalmente su posición, algunos antiguos buenos amigos le retiraron la palabra y su bien labrado prestigio académico se vio mancillado. No importaba que sus argumentos fueran sólidos, que se atuviera a los hechos probados en el juicio y a las declaraciones habidas ante el tribunal; tampoco importaba que la honestidad intelectual de Arendt estuviera fuera de toda duda. Cuando se tocan los sentimientos, la razón encoge.
Lo cierto es que Arendt actuó como una auténtica filósofa. Ella persiguió la verdad como un detective persigue al criminal. Y persiguiendo la verdad se topó con algunas sorpresas, como que el mal es a menudo banal (por eso cualquiera puede obrarlo: su vecino, su hijo, usted misma. ¿Hace falta rememorar lo que ocurre en cualquier guerra civil?); y también que algunas víctimas se prestan a colaborar con los victimarios a la espera de obtener algún beneficio a cambio (es bien sabido quién se ocupaba de mantener el orden en los barracones de los campos de concentración).

La tarea del intelectual es ser honesto con la verdad ─o, por lo menos, con lo que cree honestamente que es la verdad─ y construir sólidos argumentos que sostengan su punto de vista. Es frecuente que eso disguste a alguien y, si ese alguien es poderoso, puede que tome represalias contra el causante del disgusto. Así se pierden amigos, empleos, estatus social y, en casos extremos o situaciones históricas propicias, puede que incluso la vida. En este sentido, un intelectual honrado es a menudo un héroe; y Hannah Arendt era sin duda una intelectual honrada.

diumenge, 9 de juny del 2013

La implacable extinción de la Filosofía en secundaria

La filósofa Amelia Valcárcel publicó el viernes 7 de junio un bello, sentido y razonado artículo en el diario El País titulado Descartes: poner el mundo en pie. Se trata de un sin duda loable intento de llamar la atención, una vez más, de las autoridades educativas de uno u otro signo político sobre la importancia de la presencia de la Filosofía en las enseñanzas medias. A mí me parece que, por desgracia, y aunque los primeros espadas de la filosofía en la universidad rompan lanzas en favor de la pervivencia de las materias del área de Filosofía en los currículos de la ESO y el bachillerato, se trata de una batalla perdida de antemano. Hace ya muchos años que existe la idea, entre nuestra clase dirigente, que la filosofía no es más que un inane adorno cultural quizá útil para el deleite de unos pocos, pero perfectamente irrelevante en la vida económica y social. Los saberes filosóficos no son necesarios para nada y hay que dejar cuantas más horas disponibles, mejor, para aquellos conocimientos que sí van a ser útiles en la vida adulta de los estudiantes. No voy a discutir ahora esa idea, bastante lo he hecho ya tanto en las aulas como en mis escritos.
Lo cierto es que si las vacas sagradas de nuestra filosofía patria no logran hacerse escuchar por los poderosos, ¿qué se puede esperar de los miembros del gremio de los enseñantes en secundaria y formadores?; o de los nuevos opinadores online, los blogueros, tan tenaces, disciplinados y regulares  como escasamente influyentes con sus reflexiones y desvaríos ─salvo unos pocos, aunque a menudo por razones que poco o nada tienen que ver con la calidad y riqueza de sus aportaciones.
Desde que entró en vigor la LOGSE, he visto decrecer sin pausa la presencia en horas y la influencia en términos absolutos de la Filosofía en el plan de estudios de bachillerato. Nada ni nadie ha conseguido revertir la regresión. La Ley Wert es una piedra más sobre la tumba de la que un día fuera la madre de todos los saberes racionales. Sin embargo, es cierto que su sangre fluye por las venas de sus hijos, las ciencias. O los genes de la madre, si así se prefiere, informan las células de sus vástagos. Y no sólo eso sino que, como bien nos recuerda Valcárcel, la estructura de nuestra ideología o cosmovisión está armada con los pensamientos de los grandes filósofos, desde Platón hasta Rawls ─aunque pocos sean conscientes de ello.
La cuestión de fondo no es tanto si habrá en el futuro próximo un espacio para la materia Filosofía en los horarios, sino si puede practicarse debidamente la reflexión filosófica ante cualquier objeto (ya sea la física, la economía, la historia, la genética, la matemática...) sin contar con los especialistas en la materia. A tenor de mi experiencia, estoy persuadido de que no. Sin embargo, no hay cuidado: la Tierra seguirá su danza giróvaga por el espacio sideral y España su rumbo incierto entre el (des)concierto de las naciones.
Para este viaje, que nos permitió asomarnos por un tiempo al espejismo del club de los países más ricos y cultos que el nuestro, ¿hacían falta alforjas? Sea como fuere, lean el artículo de Amelia Valcárcel. Vale la pena.

diumenge, 30 de desembre del 2012

¿A qué juegan los niños de hoy?


Hace unos días y con motivo de un receso en las reuniones familiares de las fiestas navideñas, nuestros amables vecinos nos invitaron a una opípara cena en su casa. Los elaborados y deliciosos manjares regados con buen vino amenizaron la conversación que cambiaba de un tema a otro, como suele ocurrir en estas ocasiones.
En un momento de la velada surgió el tema de las habilidades de los niños para jugar con los dispositivos electrónicos a su alcance, ya sean teléfonos móviles, consolas, tabletas u ordenadores. Como decía acertadamente nuestra anfitriona, ‘los niños de hoy han echado los dientes’ con estos cacharros y les son por tanto tan naturales como a nuestra generación andar en bicicleta, saltar a la comba, perseguir todo tipo de balones, vestir muñecas o ejercitar la puntería a pedradas. Hubo un punto en el que la conversación se atascó, y fue además por mi culpa. Ocurrió que me empeciné en un aspecto secundario de la cuestión en el que, por cierto, no quería fijarme y ahí quedé atrancado. Sin duda, el grado etílico que había ido alcanzando paulatinamente tuvo algo que ver, puesto que a mí el alcohol me suelta tanto la lengua como me enerva el raciocinio. La cosa no tuvo mayor importancia, ya que mis comensales eran gente civilizada y se pasó a otro tema sin más.
En ese capítulo de la cena, yo no defendía (como quizá pudiera haber parecido) que fuera malo para los niños entretenerse con los aparatos electrónicos. En esto, como en casi todo, el secreto está en la dosis. Lo que yo pretendía decir era lo siguiente: aunque a algunos progenitores o abuelos les parezca que sus retoños son niños-prodigio por la soltura con la que utilizan esos dispositivos, lo cierto es que la normalidad con la que la inmensa mayoría de ellos se maneja con los aparatos digitales deja claro que son habilidades al alcance del común de la gente. Los habrá más dotados y más torpes, exactamente igual como ha ocurrido siempre en cualquiera de los juegos tradicionales. En cuanto a la utilidad de ese tipo de juegos para la formación de los niños y jóvenes ─aceptando sin reservas que saber utilizar los dispositivos electrónicos es de todo punto imprescindible en el mundo actual y la evolución tecnológica un proceso irreversible (salvo que sobrevenga una catástrofe universal que nadie cuerdo desea)─ sus beneficios son menos puros de lo que se suele dar por supuesto.
Está claro que esa tecnología permite jugar, adiestrarse en ciertas habilidades y potenciar otras, entretenerse (los jóvenes y los no tan jóvenes), confinarse cada miembro de la familia en su reducto privado durante horas (lo que puede redundar en una mayor tranquilidad en el hogar y hasta en la calle); puede facilitar además la teleconexión con familiares y amigos, permitir el establecimiento de nuevas relaciones a distancia, acceder a un sinfín de información y no sé cuántas cosas más.
Algunas de las virtudes mencionadas tienen su reverso, como la de que quién puede ser conocido a través de las redes sociales sea un indeseable agazapado tras la seguridad del anonimato. Como también es cierto que la utilización excesiva de los dispositivos electrónicos provoca aislamiento, estrés, problemas de visión, alteraciones nerviosas, impaciencia y adicción. Esta última se está diagnosticando clínicamente ahora entre los jóvenes surcoreanos pero es evidente que no les afecta sólo a ellos, como cualquiera habrá comprobado cuando observa a jóvenes (o adultos) de cualquier lugar o procedencia permanentemente enganchados a sus móviles con los que whatsappean o twittean sin parar. Cada vez parece más difícil que nadie se concentre en una actividad que requiera sosiego y reflexión, como la lectura. Todo tiene que ser inmediato, instantáneo, rápido, fugaz. No es sólo que los cachorros digitales no estén dispuestos a realizar el esfuerzo que supone leer a Platón o a Joyce (no pierdo de vista que entre los de mi generación tampoco abunda ese tipo de lector); es que la mayoría ni siquiera lograría concentrarse en La isla del tesoro o en el periódico… suponiendo que alguna vez se lo propusiera.
Lo he dicho antes: para bien y para mal, esta realidad es irreversible. Sólo el tiempo nos permitirá ir conociendo el balance resultante de los pros y los contras de la digitalización de la sociedad. Cada uno debe aprovechar las ventajas y evitar los inconvenientes de la nueva era digital según su recto entendimiento y sin perder de vista el viejo método de aprendizaje conocido en psicología como de ensayo-error. Pero eso sí, hagámoslo bien pertrechados de sentido común, sin fundamentalismos dogmáticos ni papanatismos.
Y a nuestros encantadores vecinos y a mi sufrida mujer: ¡gracias por tan deliciosa velada y por la paciencia que mostrasteis conmigo!

dimarts, 30 d’octubre del 2012

¿Dónde reside el alma?


Ha levantado gran polvareda la manifestación de la popular presentadora de Las mañanas de TVE, Mariló Montero, sobre el riesgo que entraña la utilización de los órganos del cadáver de un asesino en una operación de trasplante, puesto que su personalidad podría invadir el nuevo cuerpo y decantarlo a cometer crímenes parecidos a los que efectuó con el anterior organismo. Lo argumenta con un contundente aserto: “No está científicamente demostrado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos”
Esta afirmación fue rápidamente amplificada en los medios y en las redes. Unos  para celebrarla y los otros ─los más, parece ser─ para denostarla. Al cabo de pocos días, Mariló Montero fue apartada del programa. Ignoro si se debió exclusivamente a su opinión sobre los trasplantes o hubo algún otro motivo, pero el caso es que, con respecto a los órganos y el alma, no dijo ningún disparate. En lo esencial, la señora Montero tiene razón: no está comprobado que el alma no se transmita en un trasplante de órganos (para ser rigurosos, es preferible sustituir el término ‘demostrado’ por ‘comprobado’; sólo las afirmaciones de la lógica y las matemáticas, ciencias puramente formales, son demostrables). Aclaro que reconociendo que tiene razón no pretendo validar los conocimientos científicos ni la sagacidad filosófica de Mariló Montero. Quizá sea lo que parece y no sepa de qué habla; o quizá sí. Puesto que yo no sé nada de ella, me abstendré de juzgarla. Sólo voy a ceñirme al contenido de la afirmación, que en sí misma es verdadera.
La noción de alma es tan antigua como el pensamiento humano, es decir, tan vieja como la humanidad. Desde siempre se ha querido explicar la vida como el resultado de un principio vital que anima el cuerpo. A este principio vital se lo ha asociado al aire, al fuego, a la energía cósmica o a la divinidad. Los nombres que la tradición occidental ha acuñado provienen obviamente de Roma y de la Hélade: alma, del latín animus; psique, del griego psyché. No hay en la antigüedad nadie que haya tratado la cuestión de la existencia del alma y su misterioso acoplamiento con el cuerpo como Platón. Algunos de sus más célebres mitos literarios, como el mito del carro alado y el de la caverna, se refieren a ella. El pensamiento platónico es riquísimo y arroja luz sobre el problema del alma, pero en ningún modo lo resuelve ni acaba con nuestras dudas al respecto. Las reflexiones de Descartes en la época moderna, aunque sean expresadas en otro lenguaje desprovisto ya de la mitología antigua, siguen apoyándose en parte en la religión, solo que ahora en la de confesión cristiana. El gran pensador galo no encuentra la manera de poder argumentar tan clara y distintamente en el asunto del alma como en las deducciones matemáticas, en la que es un reconocido maestro. Desde Descartes, los filósofos han preferido el término ‘mente’ al de ‘alma’. Con ello, pretenden liberar sus reflexiones de la carga religiosa que la palabra ‘alma’ arrastra.
Tanto Platón como Descartes constituyen paradigmas más que meros ejemplos de filósofos dualistas. Ambos son racionalistas, pero eso no significa que todos los dualistas lo sean. También hay dualistas empiristas o racioempiristas, pero estos no pretenden fundar en el entendimiento la prueba de la existencia del alma sino que la consideran sólo como el motor de los comportamientos observables. Sin embargo, tomada como un principio o sustancia independiente del organismo, consideran el alma como algo inexistente o abiertamente fuera del rango del conocimiento. Es decir, que el alma se expresa en las intenciones y en las acciones del individuo, de las que sólo estas últimas son observables. Mentir, ayudar, plagiar, estar triste o alegre, tener envidia o admirar, así como pasar frío o calor, hambre o sed son rasgos del alma (o mente). Eso es todo lo que podemos conocer de ella.
La noción de alma a menudo ha sido asociada a la de divinidad. El alma como principio vital sería el soporte de nuestra conexión espiritual con dios o los dioses. Será por eso que las más distintas religiones han pretendido tener la exclusividad en su tratamiento, aunque ninguna lo haya logrado por completo. Puesto que cada uno de nosotros pasa más tiempo que nadie a solas con su alma, sea lo que sea el alma y signifique lo que signifique aquí ‘suya’, a nadie concierne tanto la cuestión del alma como a uno mismo (a cada uno-mismo la suya propia, claro). Incluso los desalmados tienen que vivir con ella en su interior.
La ubicación que tiene el alma en el cuerpo o el lugar donde uno y otro principio, cuerpo y espíritu, se unen ha sido un misterio durante milenios. Pero finalmente se asentó ─probablemente en la Grecia clásica de manera definitiva─ la idea de que el alma reside en el cerebro. Si cambiamos la palabra ‘alma’ por ‘mente’, hoy no existen dudas razonables de que la mente es el resultado de la actividad cerebral. Sólo si nos aferramos a una concepción mística del universo podemos pretender que el alma se reparte por el conjunto del cuerpo, en cada uno de sus órganos y fluidos, y que el espíritu se funde con el mundo material por doquier. Existen propugnadores de esta teoría en la actualidad como ya existieron en la antigüedad. Y aunque estén fuera del paradigma científico dominante, lo cierto es que no sabemos si sus creencias son acertadas o no. Bien, si el alma (o mente) es el resultado del funcionamiento del cerebro, entonces el único órgano que supondría un traslado de la personalidad en un trasplante sería el cerebro. En el momento presente, la neurocirugía no permite una operación tan compleja. Si algún día la tecnología lo posibilitara, habría que legislar al respecto, lo que no se me antoja menos complejo que la mismísima operación quirúrgica.
El Dr. Frankenstein, surgido de la formidable imaginación de Mary Shelley, ya lo logró en el s. XIX con su desgraciada criatura. Los filósofos de la mente contemporáneos, por otra parte, juegan magistralmente con la idea analizando teóricamente sus consecuencias. Pero, aquí y ahora, quizá nos resulte más útil Karl Popper y su teoría de la falsación para comprobar la veracidad del postulado de la señora Montero. ‘Falsación’ (falsation) es el neologismo que acuñó Popper para referirse a un criterio que permitiera dilucidar si un enunciado (o proposición) es o no científico. Haría falta aquí sin duda una introducción más completa a la terminología usual en filosofía de la ciencia, pero me voy a limitar a aclarar someramente algunos conceptos. Un enunciado (o proposición) es una frase que expresa una afirmación de algo sobre algo, es decir, expresa la atribución de un predicado a un sujeto. Formalmente se expresa así: ‘A es B’, donde ‘A’ representa al sujeto y ‘B’ al predicado. ‘Juan es alto’ es un ejemplo de enunciado o proposición. Una proposición negativa sería, ciertamente, la negación de un atributo a un sujeto: ‘Yo no soy rico’, sin ir más lejos.
La ciencia, el conocimiento científico, se expresa en proposiciones. Expresiones como ‘Plutón no es un planeta del Sistema solar’ o ‘La actual crisis económica comenzó en los EUA en 2007’ son atribuciones de predicados a sujetos. Ahora bien, la oración ‘¿Qué hora es?’ no es una proposición, puesto que en ella no se dice nada sobre nada, sino que sólo se inquiere por algo, a saber, la hora actual, que desconocemos. La ciencia opera intentando verificar un tipo particular de proposiciones que sirven como punto de partida para llegar al conocimiento: las hipótesis. Una hipótesis es una suposición explicativa para un hecho observado. Si somos capaces de verificarla suficientemente, entonces se convierte en ley o principio general válido. O, por lo menos, será ley mientras ulteriores investigaciones no la abroguen. Esto no debe escandalizar ni decepcionar a nadie, puesto que la ciencia se construye a menudo sobre las ruinas de lo que fueran verdades científicas anteriormente. ¿O no era Plutón el noveno planeta del Sistema solar en nuestros antiguos y ya obsoletos libros de texto de la no menos periclitada EGB?
La verificación no siempre resulta fácil para la ciencia, bien sea por problemas técnicos o por la imprecisión del aparataje conceptual. Para la pregunta ‘¿Hay otras formas de vida en el universo que las que conocemos en la Tierra?’ o, para expresarla de otra forma, ‘¿Hay vida alienígena?’ no parece fácil determinar si la respuesta correcta es ‘sí’ o ‘no’, una vez se ha comprobado fehacientemente que en los lugares más próximos ─sólo relativamente conocidos─ de nuestro Sistema solar no la hay. Aquí el problema es doble: existe una dificultad conceptual (¿son posibles formas de vida que no se basen en la química del carbono?) y muchas de carácter técnico (¿cómo podemos explorar con la tecnología aeroespacial actual planetas situados en sistemas estelares que distan años luz de La Tierra?). En consecuencia, no podemos verificar las respuestas a esa pregunta, ciertamente. Pero ¿la convierte su no verificabilidad en un enunciado no-científico? No lo parece, aunque tengamos que reconocer que aparentemente no hay verificación posible en el actual paradigma científico. Sin embargo, el método de Karl Popper permite considerar el enunciado ‘Hay vida alienígena’ o su contraria ‘No hay vida alienígena’ como proposiciones científicas, puesto que aunque no las hayamos contestado sí sabríamos que tipo de experimentos diseñar para poder falsarlas.
La teoría de la falsación establece que un enunciado es científico si y sólo si se puede establecer un método experimental para probar que es falso lo que afirma. Un ejemplo clásico del mismo Popper es el siguiente: para saber si es científica la proposición ‘Todos los limones (maduros) son amarillos’ lo que hay que buscar es un limón que no lo sea. Si lo encontráramos, la afirmación se convertiría en falsa, sí; pero, mientras no lo encontremos, la afirmación sigue siendo verdadera. Este de momento quizá parezca desesperanzador al profano, pero como se ha dicho más arriba y es desde hace un siglo uno de los postulados fundamentales de nuestro paradigma científico, las ciencias experimentales sólo prometen que las cosas parecen ser así por ahora. El criterio de la falsación científica es eminentemente empirista: la posibilidad de una experimentación sensible es la única piedra de toque válida para las hipótesis de las ciencias empíricas.
Ahora bien, ¿qué ocurre con afirmaciones como ‘Dios es trino’ o ‘El alma es inmortal’? ¿Podemos verificarlas? No. ¿Podríamos falsarlas? ¿Cómo, si ‘dios’ y ‘alma’ son, por definición, entidades inobservables? No existe la posibilidad de diseñar experimentos para verificar la existencia de dioses y almas ni tampoco para falsarla. Por eso decimos que se trata de instancias metafísicas y se encuentran fuera del alcance de la ciencia. No hay ninguna posibilidad razonable de conocerlas científicamente. Cualquier propiedad de un alma entendida como algo diferente al resultado del funcionamiento del cerebro no es afirmable ni negable científicamente. Por lo tanto, su migración ya sea entera o por partes de un cuerpo a otro, tampoco. Tiene razón la Sra. Montero; sin embargo, cabría añadir a su frase que no sólo no hay pruebas científicas de la trasmigración de las almas, sino que ni siquiera puede haberlas porque no puede llevarse a cabo un experimento científico que pueda determinarla.
Como sea que el comentario de Mariló Montero fue originado por el potencial trasplante de órganos del doble homicida de El Salobral (Albacete), se puede fácilmente relacionar con el célebre caso de Gary Gilmore. Cuando estaba empezando a escribir este artículo, el 26 de octubre a las 19.20, pude oír en un programa musical de Radio 3 la historia de este asesino de Utah condenado a muerte en 1977 por sus crímenes y cuyos ojos fueron trasplantados a un receptor después de la ejecución de la sentencia. El grupo punk británico The Adverts compuso una canción titulada ‘Gary Gilmore’s Eyes’ en 1979, que me apresté a escuchar con vivo interés deleitándome en los azares que nos depara el destino. Puestos a imaginar, ¿qué vería el nuevo usuario de los ojos de Gary Gilmore? Pues esperemos que nada más y nada menos que la luz, como todos los seres dotados de ojos.

dimecres, 23 de maig del 2012

Les llengües i la comunicació


El principal entrebanc per viatjar és ─la manca de diners a banda─ l'idioma. La distància, un cop feta la separació entre quilòmetres i cost econòmic, pot ser un impediment per a mandrosos i sedentaris irreductibles; però la llunyania avui ja no és un obstacle seriós per aquells que volen conèixer in situ altres nacions situades en latituds o longituds diferents de les del nostre petit país. Anar a l'Argentina sempre serà més fàcil per a qui tingui el castellà com a llengua pròpia que visitar el Regne Unit, per més que les distàncies que ens separen d'ambdós destins siguin incomparables. Per a qui tingui l'anglès com a llengua pròpia, viatjar a qualsevol país de la Commonwealth és, en algun sentit, com no sortir de casa. I això encara que l'anglès de Nova Zelanda i el dels EUA siguin tan diferents del de Birmingham com el castellà del Perú o Xile ho són del de Zamora. Parlar una llengua estrangera facilita els moviments pels països que la tenen com a pròpia en relació directa al domini que en tingui el viatger. Tenir poca fluïdesa amb el francès, per exemple, barra la integració entre els habitants de Rouen. ¿Com li preguntes a un vianant qualsevol pels costums alimentaris de la vil·la? Igual que uns recursos limitats en l'ús de l'anglès poden entorpir la interacció amb els ciutadans de Minneapolis o Londres. Si es vol sortir dels tòpics de la guia turística (eficaços però limitats), cal poder mantenir una conversa amb la gent del país. Quan un ciutadà alemany estiueja a la Costa Brava, no participarà en la vida social de Palafrugell si no parla una mica de català o castellà, encara que només sigui per demanar consell a un nadiu sobre un restaurant òptim o una platja tranquil·la; o per parlar del temps, la conversa més universal que hi ha. Per regla general, si un no és capaç de comunicar-se en les llengües pròpies de cada país no passarà de la superficialitat més epidèrmica en les relacions socials que estableixi ─si és que gosa establir-les.

Hom pot pensar que per això existeixen les llengües franques, és a dir, aquelles que per les circumstàncies històriques, polítiques, econòmiques i culturals de cada àrea geogràfica s'han convertit en vehicles de comunicació compartits per parlants de diverses nacionalitats. L'alemany és utilitzat com a segona llengua per gent de molts països de l’Europa central i, juntament amb el francès, el portuguès i el castellà (en aquest cas ben anomenat espanyol), és la segona llengua ─o, en ocasions, la llengua culta─ de les excolònies que les potències europees van haver de deixar escampades pel planeta a conseqüència de llurs emancipacions en cadena. No obstant, la llengua franca per excel·lència avui és l'anglès, tant per l’hegemomia dels EUA al món actual com per l'herència que l’Imperi britànic va deixar en els cinc continents. No és la llengua que té més parlants naturals ─aquest lloc correspon al xinès mandarí, com és sabut─, però sí és la llengua que utilitza més gent al món per comunicar-se amb parlants d'altres idiomes. És clar que en molts casos es tracta d'un anglès empobrit i reduït, una mena de farmaciola de recursos lingüístics bàsics per sortir del pas. S'ha trivialitzat molt la paraula 'saber' per a tot, en particular pel que fa als idiomes. Es diu “sé anglès” amb molta facilitat, encara que a vegades el saber del qual es disposa no passi d'un “How do yo do?”, un “Good morning”, un “Thank you”, un “Bye bye” i quatre coses més, molt útils per no quedar-se fent l’estàtua o gesticulant com un mim però que disten molt de saber parlar una llengua com Déu mana. Dominar una llengua estrangera és una altra cosa, que no té tant a veure amb l'accent com amb un coneixement suficient de la gramàtica, el lèxic, els girs dels argots populars (que muten ràpidament), una mica de la història i un molt dels costums locals. Sense tenir un cert domini d’aquests requisits, mai es podrà connectar amb els nadius, encara que la gent amb qui es tingui tracte no sigui especialment cultivada.

A les persones formades que dominen prou o molt bé la llengua pròpia però desconeixen la llengua del país visitat, els sol resultar xocant el fet d'anar de viatge a un indret on els seus rics recursos lingüístics es tornen inútils. No poder parlar normalment, tal i com estan acostumades a fer, se senten reduïdes a la infantesa (la paraula 'infant' significa etimològicament 'el que no parla'), es queden paralitzades. Es veuen a si mateixes parlant com els indis de les pel·lícules: utilitzant monosíl·labs i verbs en infinitiu (quina imatge tan irreal de les llengües dels aborígens d'Amèrica!). Es veuen despullades del seu ser, despersonalitzades. Per això se solen aïllar. Si viatgem a Iran ─és un suposar─ ja es dóna per descomptat que no ens entendrem i no ens importa ni poc ni gens. “Ningú té l'obligació de saber parsi”, pensem. O una altra insensatesa similar: "Amb l'anglès que porto al sarró, ja n'hi haurà prou, perquè tothom sap anglès”. Ni és cert que ningú tingui l’obligació de conèixer el parsi ni que tothom la tingui de parlar l'anglès. Si la meva empresa prospectora m’envia a treballar a Ispahan, serà molt convenient que aprengui parsi per més que a l’entorn laboral s’utilitzi l’anglès. No és exactament una obligació, sinó més aviat una conveniència. Els col·legues nadius agrairan el fet que em dirigeixi a ells en parsi (o que ho intenti, almenys) i segur que m’ho faran notar. Els estats amb cultures sense complex d’inferioritat, com l’alemany o el francès, valoren i fomenten l’ús dels seus idiomes entre els treballadors estrangers que contracten les seves empreses, així com exigeixen als organismes internacionals dels quals formen part que les utilitzin en el seu funcionament intern. La cultura espanyola, molt potent però terriblement acomplexada des de la decadència d'Espanya a la política internacional en els segles XVIII i XIX (en el XX, senzillament ja no comptava al món), no ho fa. Ni en els organismes públics ni en les institucions privades. Això explica que tractant-se de la tercera llengua mundial en nombre de parlants i molt a prop de la segona, el castellà no tingui el mateix estatus com a llengua franca que sí té l'anglès, que ocupa el segon lloc. No es tracta de xovinisme, sinó de fer notar una obvietat. La llengua que ens permet expressar tota la riquesa de la nostra vida mental ─en la mesura que aquesta riquesa existeixi i comptem amb els recursos lingüístics per expressar-la─ és la llengua materna (en els casos que existeixi una llengua madrastra, aquesta s’hi pot acostar molt; tant, que si ha estat més ben conreada que la materna la pot suplantar en alguns usos: com a vehicle d’expressió escrita, sense anar més lluny). Un exemple de llengua madrastra pot ser el castellà per als catalans que tinguin la llengua catalana com a vernacla. La generació dels meus pares ─per parlar d’una generació ben propera─, tret de casos molt excepcionals, no llegeix el català amb facilitat i, quan s’atreveix a escriure’l, ho fa amb grans dificultats i mancances. Independentment del grau de formació que hagin assolit, tenen molta més soltesa i solvència per llegir i escriure en castellà. Amb la llengua oral, els passa tot just el contrari: només cal sentir-los parlar. El motiu és que, per raons polítiques, no van rebre formació acadèmica en la seva llengua materna (el català), sinó en la madrastra (el castellà); en canvi, quan parlen, ho fan usualment en català. Per això el seu català oral és molt més fluid que el castellà. Aquest fenomen lingüístic és anomenat pels especialistes diglòssia.

Conèixer llengües diferents de la materna és enriquidor. A més, pot ser un indicador entre d’altres del grau de cultura que ha assolit un individu. Dominar una llengua estrangera obre moltes portes, laborals i socials. És comprensible tenir reticències a intentar-ho perquè d’ordinari ja ens arreglem amb la nostra o perquè no volem esforçar-nos moltíssim per no passar de ser en tota la vida uns aprenents. No és una obligació, queda dit. Però és altament recomanable si hom té inquietuds intel·lectuals, culturals i laborals que van més enllà del proper, de l’immediat. No caldria haver de repetir que les llengües estrangeres no es redueixen a l’anglès, l'actual llengua franca (però la idea s'ha afermat tant en l'imaginari col·lectiu que no és en absolut ociós); ni que l’anglès no es redueix al patuès que molts dels seus perpretadors utilitzen. A aquells que confien que la tecnologia i els ginys electrònics els resolguin el problema, els diria que no esperin massa, de moment, dels traductors automàtics que incorporen algunes aplicacions per a tauleta o telèfon mòbil. He tingut ocasió de provar-ne un recentment i no passa de ser una curiositat d’utilitat limitada. Una conversa fluida no és equiparable a una mera traducció de paraules o frases soltes. Si algun dia els programes automàtics d’interpretació aconsegueixen emular converses entre parlants d’idiomes diversos, llavors sí que podrem parlar tots amb tots com abans del càstig que Déu ens infligí a Babel. Mentrestant, si veritablement volem comunicar-nos i poder entendre’ns bé, haurem de seguir estudiant llengües de valent. I n'hi ha per donar i per vendre: més de cinc mil!